
España continúa avanzando en la reducción del desperdicio alimentario, aunque los progresos no son iguales entre todos los grupos de población. Las personas de entre 25 y 34 años desperdician proporcionalmente más alimentos cuando comen fuera de casa, con una tasa del 1,5%, frente al 0,7% de media nacional. Entre los menores de 25 años, el porcentaje se sitúa en el 1,2%.
Así lo recoge el Informe de Desperdicio Alimentario en España 2025, elaborado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), que identifica importantes diferencias generacionales en los hábitos de consumo. Los resultados ponen de relieve la necesidad de reforzar la educación alimentaria entre quienes están construyendo sus propias rutinas de compra, conservación y aprovechamiento de los alimentos.
En términos generales, el país ha logrado disminuir un 19,2% el volumen de alimentos y bebidas desperdiciados respecto a 2020. Durante 2025, la cifra alcanzó los 1.129,91 millones de kilos o litros. Sin embargo, la evolución del último año apunta a una estabilización de los avances, lo que refuerza la importancia de mantener las estrategias de prevención.
Con el objetivo de acercar esta problemática a las nuevas generaciones, Phenix, compañía especializada en prevenir y gestionar el desperdicio alimentario, se ha sumado a las Food Waste Academic Sessions, una iniciativa promovida por AECOC en el marco de la novena Semana contra el Desperdicio Alimentario, celebrada entre el 21 y el 30 de septiembre.
El programa contempla ocho encuentros en universidades y centros de Formación Profesional de diferentes ciudades españolas. A través de estas sesiones, se busca que el alumnado comprenda las consecuencias económicas, sociales y ambientales de tirar alimentos y conozca alternativas para evitarlo.
La propuesta parte de una idea fundamental: la reducción del desperdicio no depende exclusivamente de las decisiones de las empresas o de las mejoras en la cadena de suministro. También requiere cambios en los comportamientos individuales, especialmente en aquellos momentos de la vida en los que se adquieren hábitos que pueden mantenerse durante años.
Desde Phenix consideran que la juventud desempeña un papel decisivo en esta transformación. María Muriano Puigdollers, responsable de Marketing y Comunicación de Phenix España, destaca que los hábitos alimentarios pueden modificarse mediante la sensibilización, el acceso a herramientas prácticas y la disponibilidad de alternativas que permitan recuperar el valor de los alimentos.
La compañía insiste en que el desafío consiste en convertir el conocimiento sobre el problema en decisiones concretas que puedan incorporarse de forma sencilla a la vida cotidiana.
Aunque los consumidores jóvenes presentan los mayores porcentajes de desperdicio fuera de casa, los datos del MAPA muestran que el principal foco del problema continúa estando dentro de los hogares.
En 2025, el 97,5% de los alimentos y bebidas desperdiciados en España procedió del ámbito doméstico. Esto equivale a 1.101,8 millones de kilos o litros, frente a los 28,12 millones registrados fuera de las viviendas.
Estas cifras evidencian que mejorar la gestión de los alimentos en casa sigue siendo una prioridad. De hecho, el informe señala que el 63% del desperdicio doméstico de recetas corresponde a preparaciones que habían sido guardadas previamente en la nevera.
A ello se suma el peso de los productos frescos: las frutas y verduras representan el 46% de los alimentos que se desechan sin haber sido utilizados, es decir, tal y como fueron adquiridos.
El aprovechamiento de las sobras, la organización de las comidas y una mejor conservación de los productos aparecen, por tanto, como ámbitos fundamentales para continuar reduciendo las pérdidas.
Ante este escenario, Phenix propone incorporar prácticas sencillas que permitan prevenir el desperdicio tanto dentro como fuera del hogar.
Entre las principales recomendaciones figura organizar con antelación los menús y las compras, evitando adquirir cantidades superiores a las necesarias. También resulta importante comprobar regularmente el contenido de la nevera y la despensa para consumir primero aquellos productos que llevan más tiempo almacenados.
Otro aspecto esencial es conocer la diferencia entre la fecha de caducidad, relacionada con la seguridad alimentaria, y la de consumo preferente, que indica hasta cuándo un producto conserva sus propiedades de calidad previstas.
La reutilización de las sobras en nuevas elaboraciones constituye igualmente una alternativa para aprovechar alimentos que todavía pueden consumirse. Por último, cuando se come en restaurantes, solicitar un recipiente para llevarse la comida que no se ha terminado permite evitar que esos alimentos acaben en la basura.
Más allá de su sencillez, estas prácticas contribuyen a promover una relación más consciente con los recursos alimentarios y a reconocer el valor de los productos que llegan a la mesa.
La participación de Phenix en las actividades impulsadas por AECOC busca precisamente reforzar ese vínculo entre información y acción. Las Food Waste Academic Sessions ofrecen un espacio educativo para explicar cómo las decisiones individuales influyen en el aprovechamiento de los alimentos y por qué prevenir su desperdicio tiene implicaciones que trascienden el ámbito doméstico.
La iniciativa cuenta con antecedentes de ediciones anteriores en las que ambas organizaciones participaron y consiguieron llegar a cientos de estudiantes universitarios y de Formación Profesional.
Además de su labor educativa, Phenix trabaja con empresas de distribución, industria alimentaria y restauración para evitar que los productos aprovechables se conviertan en residuos y facilitar la valorización de los excedentes.
Los datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación reflejan que España ha conseguido avances importantes durante los últimos años, pero también que existe margen para seguir mejorando. En este contexto, combinar la sensibilización de los consumidores con herramientas prácticas y soluciones de prevención se presenta como una vía para consolidar los progresos.
El reto consiste en que el aprovechamiento de los alimentos deje de percibirse como una acción excepcional y se convierta en una práctica habitual, tanto en los hogares como en los espacios de restauración. Una transformación en la que las generaciones más jóvenes pueden desempeñar un papel fundamental.