
El calendario ambiental internacional afronta unos meses decisivos. Entre agosto y noviembre, las negociaciones multilaterales colocan sucesivamente el foco sobre tres de las principales dimensiones de la crisis ambiental: la degradación de las tierras, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
Según recoge Science Media Centre España, las tres grandes cumbres ambientales de Naciones Unidas previstas para 2026 permiten observar hasta qué punto estas cuestiones están relacionadas. Aunque cada conferencia responde a un convenio internacional diferente y cuenta con sus propios procesos de negociación, los problemas que pretenden afrontar se retroalimentan.
La primera cita es la COP17 de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), que se celebra del 17 al 28 de agosto en Ulán Bator, Mongolia. Bajo el lema “Restaurar la tierra, restaurar la esperanza”, la conferencia aborda conjuntamente la desertificación, la degradación de las tierras y la sequía, prestando especial atención a la prevención, la resiliencia y la gestión sostenible de los ecosistemas.
El estado de los suelos resulta fundamental para comprender también las otras dos grandes crisis ambientales. Los ecosistemas terrestres albergan biodiversidad y participan en los ciclos naturales del carbono y del agua. Su degradación, por tanto, no constituye únicamente un problema relacionado con la desertificación: tiene consecuencias sobre la capacidad de los territorios para responder a los impactos climáticos y conservar sus ecosistemas.
El siguiente gran encuentro llegará en octubre con la COP17 del Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB). La cita trasladará el centro del debate hacia la conservación de la naturaleza y el cumplimiento de los compromisos internacionales frente a la pérdida de biodiversidad.
Esta agenda está estrechamente vinculada con la protección y restauración de los ecosistemas. La degradación de los hábitats afecta a las especies que dependen de ellos, mientras que unos ecosistemas saludables cuentan con una mayor capacidad para prestar servicios esenciales para las sociedades humanas.
La relación funciona también en sentido contrario. El cambio climático modifica las condiciones en las que viven numerosas especies y ecosistemas, añadiendo presión a una biodiversidad que ya afronta otros factores de deterioro.
Por eso, las decisiones sobre conservación de la naturaleza no pueden quedar desligadas de las políticas destinadas a gestionar los territorios y combatir el calentamiento global.
La tercera gran cita llegará en noviembre con la COP31 de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC). Las negociaciones climáticas volverán a reunir a los países para avanzar en la respuesta internacional frente al calentamiento global.
Su celebración completará así un recorrido que habrá comenzado meses antes hablando de tierra y sequía, habrá continuado con la biodiversidad y terminará colocando el clima en el centro de la agenda.
Pero las fronteras entre estos debates son cada vez menos nítidas. Las sequías y otros impactos asociados al cambio climático pueden agravar la degradación de los ecosistemas; unos territorios deteriorados pueden ser más vulnerables ante fenómenos climáticos extremos; y la pérdida de biodiversidad puede reducir la resiliencia de los sistemas naturales.
La sucesión de las tres COP durante 2026 pone sobre la mesa uno de los grandes desafíos de la gobernanza ambiental internacional: evitar que problemas estrechamente relacionados sean abordados de manera aislada.
Desertificación, pérdida de biodiversidad y cambio climático cuentan con marcos internacionales diferenciados, pero convergen sobre los mismos territorios y afectan a las mismas sociedades. La restauración de ecosistemas, la gestión sostenible del suelo y la conservación de la naturaleza pueden contribuir simultáneamente a fortalecer la resiliencia frente al cambio climático y proteger la biodiversidad.
La recta final de 2026 ofrece, por tanto, una oportunidad para observar las tres grandes negociaciones ambientales no como acontecimientos independientes, sino como partes de una misma respuesta internacional. Porque el estado del suelo condiciona la biodiversidad, la biodiversidad sostiene ecosistemas fundamentales y el clima influye sobre ambos.
Las tres cumbres pondrán a prueba la capacidad de la comunidad internacional para avanzar desde agendas ambientales separadas hacia respuestas capaces de reconocer esas conexiones.