El filósofo renacentista Michel de Montaigne, en su camino de reflexión sobre la identidad y sobre el ser humano, se preguntó un cierto día, viendo a su animal de compañía: “entonces, cuando juego con mi gata, ¿qué seguridad tengo de que soy yo quien juega con ella y no ella conmigo?”
Aprendiendo a colaborar: notas para un liderazgo colaborativo

Con esta pregunta, el humanista francés desvelaba un interrogante que siempre, inevitablemente, queda inconcluso: en nuestra interacción con los demás, ¿qué certeza tenemos sobre sus pensamientos, sentimientos o intenciones?

Este desconocimiento o incertidumbre pueden ser la raíz de la desconfianza o el motivo por el cual, a menudo, el ser humano ha dejado de cooperar o de colaborar. Nunca podemos sumergirnos realmente en la vida de los otros -ya sean gatos o humanos. Con frecuencia no sabemos qué pasa en la mente o los corazones de las personas con las que convivimos. Ahora bien, la ausencia de comprensión mutua, según Montaigne, no debería llevarnos a eludir el compromiso con los demás.

Tal y como hemos visto a lo largo de este estudio, la colaboración es hoy algo radicalmente necesario. Ya sea porque, al fin y al cabo, si somos sinceros con nosotros mismos, no deseamos estar solos sino que queremos hacer algo juntos y acompañados. O bien porque, desde un enfoque más utilitarista, hemos entendido que, si no cooperamos, no conseguiremos sobrevivir y resolver los retos del presente. Sea cual sea la motivación, el punto de llegada es exactamente el mismo: el presente nos llama a colaborar.

Ahora bien, ¿cómo se coopera en una sociedad competitiva? El sociólogo estadounidense Richard Sennet, en su libro Juntos, arroja luz sobre esta cuestión, sobre la importancia y, a la vez, la dificultad de cooperar. Según Sennet, la cooperación no es tanto una cuestión de actitud moral o de ideales compartidos, sino de habilidad. Podemos aprender a cooperar y profundizar en nuestra capacidad cooperativa igual que podemos aprender cualquier otra habilidad –conducir, cocinar, jugar a cartas, construir una casa o cantar. El problema es que, en los últimos tiempos, según el americano, la modernidad y el crecimiento económico han provocado una descualificación en las personas para llevar a cabo prácticas de cooperación.

La cooperación es una habilidad que viene promovida o fomentada por rituales sociales que nos unen. Y, según el autor, esto es precisamente lo que escasea en la sociedad contemporánea. Los rituales tradicionales que animaban a las personas a asociarse con otras están desapareciendo y están siendo sustituidos por rituales nuevos que tienden a poner en duda la necesidad y el verdadero arte de la cooperación -las formas de trabajo temporales, las redes sociales, la comunicación a distancia etc.   

En palabras de Sennet: “La cooperación lubrica la maquinaria necesaria para hacer las cosas y la coparticipación puede compensar aquello de lo que tal vez carezcamos individualmente. Aunque inserta en nuestros genes, la cooperación no se mantiene viva en la conducta rutinaria; es menester desarrollarla y profundizarla (…) La modernidad puede reprimir y distorsionar nuestra capacidad de vivir juntos, pero no puede borrar esta capacidad. Como animales sociales somos capaces de cooperar más profundamente que lo que el actual orden social imagina”.

Para hacer posible la cooperación, según Sennet, es necesario que alimentemos nuestra capacidad de observar y de escuchar; que aprendamos a actuar con tacto y a identificar puntos de encuentro; que consigamos gestionar el  desacuerdo y evitar la frustración cuando nos enfrentamos a discusiones que parecen no tener salida. Asimismo, el sociólogo hace una llamada a la necesidad de la empatía antes que la simpatía, a lo importante que es pedir en lugar de ordenar, al verdadero diálogo abierto en lugar de la dialéctica que compite por tener la razón, al interés sincero por el compañero en lugar del compañerismo interesado.

A fin de cuentas, la cooperación es un tipo de vínculo social que, según el sociólogo, debería colocarse hoy en el centro del orden social. Y Montaigne es un claro ejemplo de esta apuesta. Nacido en el siglo XVI, en medio de guerras y conflictos religiosos, creció con la firme convicción de querer construir un compromiso político de base fundado en la cooperación cotidiana. Una vida cooperativa liberada de las órdenes impuestas. Por esa razón, su escritura se basó siempre en el diálogo.

