
La transformación digital y el avance de la inteligencia artificial (IA) están modificando rápidamente la manera en que Europa produce, compra y utiliza sus recursos. Sus posibilidades para mejorar la eficiencia son importantes, pero también lo son sus impactos ambientales y su capacidad para estimular modelos de consumo cada vez más acelerados.
Esta es una de las principales conclusiones del informe EEA-Eionet horizon scan – emerging trends in production and consumption, elaborado por la Agencia Europea de Medio Ambiente (EEA) junto a la Red Europea de Información y Observación del Medio Ambiente (Eionet). El análisis identifica siete tendencias emergentes vinculadas a la digitalización que pueden condicionar la transición hacia modelos de producción y consumo más sostenibles.
El punto de partida es un modelo que continúa ejerciendo una fuerte presión sobre los límites planetarios. A escala mundial, la extracción y el procesamiento de recursos originan más de la mitad de las emisiones de gases de efecto invernadero, el 40% de los impactos sobre la salud relacionados con las partículas y más del 90% de la pérdida de biodiversidad y el estrés hídrico.
Europa tiene un peso significativo en esa huella. Aunque la Unión Europea representa apenas el 5,5% de la población mundial, en 2020 consumió el 6,7% de los recursos extraídos globalmente. En 2021 fue responsable, además, del 8,7% de los impactos climáticos asociados a la extracción y procesamiento de recursos, del 7,2% de la pérdida mundial de biodiversidad terrestre y del 7,1% de los efectos sanitarios vinculados a las emisiones de partículas finas PM2,5 generadas por estas actividades.
La huella material por habitante de la UE descendió un 5,5% entre 2010 y 2024, pero continúa por encima del promedio mundial y el consumo de recursos sigue superando el denominado “espacio operativo seguro” del planeta. Además, las previsiones apuntan a que la huella material europea volverá a crecer de aquí a 2030. Ante este escenario, la EEA considera fundamental prolongar la vida útil de los productos mediante el diseño circular, la reutilización y la reparación.
Una de las principales alertas se encuentra precisamente en el consumo. La inteligencia artificial permite a las plataformas digitales conocer cada vez mejor las preferencias de sus usuarios y adaptar recomendaciones, publicidad y ofertas en tiempo real.
Los sistemas de recomendación, la personalización persuasiva, las señales de escasez o urgencia y otras herramientas digitales pueden modificar la disposición de las personas a comprar. El seguimiento de interacciones muy detalladas permite incluso inferir estados emocionales y ajustar los contenidos que recibe cada usuario.
A este ecosistema se suman el marketing de influencers y la gamificación mediante puntos, insignias o desafíos, especialmente dirigida a públicos jóvenes. Al mismo tiempo, plataformas de streaming, videojuegos y medios de comunicación funcionan cada vez más como canales directos de venta, difuminando las fronteras entre entretenimiento, información y comercio.
Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, estas dinámicas pueden estimular las compras impulsivas y reforzar patrones de consumo de rápida rotación, precisamente cuando la UE busca reducir su huella material y prolongar la duración de los productos.
La aceleración también alcanza a la producción. La competencia digital, la publicidad algorítmica y el desarrollo de productos asistido por IA permiten renovar los catálogos con mucha mayor rapidez. En determinados ámbitos, las nuevas generaciones de productos pueden aparecer mensualmente en lugar de hacerlo anualmente. Incluso cuando cada dispositivo mejora individualmente su eficiencia, una renovación más frecuente puede incrementar la presión ambiental agregada.
Europa ya cuenta con instrumentos destinados a responder a algunos de estos desafíos. Entre ellos se encuentran el Reglamento de Ecodiseño para Productos Sostenibles, la normativa sobre reparación de bienes y la legislación que busca mejorar la información disponible para los consumidores sobre durabilidad y reparabilidad. También el Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial introduce límites y obligaciones frente a determinadas técnicas de manipulación y contenidos generados mediante IA.
La expansión de la propia infraestructura digital representa otro de los grandes desafíos. Las previsiones recogidas por la EEA apuntan a que la demanda eléctrica de los centros de datos europeos podría pasar de 96 teravatios hora (TWh) en 2024 a 168 TWh en 2030 y 236 TWh en 2035. Esto supondría un crecimiento cercano al 150% en una década.
La presión no se limita a la electricidad. Las proyecciones sobre el agua necesaria para refrigerar los centros de datos vinculados a la IA y generar la energía que consumen apuntan a que la demanda podría multiplicarse por once entre 2024 y 2028, hasta alcanzar los 1,068 billones de litros anuales.
