El coronavirus ha sido trágico para el mundo entero. Sin embargo, su impacto no ha sido igual en todos los países ni tampoco para todas las personas. Un informe publicado por la ong Oxfam intermón analiza cinco motivos por los cuales es válido afirmar que la pandemia ha sido especialmente perjudicial para el segmento poblacional de las mujeres y las niñas.
Mujeres y niñas, las más afectadas por la pandemia

Las desigualdades de todo tipo ya eran moneda corriente previo a la llegada del coronavirus. La pandemia golpeó de lleno un mundo cimentado sobre la desigualdad, también de género. En su reporte, Oxfam sostiene que la COVID-19 es mucho más que una crisis económica o de salud pública: es una crisis de discriminación que se materializa en experiencias de exclusión por motivos de raza, género y clase.  Así, las mujeres se ven mucho más afectadas que sus pares hombres a los embates del coronavirus.

Las y los expertos de la ONG explican que, en primer lugar, las mujeres se encuentran en condiciones de vida más precarias que los varones. El documento afirma que los datos de varios países demuestran que las mujeres han visto peligrar sus medios de vida, que han sido los más afectados por las consecuencias económicas de la COVID-19. La pérdida de empleos derivada de la pandemia ha afectado desproporcionadamente a las mujeres, lo cual supone revertir décadas de avances en su participación en el mercado laboral.

A nivel mundial, las mujeres son mayoría en los sectores económicos más afectados por la crisis, como el turismo y los servicios de alimentación. Asimismo, tienen muchas más probabilidades de trabajar en empleos precarios y vulnerables. En los países de renta baja, el 92 % de las mujeres trabajan en empleos informales, peligrosos o inseguros, y se han visto afectadas por la falta de acceso a protección social y redes de seguridad.

En segundo lugar, Oxfam denuncia que las mujeres muchas veces son excluidas de la atención médica y no acceden a educación de calidad. La COVID-19 ha trastocado los sistemas de salud, y está suponiendo un retroceso para las iniciativas dirigidas a mejorar la salud sexual y reproductiva. Mujeres y niñas de todo el mundo han afirmado que su acceso a estos servicios se ha reducido, lo cual incrementa el riesgo de embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual y complicaciones en el embarazo, el parto y el aborto. Las previsiones mundiales indican que pueden producirse hasta siete millones de embarazos no deseados en todo el mundo a causa de la COVID-19 y las medidas asociadas.

La desproporcionada división de las tareas domésticas y de cuidados es otro de los argumentos que propone la ONG. En este sentido, afirma que, si el mundo ha seguido funcionando durante la respuesta a la COVID-19 ha sido gracias a las mujeres, que han asumido la responsabilidad del trabajo de cuidados, tanto en los centros de salud como en los hogares y los lugares de trabajo. A nivel mundial, las mujeres constituyen el 70 % del personal que trabaja en los sectores de la salud y la atención social, y su presencia es también mayoritaria en el trabajo doméstico. A pesar de que estos trabajos son esenciales para la respuesta a la pandemia, durante mucho tiempo han sido infravalorados y mal remunerados, lo cual hace que estas trabajadoras hayan enfrentado un mayor riesgo de exposición al virus.

Según la investigación, los confinamientos han ralentizado la economía de mercado, pero han disparado el volumen de trabajo de cuidados no remunerado hacia dentro de los hogares. Ya antes de la llegada de la pandemia, las mujeres y las niñas dedicaban muchas más horas a estos cuidados que los varones. Las investigaciones de Oxfam ponen de manifiesto que los confinamientos, la enfermedad y el cierre de los centros educativos han incrementado enormemente esta carga, asumida mayoritariamente por madres solteras, mujeres en situación de pobreza, y grupos discriminados por razones de raza y etnia.

En cuarto lugar, se expone que las mujeres en los países más pobres son las primeras en pasar hambre. Es importante destacar que las mujeres desempeñan un papel fundamental en el sistema alimentario global, como productoras y también como trabajadoras en las explotaciones agrícolas y las instalaciones de procesamiento. Asimismo, las mujeres suelen ser las responsables de comprar y cocinar los alimentos para sus familias. Sin embargo, la prevalencia de la inseguridad alimentaria es mayor entre las mujeres que entre los hombres en todos los continentes.

En este escenario, los confinamientos derivados de la pandemia no han hecho sino agravar la inseguridad alimentaria de las mujeres en mayor medida que la de los hombres debido a las normas sociales predominantes, la desigualdad de los sistemas de producción de alimentos y las brechas salariales. Todo ello, unido al hecho de que las mujeres suelen ser las primeras en saltarse alguna comida o ingerir raciones más pequeñas cuando la comida escasea, implica que, en la mayoría de los casos, las mujeres son las primeras en pasar hambre.

Por último, pero no menos importante, el documento advierte sobre el desmedido incremento de la violencia de género. La violencia contra las mujeres y las niñas se ha incrementado rápidamente tras las restricciones a la libre circulación de personas a consecuencia de la pandemia. Los servicios de apoyo a las mujeres y niñas que sufren violencia se vieron enormemente afectados por la reducción tanto de las iniciativas de prevención y protección como de los servicios sociales.

La violencia de género se fundamenta en el desequilibrio de las relaciones de poder entre géneros, y suele aumentar cuando se da una quiebra del Estado de derecho que facilita la impunidad de sus perpetradores. La violencia doméstica también puede incrementarse durante y después de un conflicto. En los países afectados por conflictos, la pandemia de coronavirus supone un factor adicional que incrementa el riesgo y la inseguridad de las mujeres, las niñas y las personas de género no binario, a causa tanto del aumento de las presiones sociales y económicas como de las medidas de confinamiento.

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