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El verano de 2026 ha sido el más cálido registrado en España y ha dejado 61 días bajo condiciones de ola de calor en la Península y Baleares. Frente a temperaturas extremas cada vez más persistentes, adaptar las ciudades ya no consiste únicamente en instalar más aire acondicionado: viviendas, calles, colegios, transporte y jornadas laborales tendrán que prepararse para un clima diferente. Y hacerlo sin aumentar las desigualdades será uno de los grandes desafíos.
¿Estamos preparados para vivir con 50 ºC?

Imaginar una ciudad española funcionando con temperaturas próximas a los 50 ºC obliga a hacerse preguntas muy concretas. ¿Se puede caminar por una calle sin sombra a las tres de la tarde? ¿Cómo estudian los niños en un colegio que acumula calor? ¿Qué ocurre con quienes trabajan al aire libre? ¿Y con las personas que viven en una vivienda mal aislada y no pueden asumir el coste de refrigerarla?

Los 50 ºC no son hoy la temperatura habitual de los veranos españoles, pero el escenario de un calor cada vez más intenso y persistente ha dejado de ser una cuestión abstracta. Según el balance publicado por la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el verano de 2026 fue el más cálido de la serie histórica iniciada en 1961, con una temperatura media de 24,5 ºC, 2,4 ºC por encima del promedio del periodo 1991-2020. Además, la Península y Baleares acumularon 61 días bajo condiciones de ola de calor, un récord que supera ampliamente los 41 días registrados en 2022.

La fotografía es todavía más significativa si se amplía el calendario. AEMET señala que las condiciones propias del verano se extendieron durante aproximadamente cuatro meses, desde la segunda mitad de mayo hasta comienzos de septiembre. El trimestre junio-agosto fue el más cálido registrado en España desde, al menos, 1869.

La ciudad puede multiplicar el problema (o no)

El calor no se experimenta de la misma manera en todos los espacios. El asfalto, el hormigón, la escasez de vegetación y determinadas características de los edificios favorecen que las áreas urbanas acumulen temperatura. Es el denominado efecto isla de calor, que puede intensificar el impacto de las altas temperaturas.

El propio Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) advierte de que los entornos urbanos afrontan riesgos específicos asociados al cambio climático y señala al calor extremo como uno de los más relevantes. Por ello, plantea que tanto la planificación urbanística como la construcción y rehabilitación de edificios deben incorporar las condiciones climáticas presentes y futuras.

La adaptación puede empezar en algo tan cotidiano como poder caminar por la calle.Árboles, parques, corredores verdes, toldos, cubiertas vegetales y espacios de sombra pasan de ser elementos asociados únicamente a la estética o al ocio para convertirse en herramientas de adaptación climática.

Entre las actuaciones contempladas por el MITECO figuran precisamente el sombreado natural o artificial de calles y plazas, la reducción de superficies impermeables, la creación de microclimas, las cubiertas verdes, la captación de aguas pluviales y otras soluciones basadas en la naturaleza. También se contempla la apertura de refugios climáticos, espacios capaces de mantener temperaturas adecuadas y permanecer accesibles para la población durante episodios de calor excesivo.

El Programa de Trabajo 2026-2030 del Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático refuerza esta dirección. Entre sus 176 medidas se encuentra la creación de una Red Estatal de Refugios Climáticos, además de actuaciones destinadas a adaptar las ciudades, mejorar el confort térmico y aumentar la presencia de soluciones basadas en la naturaleza.

Viviendas preparadas para mantener el calor fuera

La adaptación también comienza al cerrar la puerta de casa. Una vivienda mal aislada puede convertirse durante una ola de calor en un espacio difícil de habitar, especialmente cuando las temperaturas elevadas se mantienen durante varios días y las noches no permiten que los edificios se enfríen.

La respuesta no puede limitarse a multiplicar los aparatos de aire acondicionado. La rehabilitación energética, el aislamiento, la protección solar, el sombreado y otras soluciones pasivas permiten mejorar el confort térmico reduciendo al mismo tiempo las necesidades de consumo energético.

Esta cuestión introduce, además, una dimensión social. El Ministerio de Sanidad señala que las condiciones de habitabilidad y la disponibilidad de recursos influyen en la vulnerabilidad frente al calor. Una encuesta encargada por el Ministerio en 2025 constató diferencias socioeconómicas significativas tanto en el aislamiento térmico de las viviendas como en el acceso a sistemas de refrigeración.

Por tanto, prepararse para temperaturas extremas no consiste únicamente en transformar edificios: implica evitar que la posibilidad de estar protegido del calor dependa de los ingresos de cada hogar.

