
Un árbol puede tardar un año en absorber hasta 22 kilos de dióxido de carbono. Cuando llega a su madurez, se convierte en un sumidero natural capaz de capturar grandes cantidades de CO2. Los bosques, en su conjunto, retienen aproximadamente un tercio de las emisiones que la humanidad produce cada año al quemar combustibles fósiles. A primera vista, podría parecer que triplicar o cuadruplicar la superficie forestal mundial bastaría para compensar nuestras emisiones.
Pero la realidad es mucho más compleja. Tal como explica BBVA en un reciente análisis basado en los informes del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC), los bosques también liberan carbono cuando arden, son talados o se degradan de forma natural. Además, apostar por una reforestación masiva sin planificación puede desencadenar impactos negativos sobre la biodiversidad y sobre las comunidades que dependen de estos ecosistemas.
El informe especial del IPCC sobre cambio climático y uso de la tierra, publicado en 2019, ya advertía que la reforestación (recuperación de áreas degradadas) y la aforestación (creación de bosques en zonas donde nunca los hubo) podrían retirar de la atmósfera hasta 10,1 gigatoneladas de gases de efecto invernadero cada año. Estas cifras alentaron iniciativas como Trillion Trees, respaldada por el Foro Económico Mundial, que propone plantar un billón de árboles para contrarrestar dos siglos de emisiones de combustibles fósiles.
Sin embargo, no todas las soluciones son positivas. Investigaciones de la Universidad de Helsinki y la Universidad Joseph Fourier concluyeron que incluso en escenarios de menor calentamiento global, las plantaciones intensivas pueden dañar más a los ecosistemas de alta biodiversidad que la propia subida de temperaturas. Es lo que el IPCC denomina maladaptación: medidas que, en lugar de ayudar, acaban empeorando la situación.
BBVA recuerda que plantar árboles en praderas naturales puede alterar el ciclo del agua y aumentar el riesgo de incendios, mientras que drenar humedales para forestar libera enormes cantidades de carbono almacenado. Asimismo, reforestar sin tener en cuenta a las comunidades locales puede aumentar su vulnerabilidad y debilitar sus derechos.
“El remedio puede ser peor que la enfermedad”, concluye el IPCC. Además, estas medidas mal diseñadas afectan con especial dureza a pueblos indígenas, minorías étnicas y poblaciones vulnerables, reforzando desigualdades existentes.
Por ello, los expertos insisten en que la clave está en planificar con detalle, considerando los impactos ambientales y sociales a corto, medio y largo plazo. En palabras de BBVA, reducir el CO2 no puede convertirse en el único objetivo: es fundamental garantizar que las soluciones fortalecen la capacidad de adaptación de la sociedad ante un clima cada vez más extremo.