
La emergencia climática no se mide únicamente en grados de temperatura o toneladas de CO₂. Cada vez más especialistas advierten que también deja huellas emocionales profundas. Una de ellas es la llamada ecoansiedad, definida como la angustia y el miedo persistente frente al deterioro ambiental y a la incertidumbre sobre el futuro del planeta.
Según Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud, este fenómeno tiene múltiples expresiones: desde el estrés agudo tras sufrir catástrofes como incendios o inundaciones, hasta la preocupación constante en jóvenes que sienten amenazada su vida y sus proyectos por el avance de la crisis climática.
El impacto no es homogéneo. Tal como destacan organismos internacionales, las comunidades más vulnerables —quienes habitan zonas rurales, personas en pobreza energética o colectivos expuestos a fenómenos extremos— son quienes más sufren esta carga psicológica.
Incorporar la salud mental en las políticas climáticas es, por tanto, una dimensión indispensable de la justicia ambiental. No se trata solo de desplegar energías limpias o mejorar la eficiencia, sino de garantizar apoyo emocional y recursos comunitarios que ayuden a afrontar un futuro incierto.
Expertos en salud pública y psicología coinciden en que existen prácticas sencillas que pueden ayudar a reducir el impacto de la ecoansiedad en la vida cotidiana:
La sostenibilidad, en definitiva, también se construye desde el bienestar psicológico. Reconocer la ecoansiedad y generar herramientas colectivas para afrontarla será clave para avanzar hacia una transición ecológica justa e inclusiva.