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Mientras el desperdicio alimentario en los hogares suele acaparar la atención, una parte significativa de las pérdidas se produce mucho antes de que los productos lleguen a las estanterías. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), mejorar la producción, el almacenamiento y el transporte de los alimentos es una de las medidas con mayor potencial para reducir emisiones, proteger los recursos naturales y reforzar la seguridad alimentaria.
El desperdicio alimentario empieza mucho antes del supermercado

Cada año, una parte importante de los alimentos producidos en el mundo desaparece antes incluso de ponerse a la venta. Lejos de tratarse únicamente de un problema de consumo doméstico, las pérdidas comienzan en las primeras etapas de la cadena alimentaria.

La FAO estima que el 13,2% de los alimentos se pierde entre la cosecha y el comercio minorista, es decir, durante procesos como la manipulación, el almacenamiento, el transporte, el procesamiento o la distribución mayorista. Paralelamente, otro 19% de los alimentos disponibles acaba desperdiciándose en supermercados, restaurantes y hogares, según el PNUMA.

Esta diferencia es importante porque las organizaciones internacionales distinguen entre pérdida de alimentos, cuando los productos dejan de estar disponibles antes de llegar a la venta por problemas en la cadena de suministro, y desperdicio alimentario, cuando los alimentos aptos para el consumo se desechan en la fase comercial o por parte de los consumidores.

Un impacto que va mucho más allá de la alimentación

Las consecuencias de estas pérdidas no se limitan al ámbito económico. Cada alimento que no llega a consumirse implica también un uso innecesario de agua, suelo, energía y otros recursos empleados durante su producción.

Según el PNUMA, el conjunto de las pérdidas y el desperdicio de alimentos genera entre el 8% y el 10% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Además, la producción de alimentos que finalmente no se consumen ocupa cerca del 28% de la superficie agrícola mundial, ejerciendo una presión adicional sobre los ecosistemas y la biodiversidad.

La FAO señala que gran parte de las pérdidas previas a la venta están relacionadas con deficiencias en la infraestructura, el almacenamiento, la refrigeración, el transporte o la gestión de la cadena de suministro. En muchos casos, mejorar estos procesos permitiría conservar los alimentos durante más tiempo y evitar que se deterioren antes de llegar al mercado.

El PNUMA destaca, por ejemplo, que la falta de una cadena de frío eficaz provoca pérdidas suficientes como para alimentar a alrededor de 1.000 millones de personas, lo que pone de manifiesto la importancia de invertir en sistemas de conservación y distribución más eficientes.

La economía circular empieza antes del supermercado

Reducir las pérdidas alimentarias es una de las metas incluidas en el Objetivo de Desarrollo Sostenible 12.3, que plantea disminuir tanto las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro como el desperdicio en el comercio minorista y los hogares antes de 2030.

Desde la perspectiva de la economía circular, aprovechar mejor los alimentos desde su origen permite disminuir la presión sobre los recursos naturales, reducir emisiones y aumentar la eficiencia del sistema alimentario. Para la FAO y el PNUMA, actuar sobre todas las fases de la cadena —desde la producción hasta el consumo— será esencial para avanzar hacia sistemas alimentarios más sostenibles, resilientes y capaces de responder a los desafíos climáticos y de seguridad alimentaria.

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