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Europa acelera su apuesta por las tecnologías limpias en un contexto marcado por la descarbonización, la competencia industrial y la búsqueda de una mayor seguridad energética. Según una información publicada por BBVA a partir del European Clean Tech Atlas 2026, elaborado por el centro de estudios Bruegel, el avance de la solar, la eólica, las baterías o la movilidad eléctrica está transformando no solo el sistema energético, sino también el empleo, las cadenas de suministro y la posición de la UE en la carrera tecnológica mundial.
Europa convierte las tecnologías limpias en una cuestión estratégica

La carrera mundial por las tecnologías limpias está modificando el mapa económico y energético. En 2025, la inversión global en cleantech alcanzó los 1,8 billones de euros y el mercado mundial de estas tecnologías llegó a un valor de 1,1 billones. En este escenario, Europa afronta un desafío que va mucho más allá del cumplimiento de sus objetivos climáticos: transformar su sistema energético mientras conserva una base industrial competitiva y reduce vulnerabilidades en sus cadenas de suministro.

Así lo plantea la primera edición del European Clean Tech Atlas 2026, elaborado por el centro de estudios europeo Bruegel. El trabajo analiza tanto la implantación de tecnologías limpias entre empresas y consumidores como la capacidad del continente para producirlas a escala industrial y competir en un mercado internacional cada vez más estratégico.

El Atlas combina información propia con datos de instituciones como Eurostat y la Agencia Internacional de la Energía, además de organizaciones como Global Energy Monitor, Ember y Rhodium Group. El diagnóstico muestra que la electrificación y la progresiva sustitución de los combustibles fósiles abren importantes oportunidades económicas, pero también plantean interrogantes sobre la autonomía tecnológica y la capacidad productiva europea.

Una factura fósil que sigue pesando sobre Europa

Uno de los principales obstáculos continúa siendo la dependencia energética exterior. Pese al crecimiento de las renovables, en 2025 Europa destinó más de 350.000 millones de euros a importar combustibles fósiles, una cantidad equivalente a unos 1.750 euros anuales por hogar. El petróleo concentró 231.000 millones de euros de esa factura, seguido del gas natural, con 104.000 millones, y el carbón, con 18.000 millones.

Las crisis de los últimos años han puesto de manifiesto las consecuencias económicas y estratégicas de esta dependencia. La interrupción del suministro de gas ruso tras la invasión de Ucrania disparó los precios energéticos en 2022, mientras que las posteriores tensiones geopolíticas han vuelto a evidenciar la exposición europea a las oscilaciones de los mercados fósiles.

Frente a este escenario, la electricidad adquiere un papel central. Actualmente representa el 23% del consumo energético de la Unión Europea, una proporción que deberá crecer a medida que se electrifiquen ámbitos como el transporte, la calefacción y determinados procesos industriales. El escenario contemplado por la Comisión Europea apunta a que la electrificación podría situarse alrededor del 60% en una economía alineada con los objetivos climáticos de 2050.

El cambio ya se aprecia en el sistema eléctrico. En 2025, la eólica aportó el 17% de la electricidad de la UE y la solar otro 12%. La nuclear representó el 23%, la hidráulica el 12% y la bioenergía el 6%, mientras que los combustibles fósiles todavía fueron responsables del 29%.

Electrificar la economía, una tarea todavía desigual

El Atlas sitúa precisamente la electrificación como una de las columnas vertebrales de la transformación. No basta con instalar más capacidad renovable: para sustituir los combustibles fósiles es necesario que la electricidad pueda utilizarse directamente para mover vehículos, climatizar edificios o alimentar procesos productivos.

Esto requiere, según los investigadores, tanto producir electricidad con bajas emisiones como disponer de redes e infraestructuras capaces de transportarla y convertirla en servicios energéticos útiles.

El ritmo, sin embargo, no es homogéneo. Mientras que en China el peso de la electricidad sobre la demanda energética aumentó del 19% al 29% entre 2011 y 2023, en la UE se ha mantenido prácticamente estancado durante la última década. Dentro de Europa también existen importantes diferencias: Noruega presenta una elevada electrificación gracias a la implantación del vehículo eléctrico, las bombas de calor y las soluciones industriales eléctricas, mientras Suecia y Finlandia muestran patrones similares. Bulgaria constituye un caso particular, ya que la menor extensión de su red doméstica de gas ha favorecido un mayor uso de electricidad para calefacción.

Solar y eólica ganan terreno

Las renovables son uno de los ámbitos donde la transformación resulta más visible. Europa cerró 2025 con 380 GW de capacidad solar conectada a la red, aproximadamente 0,7 kW por habitante. Cerca del 60% se encontraba instalada sobre tejados y el resto correspondía a grandes plantas.

El crecimiento se ha producido en dos grandes etapas. Una primera expansión estuvo apoyada por políticas públicas durante la década de 2000, mientras que desde 2019 se abrió una segunda fase impulsada por la reducción de costes y nuevos mecanismos de apoyo.

España ocupa un lugar destacado: entre 2019 y 2025 fue el país europeo donde más aumentó la proporción de electricidad generada mediante energía solar, con un crecimiento superior a 16 puntos porcentuales, por delante de Grecia, Chipre, Hungría y Países Bajos.

La eólica, por su parte, proporcionó el 17% de la electricidad europea en 2025. Cerca del 90% de la capacidad instalada se encuentra en tierra, aunque buena parte de las nuevas inversiones se dirigen a proyectos marinos, especialmente en el mar del Norte. Dinamarca continúa sobresaliendo en este terreno, con más de la mitad de su electricidad procedente de aerogeneradores.