Este crecimiento podría añadir presión sobre infraestructuras regionales que ya deben afrontar fenómenos estacionales como sequías y olas de calor.
Frente a estos riesgos, la digitalización también abre posibilidades para reducir impactos ambientales en la industria y la agricultura. La inteligencia artificial puede optimizar la planificación de la producción, anticipar tareas de mantenimiento y controlar procesos en tiempo real, disminuyendo el consumo de energía y materiales y las emisiones asociadas.
En agricultura, los sensores de alta resolución y los modelos predictivos pueden mejorar las decisiones sobre riego y reducir el consumo de agua, fertilizantes y pesticidas. La combinación de IA y robótica permite, además, aplicar tratamientos únicamente cuando son necesarios, reduciendo el uso de productos fitosanitarios y sus impactos ambientales.
La UE está impulsando estas aplicaciones a través de iniciativas como el AI Continent Action Plan, la Apply AI Strategy y la agenda europea de fabricación avanzada. La asociación público-privada Made in Europe moviliza, por su parte, 1.800 millones de euros dentro de Horizonte Europa para favorecer la incorporación de IA, robótica, datos y automatización avanzada a los sistemas productivos.
La digitalización también podría transformar el acceso a las materias primas críticas que necesita la transición energética y tecnológica. La demanda de litio, cobalto, tierras raras y metales del grupo del platino crecerá por el despliegue de energías renovables, baterías, semiconductores y productos electrónicos.
Herramientas como la modelización geológica mediante IA, la teledetección, la automatización, la electrificación de maquinaria, la robótica o los gemelos digitales podrían contribuir a identificar recursos con mayor precisión, reducir residuos y mejorar la seguridad laboral. Sin embargo, la EEA advierte de que todavía existen pocas evidencias sobre los beneficios ambientales de estas tecnologías cuando se aplican a gran escala.
Otra vía es la denominada “minería urbana”: recuperar, reutilizar y reciclar materiales valiosos presentes en residuos electrónicos, baterías, escombros y otros productos. Las tecnologías para recuperar litio, cobalto y tierras raras están avanzando, aunque la capacidad actual continúa por debajo de los objetivos europeos para 2030.
La Ley Europea de Materias Primas Fundamentales establece que para ese año la extracción, procesamiento y reciclaje europeos de materias primas estratégicas deberían cubrir, respectivamente, el 10%, 40% y 25% de la demanda de la UE. De los 47 proyectos estratégicos seleccionados dentro del territorio comunitario, 17 están relacionados con el reciclaje.
La creciente demanda de minerales también está trasladando la mirada hacia territorios hasta ahora poco explotados. La minería de los fondos marinos y la futura extracción de recursos en el espacio aparecen como posibles fuentes de materias primas, pero ambas plantean importantes incertidumbres ambientales y regulatorias.
En el caso de los fondos marinos, todavía no se conocen suficientemente los ecosistemas potencialmente afectados ni las consecuencias de una explotación comercial. Por ello, la UE mantiene el principio de precaución y reclama salvaguardas ambientales estrictas y cooperación internacional.
La minería espacial también se encuentra en una fase incipiente. Aunque trasladar parte de la extracción fuera de la Tierra podría, en teoría, reducir determinadas presiones terrestres, el aumento de lanzamientos y reentradas podría generar otros impactos. Entre ellos, la EEA señala posibles efectos sobre la recuperación de la capa de ozono derivados del carbono negro emitido por los cohetes, además de la generación de basura espacial y las consecuencias todavía desconocidas de alterar cuerpos celestes.
La UE incluyó la extracción y utilización de recursos entre las posibilidades contempladas en su Visión para la Economía Espacial Europea, publicada en junio de 2025, aunque todavía no existe un marco jurídico global compartido para estas actividades.
El análisis de la Agencia Europea de Medio Ambiente evita presentar la digitalización como una solución ambiental automática. Las mismas tecnologías capaces de hacer más eficiente una fábrica, reducir el consumo de agua en la agricultura o mejorar el reciclaje pueden favorecer simultáneamente el sobreconsumo y generar nuevas demandas de energía, agua y materias primas.
La diferencia dependerá, según el informe, de las decisiones regulatorias, las prioridades de inversión y la capacidad de las políticas públicas para avanzar al mismo ritmo que la innovación tecnológica.
Para Europa, el desafío será aprovechar las posibilidades de la inteligencia artificial y las herramientas digitales sin trasladar sus costes al clima, los ecosistemas y los recursos naturales. La transición verde y la digital, concluye el análisis, solo podrán reforzarse mutuamente si cuentan con marcos de gobernanza sólidos, proactivos y capaces de adaptarse a una transformación tecnológica cada vez más rápida.