Lo peor de la pandemia ya pasó y ha llegado el momento de la recuperación. Los cimientos del crecimiento futuro suelen sentarse cuando las sociedades responden a las debilidades que las crisis ponen al descubierto. La historia demuestra que, en tiempos de perturbación, la resiliencia depende de la adaptabilidad y la decisión. Hoy, en medio de un contexto geopolítico agitado, sumado a una crisis medioambiental inminente y transformaciones económicas de diferente índole, es hora de reconstruir el mundo postpandémico. Pero, ¿cómo pueden los líderes afrontar el reto de lograr un crecimiento sostenible e integrador? La consultora estratégica global McKinsey & Company propone tres claves para una recuperación resiliente y que no deje a nadie atrás.
Nueva era: ¿Cómo lograr una recuperación sostenible e inclusiva?

Hace poco más de dos años, cuando la pandemia comenzaba y se declaraba el estado de alarma en gran parte del mundo, parecía imposible pensar un horizonte de recuperación económica. Lo cierto es que la crisis sistémica que se desató tras la llegada del coronavirus golpeó a la economía y la sociedad de una forma impensada. Sin embargo, la economía mundial ha demostrado una importante capacidad de resistencia durante la pandemia, recuperándose más rápidamente de lo previsto. Aunque a diferentes ritmos, hoy, la mayoría de las economías se encuentran en fases de recuperación. La respuesta a la pandemia se produce en un contexto de empeoramiento de la crisis climática y de aumento de la desigualdad económica. En medio de un contexto sin dudas complejo, la consultora estratégica global McKinsey & Company ha publicado un reporte en el cual propone tres claves para caminar hacia una recuperación resiliente e inclusiva.

Los cimientos del crecimiento futuro suelen sentarse cuando las sociedades responden a las debilidades que las crisis ponen al descubierto. En esta coyuntura, el éxito de nuestra recuperación aún no está asegurado. La historia demuestra que, en tiempos de perturbación, la resiliencia depende de la adaptabilidad y la decisión.  El informe de McKinsey sostiene que, para construir un futuro mejor, el énfasis debe pasar ahora de las medidas defensivas y los objetivos a corto plazo a una agenda de crecimiento sostenible e inclusivo.

Evidentemente, el crecimiento es un precursor del desarrollo económico, de allí su importancia central en este momento histórico.  Por tanto, una agenda de crecimiento inclusivo y sostenible se centrará en un crecimiento que apoye la salud y la reparación del entorno natural, al tiempo que mejora los medios de vida de segmentos más amplios de la población.  Pero, ¿cómo pueden los líderes afrontar este reto de la resiliencia para lograr un crecimiento sostenible e integrador? El documento afirma que no será tarea fácil y conseguirlo dependerá de que se aborden de forma eficaz y holística las condiciones de nuestras economías y sociedades y, sobre todo, sus interrelaciones: clima, sanidad, necesidades laborales, cadenas de suministro, digitalización, finanzas, desigualdad y desarrollo económico. Para emprender este camino de recuperación, el reporte propone tres consideraciones a seguir:

  1. Los líderes de los sectores público y privado deben adoptar una visión amplia de la agenda de resiliencia: Por el momento, la escasez de mano de obra, el auge de la economía digital, las interrupciones de la cadena de suministro, la inflación y la desigualdad se abordan de forma aislada, con soluciones demasiado especializadas desarrolladas en silos organizativos. Este enfoque no aborda adecuadamente las interdependencias que existen entre ellos, ni las tendencias más amplias y a más largo plazo impulsadas por el cambio climático, la evolución de la sociedad y la dinámica geopolítica. En este sentido, el documento citado propone que un modelo de respuesta es el "Plan de Recuperación para Europa" de la Comisión Europea, que hace hincapié en las interdependencias entre la educación, la sanidad, la vivienda, el cambio climático, el crecimiento económico, la competencia y el empleo, y en la necesidad de abordarlas en un marco holístico. Las dificultades para aplicar estos planes darán la medida de la distancia que hay que recorrer para hacer partícipes a todos los miembros de la sociedad.
  1. Las estrategias y las estructuras tienen que estar diseñadas para ser flexibles y rápidas: Podemos suponer que se avecinan trastornos y cambios acelerados. Por tanto, las naciones y las organizaciones deben abordar los problemas con una adaptabilidad y agilidad incorporadas. La rapidez es importante. La pandemia de COVID-19, y su trayectoria e impacto siempre cambiantes, ha demostrado que necesitamos información más oportuna, agendas estratégicas actualizadas y ciclos de decisión más cortos. El enfoque inicial para detener la propagación del virus, destinado a eliminar el COVID-19 por completo, se está replanteando ahora. Cuando las circunstancias cambian, también debe hacerlo la respuesta de las empresas y los gobiernos. Para hacer frente a la incertidumbre, nuestras organizaciones tienen que ser flexibles y estar siempre aprendiendo. Estos atributos pesarán más en nuestras soluciones que los topes económicos defensivos (la respuesta clave en la crisis financiera de 2007-08). La nueva postura nos permite responder a las discontinuidades de la cadena de suministro, los saltos tecnológicos y los cambios sociales. Se da más valor a la anticipación de las perturbaciones y las tendencias que a la elaboración de presupuestos y planes detallados.
  1. Más allá de crear resiliencia en las empresas y en la economía, los líderes públicos y privados también deben crear resiliencia en la sociedad: Las soluciones de crecimiento verdaderamente sostenibles e inclusivas van más allá de la mejora de los resultados empresariales y económicos. También contribuyen a la reparación y el mantenimiento del entorno natural, enriquecen a los países de bajos ingresos y mejoran realmente las vidas y los medios de subsistencia de los segmentos de población históricamente marginados. Este entendimiento puede ser plenamente asumido en las declaraciones de propósitos y en las acciones de las empresas, así como de las instituciones públicas. En el caso de las empresas, la adopción de normas y métricas medioambientales, sociales y de gobernanza (ESG) puede ayudar a optimizar la estrategia para lograr un impacto social positivo. Para los gobiernos, medidas como el Marco de Niveles de Vida de Nueva Zelanda dan un paso en la dirección correcta, valorando más que las cifras del PIB como indicadores de la riqueza nacional.

Finalmente, los expertos de McKinsey ponen el énfasis en que podemos elaborar una agenda común de resiliencia, pero para ello debemos intensificar urgentemente el diálogo entre los sectores público y privado. Las decisiones clave y los compromisos financieros que se adopten ahora determinarán nuestro rumbo tras la pandemia. Está en juego nada menos que un futuro próspero nosotros y las generaciones venideras.

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