A pesar de vivir en un entorno de conflicto, Montaigne nunca perdió la certeza de que es a partir de los demás, del diálogo con el otro, que podemos crecer. De ahí que su filosofía se nutriera de las conversaciones con sus conciudadanos, y de la constatación de las semejanzas y también de las diferencias respecto a ellos.  Es decir, él quería ver a los demás “tal y como son”. Entendiendo que para mantenernos juntos tenemos que ver y aceptar esas diferencias.

Para el humanista, la conversación y la construcción de saber tenía que ver con el ejercicio de mirar el mundo desde distintas perspectivas, de permitir a cada uno expresar su verdad para ir construyendo el discurso a partir de esas multiplicidades. Eso es lo que él hacía en su forma de escribir. Montaigne entendía que la propuesta dialógica -la atención y la sensibilidad en relación con otras personas-, la de compartir las visiones de todos sin imponer la de nadie, es la que fomenta la verdadera libertad, autonomía y felicidad. El método dialógico, según el francés, nos permite crecer juntos y que nos enriquezcamos de la singularidad de cada uno. Solo así aprenderemos, poco a poco, la lógica de la vida en común, de la cooperación.

Ahora bien, es una práctica que exige compromiso, dedicación, ensayo y error. Practicar el arte de la cooperación y la colaboración es practicar la habilidad, la informalidad y la empatía de la dialógica. Que es lo mismo que practicar la humildad y la modestia. Es salir de la angustia e insatisfacción del individualismo y la vanidad para mirar a fuera, más allá de nosotros mismos. Es decir, es el arte de conversar que implica, a su vez, el arte de escuchar. Algo que incluye ser capaz de prestar atención tanto a lo que el otro declara como a lo que da por supuesto; hacer de ‘detective’ para escuchar y comprender al otro en lo que dice y lo que no dice. Y esa capacidad, según Montaigne, la tenemos todos, lo que ocurre es que tenemos que ponerla en práctica para darnos cuenta de que en nosotros está esa capacidad.

Este mismo arte dialógico, de comprensión del otro, este acto de valentía de ponerse a jugar con el otro aun sin saber qué es lo que piensa, es la semilla de la que crece la colaboración. Y es la misma semilla que puede permitir y ayudar a ONG y empresas a resolver los problemas de hoy. ‘La asunción de una mentalidad cooperativa en las relaciones internas y externas (…) supone eliminar las barreras derivadas de un espíritu de rivalidad en que predomina la dicotomía “nosotros/ellos”’ (Brenkert, 1995). Esta mentalidad debe arraigar en todas las áreas y departamentos de la empresa, y se debe premiar la búsqueda de acuerdos mutuamente beneficiosos a través del establecimiento de incentivos, sean éstos económicos o sociales (Arenas 2011).

Como apuntábamos en la introducción del estudio, los intentos fallidos de colaborar y trabajar juntos para resolver los grandes retos de hoy han fracasado por el interés individual competitivo, la falta de propósitos comunes y la falta de confianza (Nidumolu, Ellison, Whalen, Billman 2014). Con todo, la conciencia de la necesidad es cada día mayor: ONG, empresas y gobiernos cada vez más entienden la necesidad de colaborar para diseñar modelos innovadores que creen valor para las empresas y, a su vez, conduzcan a cambios sistémicos positivos. Las colaboraciones óptimas, en ese sentido, serán aquellas que se centren tanto en los procesos como en los resultados, que empiezan por grupos pequeños de organizaciones y consigan ligar el interés individual con el compartido, que alientan una competencia productiva y que, por encima de todo, promueven la confianza (Nidumolu, Ellison, Whalen, Billman 2014).

El liderazgo de las organizaciones de mañana, al fin, pasará por recuperar la habilidad de cooperar. Por luchar contra las fuerzas que empujan hacia el individualismo –la precariedad laboral, la tecnología, la distancia, etc.- para aprender a escuchar al otro, como hacía Montaigne, a valorar sus diferencias y a hacer de ellas un tesoro o un valor que nos ayudará a todos, que complementará nuestras carencias para ser más fuertes ante la complejidad, y también, por qué no, ante la adversidad.

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