La verdadera cuestión pendiente en los inicios del siglo XXI es cuál es la función de una escuela de negocios, cuál es su razón de ser, qué contribución hace a la sociedad y qué la legitima ante la sociedad.
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El debate sobre la formación de directivos y, especialmente, sobre la formación de los MBAs ya hace meses que se arrastra. Pasó a primer plano, como era razonable, cuando la gente se preguntó sobre la formación que habían recibido los genios que habían conseguido bonus cada vez mayores a base de hundir empresas y de poner el sistema financiero a un paso del precipicio. Ahora, ya pasado el susto, muchos vuelven rápidamente a las mismas prácticas y maneras de proceder, quizás porque creen que no era para tanto; quizás porque han aprendido que, si la hacen muy gorda, nadie estará dispuesto a dejar que todo se hunda; quizás porque creen que no hay alternativa creíble, ni desde el punto de vista de los valores, ni desde el punto de vista institucional y organizativo, ni desde el punto de vista de las maneras de proceder y, por lo tanto, se trata de volver a ocupar el territorio perdido. Es lo que propongo denominar el síndrome de Sansón: a semejanza de la historia bíblica, hay posiciones tan aferradas a las columnas que sostienen el edificio económico y social que, si las sacuden, el edificio se hunde completamente (y por eso hemos acabando creyendo que hemos de soportar a las personas que las ocupan como un mal menor). Incluso pueden no tener escrúpulos, y hacer que el edificio caiga sobre ellos mismos -y sobre todo el mundo- antes que cambiar de posición y de maneras de proceder. Por lo tanto, quizás convendría modficar el registro y empezar a centrar el debate en la estructura del edificio, y no en quien tiene que ocupar el lugar de Sansón.
La crisis de los últimos años ha provocado un cierto debate sobre la formación que reciben los directivos. Ni qué decir tiene que el remedio propuesto ha sido el habitual: faltan vitaminas éticas y de responsabilidad social. Y la pregunta consiguiente, ha sido ¿qué hacen las escuelas de negocios al respecto?; ¿suministran o no estas maravillosas píldoras éticas? Me parece que este enfoque responde a una intención llena de buena voluntad, pero de recorrido y capacidad perfectamente descriptibles. Un ejemplo: la EFMD, que tiene que cuidar el tenderete, acaba de publicar un estudio sobre cómo ven los MBAs a dicho programa, qué valoran más y qué les interesa. La conclusión es alentadora: la cosa no está tan mal, y la gente todavía se interesa por los MBA. Hay que hacer cambios, claro está, pero cambiar es ley de vida, y hay que ir adaptándose a la demanda. Sólo una cosa ha sorprendido un poco. Bueno, un poco: ha sorprendido tanto que lo han situado como titular de la nota de prensa. El titular que dan como conclusión de la investigación ha sido que los estudiantes todavía quieren hacer un MBA, pero que no quieren que incluya ética. De 30 temáticas posibles que puede haber en un MBA, la ética la consideran necesaria menos de un 5%. Podemos hacer, como siempre, todas las consideraciones habituales para quedar tranquilos y salir del paso: son unas edades en las que la partida ética ya está jugada, la ética no se enseña sino que se aprende, ya aparece transversalmente a todas las materias, casi un 8% (sic) pide RSE, total una asignatura tampoco sirve de mucho, y bla, bla, bla.
Creo que esta cuestión, a pesar de ser importante, no es la más relevante. La verdadera cuestión pendiente en los inicios del siglo XXI es cuál es la función de una escuela de negocios, cuál es su razón de ser, qué contribución hace a la sociedad y qué la legitima ante la sociedad. Y éste no puede ser un debate endogámico, sino que ha de ser un debate social, que se desarrolle en la esfera pública. Y éste no puede ser un debate endogámico, que se resuelva a base de encuestas, sino que tiene que ser un debate ideológico y ético sobre el modelo de directivo (y de persona), el modelo de empresa y el modelo de sociedad que se propone y se defiende. El debate sobre cuáles son los componentes de un MBA siempre ha estado en las zonas grises del debate educativo, como algo técnico, especializado... vaya, de gestión. No se le atribuyen las exigencias de las profesiones nobles, y así se va tirando. Pero no eternamente. La sociedad, las instituciones, las organizaciones, las empresas, no se pueden permitir no debatir sobre qué esperan de un MBA y de un directivo, y sobre qué se hace o, de forma más amplia, sobre lo que se transmite en las escuelas de negocios. Si atendemos en el papel que juegan los directivos en las nuestras sociedades complejas, parecería que la pregunta sobre su formación debería tener la relevancia pública correlativa. Ya no basta con decir, constatar o repetir que algunas escuelas de negocios lo hacen muy bien, sino que hay que empezar a preguntarse qué es el que hacen muy bien. O, en otras palabras, ¿el único objetivo de las escuelas de negocios es competir encarnizadamente para hacer mejor que nadie... lo mismo que hace todo el mundo?
