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La guerra rusa con Ucrania continúa, perturbando vidas, familias y la paz. En medio de un escenario por demás complejo, Savio Carvalho líder de campaña global de Greenpeace International, ha publicado un artículo en el cual resalta la importancia de avanzar hacia la construcción de sistemas alimenticios sostenibles como estrategia para luchar contra el hambre.

La situación mundial es poco alentadora. El impacto global de la invasión rusa en Ucrania, la actual pandemia de COVID19 y el caos económico mundial están extendiendo sus tentáculos a todos los rincones del mundo, creando estragos y perturbando la paz y el orden social hacen que el futuro se vea cada vez más complejo. Savio Carvalho, líder de campaña global de Greenpeace International, ha publicado recientemente un artículo en el cual afirma que muchas sociedades se ven afectadas por la inflación continua impulsada por los elevados costes de los alimentos y de la energía. Esta situación afecta especialmente a las poblaciones más vulnerables que, además del hambre, también tienen que hacer frente al impacto de la emergencia climática.

La FAO informa que el índice de precios de los alimentos en julio tuvo una fuerte caída, aunque aún se mantiene un 13% más alto que en los meses correspondientes del año pasado. En una investigación reciente, Ayuda en Acción muestra que, en África, Asia, América Latina y Medio Oriente, los precios locales se han más que triplicado en algunas de las comunidades más vulnerables.

En este escenario, Carvalho advierte que, si bien los precios de los alimentos siguen siendo altos, es alentador ver que los barcos que transportan cereales y aceite comestible abandonan los puertos de Ucrania tras un acuerdo internacional. Se espera que esto proporcione cierto alivio a corto plazo a la cadena de suministro y alivie la actual escasez mundial de algunos productos básicos. Sin embargo, no es una solución a largo plazo y es probable que la hambruna global dure algunos años. Lo que estamos viendo es un sistema alimentario roto con crecientes desigualdades.

¿Qué hacer ante esta situación? Se pregunta el experto, a lo cual responde que, nuestro sistema alimentario actual está controlado por unas pocas grandes empresas de alimentos y bebidas y sus cadenas de suministro. Aunque se presentan como embajadoras de la seguridad alimentaria y energética, en realidad, con sus prácticas siembran las semillas de la pobreza, el hambre, las enfermedades, el colapso climático, la destrucción de la biodiversidad y el sufrimiento de los pueblos indígenas y las comunidades locales.

A pesar del panorama oscuro que se avisora, el referente de Greenpeace concluye que hay esperanza todavía: la alimentación sostenible.  Al respecto, explica que, para cambiar la situación actual, es necesaria una reforma del sistema tributario que sea justa, equitativa y fomente una transición justa a cero emisiones. Las grandes multinacionales de la alimentación y aquellas que comercian con los productos básicos de la cesta de la compra deben pagar impuestos sobre sus generosas ganancias. La ONU y sus Estados miembros deben abordar los problemas sistémicos que rodean este sistema alimentario defectuoso y no dejarse influir por los intereses corporativos.

Finalmente, Carvalho  expresa que: “Los Estados de todo el mundo deben garantizar que existan leyes, políticas e incentivos financieros para apoyar la agroecología, la soberanía alimentaria, el conocimiento indígena y el renacimiento de cultivos agrícolas olvidados. Vemos un ejemplo en Zimbabue, donde los agricultores están volviendo a usar variedades locales tradicionales para proteger su futuro. Estas pequeñas iniciativas deben ampliarse a través de incentivos y apoyo técnico de los gobiernos locales y nacionales. Esta transición se puede lograr a través de inversiones públicas (y privadas), pero solo con estándares regulatorios sólidos y mecanismos de supervisión para garantizar los derechos humanos y proteger y regenerar la naturaleza.”

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