La digitalización puede ayudar a reducir el uso de energía, materiales, agua y pesticidas, pero su expansión también está impulsando nuevas formas de consumo, acortando la vida útil de los productos y elevando la demanda energética e hídrica de los centros de datos. Un análisis de la Agencia Europea de Medio Ambiente advierte de esta doble cara de la transición digital y reclama una regulación capaz de orientar la innovación hacia los objetivos ambientales europeos.