El avance de las fuentes variables incrementa a su vez la importancia del almacenamiento. En 2024, Europa disponía de 60 GWh de almacenamiento estacionario conectado a la red. A ello se sumaba una capacidad estimada de unos 600 GWh acumulada en las baterías de vehículos eléctricos.

La transición energética también se juega en las fábricas

El crecimiento de las tecnologías limpias está configurando además una nueva geografía industrial. Desde 2016, las empresas han destinado al menos 118.000 millones de euros a instalaciones europeas para producir baterías, vehículos eléctricos, paneles solares, aerogeneradores y hierro de bajas emisiones.

Alemania concentra más de 25.000 millones de euros de inversión desde ese año. En 2026, sin embargo, algunos de los mayores proyectos en construcción se localizan en Hungría y España. Análisis anteriores de Bruegel ya situaban a Alemania como el país con más instalaciones operativas de fabricación de tecnologías limpias, seguido de España e Italia.

Las baterías son uno de los sectores más relevantes. Hungría alberga la mayor capacidad europea de fabricación de celdas, mientras Suecia y Finlandia presentan una fuerte especialización laboral en actividades relacionadas con la generación y el almacenamiento eléctrico.

La automoción refleja igualmente el cambio industrial. Europa dispone de capacidad para fabricar alrededor de cuatro millones de vehículos eléctricos al año, frente a una demanda interna aproximada de tres millones. Alemania concentra la mayor capacidad productiva, seguida por Francia y España.

China, proveedor imprescindible y dependencia estratégica

La dimensión internacional constituye uno de los puntos más sensibles del nuevo escenario. En 2024, la Unión Europea exportó tecnologías limpias por valor de 82.000 millones de euros e importó productos por 90.000 millones, dejando un déficit comercial de 8.000 millones.

China ocupó una posición especialmente relevante: el 60% de las importaciones europeas de tecnologías limpias, equivalentes a 54.000 millones de euros, procedió del gigante asiático.

Su enorme capacidad de fabricación de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos ha permitido reducir costes y acelerar el despliegue mundial de estas soluciones. Pero esa misma concentración introduce un dilema para Europa: beneficiarse de productos competitivos sin quedar excesivamente expuesta a decisiones industriales, comerciales o geopolíticas tomadas fuera de la UE.

El Atlas muestra, además, que no existe un único modelo internacional. China combina una electrificación acelerada y una poderosa industria tecnológica con una persistente dependencia del carbón. En 2023, la electricidad ya representaba el 29% de su demanda energética y, en 2025, la mitad de los vehículos nuevos vendidos eran eléctricos de batería, aunque más de la mitad de su generación eléctrica seguía procediendo de combustibles fósiles.

Estados Unidos presenta otra trayectoria. Las fuentes limpias generan el 43% de su electricidad, aunque el gas natural mantiene un peso central. La Ley de Reducción de la Inflación (IRA), aprobada en 2022, estimuló la fabricación nacional y las inversiones, que alcanzaron unos 28.000 millones de euros en 2023 según el informe, antes de que la retirada posterior de subsidios federales ralentizara ese impulso.

Dentro de Europa también aparecen distintas especializaciones. Alemania sobresale como núcleo industrial y exportador neto, especialmente gracias al automóvil eléctrico; Dinamarca concentra una parte significativa de su comercio cleantech en la eólica; Hungría se posiciona como nodo de fabricación de baterías; y España figura entre los principales destinos recientes de nuevas inversiones vinculadas a baterías y movilidad eléctrica.

Cerca de un millón de empleos ligados a las tecnologías limpias

La transformación también tiene una dimensión laboral. Más de 950.000 personas trabajan ya en la UE en ocho tecnologías limpias: baterías, bioenergía, geotermia, bombas de calor, hidráulica, solar fotovoltaica, solar térmica y eólica.

Según el Atlas, este empleo se ha duplicado desde 2010. De los aproximadamente 200 millones de trabajadores de la Unión, cuatro de cada mil desempeñan actualmente su actividad en estos sectores.

Los datos de 2023 muestran que el 65% del empleo cleantech estaba relacionado con la operación y el mantenimiento, el 16% con la fabricación, el 15% con la construcción y el 4% con investigación. El reciclaje representaba todavía menos del 1%.

La inversión extranjera ha desempeñado un papel relevante en la construcción de esta capacidad productiva. Un ejemplo son las baterías: de acuerdo con Bruegel, las compañías surcoreanas operan actualmente dos tercios de la capacidad europea de fabricación de celdas, después de comenzar a instalar fábricas en el continente durante la pasada década para abastecer al sector automovilístico.

El escenario descrito por el European Clean Tech Atlas 2026 confirma así un cambio de escala. Las tecnologías limpias ya no afectan únicamente a las políticas climáticas: atraviesan la política energética, la industria, el comercio, el empleo y la autonomía estratégica europea. El desafío para la UE pasa por acelerar la descarbonización y la electrificación sin renunciar a una base productiva propia, al tiempo que mantiene cadenas internacionales de suministro capaces de ofrecer tecnologías a precios competitivos.

En una economía mundial que invirtió 1,8 billones de euros en tecnologías limpias durante 2025, la transición ecológica se está convirtiendo también en una carrera por determinar dónde se fabrica, quién controla la tecnología y cómo se reparte el valor económico de la descarbonización.

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