En los últimos meses la máxima preocupación a nivel mundial ha sido hacerle frente a la pandemia generada por la COVID-19. Si bien la crisis sistémica sin precedentes a la que estamos asistiendo resulta prioritaria, no podemos perder de vista la lucha contra el cambio climático. Al reducir nuestras emisiones de carbono, ganaremos tiempo para permitir el desarrollo de sistemas y procesos sostenibles y así poder evitar futuras pandemias. Es hora de aplanar también la curva del cambio climático.
Las medidas contra la pandemia deben ser medidas contra el cambio climático

El Foro Económico Mundial nos alerta acerca de que, mientras el mundo se centra en la crisis de la COVID-19, el cambio climático sigue avanzando, con devastadoras consecuencias que abarcan también la respuesta misma a la pandemia. No podemos perder de vista la recuperación medio ambiental y mucho menos en este contexto.

No hay dudas de que los desastres naturales han aumentado en frecuencia e intensidad como resultado del cambio climático. Solo este año, Australia sufrió los incendios forestales más destructivos de su historia. Los países del este de África han tenido que enfrentar las peores plagas de langostas del desierto en décadas. Las Islas Salomón, Vanuatu, Fiyi y Tonga sufrieron un ciclón tropical de categoría 5. Europa padeció una ola de calor histórica y cada vez es más frecuente la desaparición de especies animales.

El investigador Renzo Guinto, advierte que es probable que esos riesgos se combinen con el brote de COVID-19 y la respuesta de salud pública, lo que implica intensificar la presión sobre los sistemas de atención de salud, vaciar los recursos de repuesta de emergencia y socavar la capacidad de la gente de adherir al distanciamiento social. Todo esto exacerbará y se verá exacerbado por la crisis económica en curso y las arraigadas disparidades socioeconómicas, tanto entre los países como al interior de ellos.

La pandemia ha dejado al descubierto lo pésimamente preparados que están nuestros sistemas de salud para todo tipo de choques y presiones, sea el alza de corto plazo de las infecciones por COVID-19 o las consecuencias de largo plazo del cambio climático. A medida que los gobiernos inviertan en actualizar y fortalecer sus sistemas de salud, deberían incorporar objetivos de mitigación y adaptación al cambio climático.

No hay duda de que, en cierta medida, la COVID-19 ha limitado el impacto humano sobre el medio ambiente en sus comienzos durante el confinamiento obligatorio. En los últimos 3 meses los coches privados han quedado aparcados, las fábricas redujeron sus operaciones y las plantas de energía dejaron de quemar carbón. Como resultado, las emisiones de dióxido de carbono han bajado notablemente, incluso volviendo a los niveles de 2010. La contaminación urbana se ha disipado, y muchos se han deleitado con el regreso de los cielos azules sobre megaciudades crónicamente contaminadas, y con el avistamientos de animales salvajes por las calles desiertas. Sin embargo, la ilusión duró poco. En cuanto los estados comenzaron a flexibilizar las medidas de aislamiento, las cifras de la contaminación volvieron a subir nuevamente.

Un ejemplo de los desafíos a los que nos enfrentamos, explica Renzo Guinto es el último tifón en Filipinas. Los fuertes vientos y las graves inundaciones obligaron a muchos a romper la cuarentena y huir a centros de evacuación atestados, donde es prácticamente imposible seguir los protocolos de distanciamiento social. Las reglas de distanciamiento han complicado el rescate de cerca de 200.000 personas que están en riesgo por las inundaciones o los aluviones. La cantidad de gente necesitada de ayuda, que ya era importante durante el confinamiento, ha aumentado significativamente. Y los hospitales, ya faltos de recursos, se han visto abrumados por un alza de pacientes con enfermedades infecciosas que no harán más que proliferar a medida que avance el cambio climático, como el dengue y la leptospirosis. Situación similiar a la que está sucediendo en Andalucía con la llegada del mosquito del Nilo a las costas del Guadalquivir.

Debemos tomar consciencia de manera urgente, de la necesidad de abordar el cambio climático con la misma seriedad que lo estamos haciendo con la pandemia de la COVID-19. Los mismos estudios que informaron que los confinamientos habían hecho que las emisiones bajaran informaron que subieron de inmediato cuando se flexibilizaron. Predijeron que la pandemia reducirá en un 13% el total de emisiones de 2020 como mucho, y solo si algunas restricciones siguen vigentes en todo el planeta hasta fines de año.

Guinto explica que mantener los confinamientos, que afectan desproporcionadamente a los más pobres y vulnerables, no es la respuesta. Las economías más débiles se están viendo gravemente afectadas. Una pandemia paraliza las economías, exacerba la desigualdad y trastorna seriamente las vidas humanas, si es que no acaba con ellas. No debe verse como una oportunidad para que el planeta “respire”, o una bendición ambiental disfrazada. Ciertamente no es una ruta automática a una descarbonización sana y equitativa. Debemos llevar a cabo medidas transformadoras tanto desde los Estados con políticas públicas serias, como desde la ciudadanía en su conjunto.

Detener el cambio climático puede lograr un futuro más sano, sostenible e igualitario, libre de crisis sanitarias crecientes y otros desastres mediante una descarbonización gradual, intencional y planificada, y el desarrollo de una resiliencia inclusiva. Los planes de recuperación y los paquetes de estímulo económico ante la COVID-19 que han propuesto los gobiernos, las empresas y las organizaciones internacionales son un buen punto de partida para comenzar esta urgente transformación.

Las inversiones, tanto públicas como privadas, destinadas a la recuperación pueden ser un buen comienzo para mejorar la resiliencia. Como han planteado las autoridades de salud global y los defensores del clima, solamente cuando los líderes y las autoridades se aseguren de que todos los aspectos de la recuperación post-COVID-19 sean “sanos y ecológicos”, la “nueva normalidad” pospandemia será una que proteja al planeta y sus habitantes.

Otro punto importante que resalta el investigador es que, puesto que tanto la pandemia como el cambio climático son retos globales que hacen caso omiso de las fronteras nacionales, resulta esencial la cooperación internacional. La Conferencia de las Naciones Unidas para el Cambio Climático (COP26) que se suponía se iba a celebrar en Escocia en noviembre próximo se pospuso al 2021. Pero esto no debería impedir que se avance. En su lugar, la demora debería verse como una oportunidad para que los lideres hagan las tareas en sus respectivos lugares y sienten las bases para una conferencia que ponga al centro de las negociaciones climáticas las consideraciones de salud. El acuerdo climático de Paris de 2015 mencionó solo una vez la palabra “salud”, en el preámbulo. La COP26 debe dar origen a un plan todavía más ambicioso que combine los imperativos climáticos y sanitarios.

“Aplanar la curva” tiene que seguir siendo la prioridad. Pero no sólo la curva de contagios, también la del aumento del cambio climático ,aplanando la curva de las emisiones de gases de efecto invernadero y nuestra huella ecológica más amplia, a fin de ganar tiempo para crear sistemas sostenibles y respetuosos del medioambiente.

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