Colegios pensados para un clima que ya ha cambiado

Los centros educativos constituyen otro punto crítico. Edificios construidos para unas condiciones climáticas distintas pueden enfrentarse ahora a episodios de altas temperaturas tanto al final como al comienzo del curso escolar.

Las soluciones incluyen mejorar el aislamiento y la ventilación, incorporar sistemas de climatización eficientes cuando sean necesarios, generar sombra y transformar patios dominados por superficies duras en espacios con mayor presencia vegetal. Una guía de adaptación climática recogida por el MITECO identifica precisamente la rehabilitación energética, las energías renovables y la renaturalización de los patios entre las actuaciones estratégicas para los centros escolares.

En junio de 2026, el Gobierno anunció además 200 millones de euros del Fondo Nacional de Eficiencia Energética para mejorar los edificios docentes públicos no universitarios. El programa contempla actuaciones sobre la envolvente térmica, iluminación, energías renovables y climatización.

El calor también puede cambiar nuestros horarios

Adaptar las ciudades significa igualmente reconsiderar cuándo se realizan determinadas actividades. España ya ha introducido cambios en materia laboral. La normativa establece que los trabajos al aire libre deben incorporar medidas de protección frente a temperaturas extremas y permite prohibir determinadas tareas durante las horas de mayor riesgo. Cuando AEMET —o el organismo autonómico correspondiente— emite avisos naranja o rojo y las medidas preventivas existentes no garantizan la seguridad, es obligatoria la adaptación de las condiciones laborales, incluida la reducción o modificación de la jornada prevista.

Construcción, limpieza urbana, agricultura, reparto, mantenimiento o trabajos en la vía pública son algunos ejemplos de actividades especialmente expuestas. Si los episodios extremos se vuelven más frecuentes y prolongados, adaptar horarios y organización del trabajo puede convertirse en una parte cada vez más habitual de la prevención de riesgos.

Transportes que también deberán resistir temperaturas extremas

El calor tampoco termina cuando una persona entra en un autobús o una estación. Las infraestructuras construidas para funcionar durante décadas tendrán que hacerlo bajo condiciones climáticas distintas de aquellas para las que fueron inicialmente concebidas.

La planificación ferroviaria española ya incorpora la necesidad de adaptar las infraestructuras a fenómenos climáticos extremos. Entre las medidas consideradas aparecen modificaciones en elementos de la red, adaptación de sistemas de drenaje, revegetación de taludes con especies resistentes a la sequía y revisión de las necesidades energéticas para la refrigeración de estaciones.

La cuestión resulta especialmente relevante porque el transporte público constituye también una herramienta fundamental para reducir las emisiones urbanas. Hacerlo atractivo en un escenario de altas temperaturas implica garantizar que estaciones, paradas, recorridos peatonales y vehículos puedan utilizarse de forma segura y confortable.

El código postal también condiciona cuánto calor soportamos

Pero quizá uno de los mayores retos sea evitar una adaptación a dos velocidades. No todas las personas viven en calles arboladas, disponen de aire acondicionado o pueden desplazarse a un espacio climatizado. Tampoco todos los barrios tienen la misma cantidad de parques, sombra o edificios eficientes.

Sanidad identifica entre los factores que aumentan la vulnerabilidad frente al calor el aislamiento, la dependencia, la discapacidad y las condiciones de habitabilidad de las personas con menos recursos. Las personas mayores y los menores presentan además una mayor sensibilidad fisiológica ante las temperaturas excesivas.

Durante años, buena parte del debate climático se concentró en cómo reducir las emisiones para evitar un calentamiento todavía mayor. Ese objetivo continúa siendo imprescindible, pero existe otra tarea que ya no puede posponerse: adaptar los lugares en los que vivimos a los impactos que ya se están produciendo. El verano de 2026 ofrece una señal especialmente clara. España acaba de atravesar su verano más cálido registrado y ha batido su récord de días bajo ola de calor.

La ciudad preparada para el calor extremo probablemente tendrá más árboles y sombra, edificios mejor aislados, refugios climáticos, colegios rehabilitados, infraestructuras resistentes y horarios capaces de modificarse cuando trabajar en determinadas condiciones represente un riesgo.La pregunta, por tanto, no es únicamente si España llegará algún día a convivir puntualmente con temperaturas cercanas a los 50 ºC. El verdadero desafío es cuánto tendrán que cambiar las ciudades para seguir siendo habitables en un clima cada vez más cálido y cómo garantizar que esa protección llegue también a quienes cuentan con menos recursos.

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