Hace unos meses planteé en este blog un hilo argumental que ahora quisiera reiterar. Un hilo argumental que se apoya sobre una constatación: últimamente, en las escuelas de negocios, cada vez se habla menos de educación y de formación, y más de clientes. Decía entonces, a propósito de la RSE: Si la gestión y la transmisión son los dos parámetros que configuran la presencia de la RSE en una escuela de negocios, éstas, en último término tienen que encajar en una propuesta educativa. Lo que comporta que una escuela de negocios ha de tener una respuesta clara a dos preguntas: ¿qué significa educar? y, ¿a quién educamos y para qué? En este sentido, no deja de llamarme la atención que, en los últimos años, en las escuelas de negocios cada vez se hable más de clientes ... con el riesgo de que al final sólo se hable de clientes. No hay duda de que hacerlo tiene una función higiénica: pone el acento en el hecho de aprender (y no tanto en el enseñar) y en atender a las necesidades de quien se dirige a la escuela. Pero la educación no es posible sólo tratando con clientes, entre otras razones porque una institución educativa es algo más que una empresa de servicios educativos. Es más: a veces la satisfacción del cliente puede ser la expresión más evidente de un fracaso o una dimisión de la educación como tal. Al fin y al cabo, la educación está comprometida con la búsqueda de la excelencia, pero no necesariamente con el éxito (o con lo que se entienda por tal cosa). La excelencia requiere profesionales reflexivos, y formar profesionales reflexivos hoy en día incluye necesariamente la capacidad de trabajar vitalmente con valores. Y para desarrollar la capacidad de trabajar con valores es necesario ofrecer recursos y facilitar experiencias que permitan el autoconocimiento y el desarrollo de la calidad humana: éste es uno de los grandes retos inmediatos de las escuelas de negocios. Un autoconocimiento que no sea una variante del autismo, sino el espacio de donde surgen la relación y el compromiso. Porque el auténtico analfabetismo de nuestro tiempo es que las personas no se conocen a sí mismas y, además, se aplaude el hacer ostentación de eso.
Creo que los resultados de la ética en esta encuesta hay situarlos exactamente aquí. El porcentaje de interés por la ética que detecta la encuesta es sólo un síntoma. Por la situación que refleja no se resuelve con clases de ética, y por eso las clases de ética son a menudo un fracaso, multiplicado por la manera cómo se plantean y se llevan a cabo, claro está. Porque el debate pendiente remite a un debate sobre el modelo educativo que asume la escuela de negocios y la manera cómo lo propone, y no a una asignatura. Y eso implica, cuando menos, dos aspectos. Uno queda claramente reflejado en el título del librito de Gadamer: La educación es educarse. Eso es una gran, fundamental verdad. Que es también una interpelación: ¿a una escuela de negocios se va (también) a educarse? o sólo a capacitarse ... y a hacer networking, claro, me lo olvidaba. El otro aspecto está vinculado al hecho de que, muy a menudo, las escuelas de negocios están integradas en universidades. Y eso significa que la capacidad crítica, la disposición a cuestionar lo que está establecido, la indagación sobre los valores y, en último término, sobre el valor humanizador de lo que se aprende no puede pasar nunca a un segundo plano. Al menos las escuelas de negocios que estén en un contexto universitario no pueden nunca limitarse a ser sólo transmisoras de cultura (empresarial), también han de ser críticas de la cultura (empresarial). Porque es perfectamente compatible -hasta el punto que a veces se confunde- ser muy exigente técnicamente y ser muy acomodaticio vitalmente. Porque es perfectamente compatible -hasta el punto que a veces se confunde- obtener cada vez mejores resultados y alimentar un egocentrismo cada vez mayor. Y ya va siendo hora de que las estructuras del carácter y los sistemas de valores interiorizados se consideren también factores de riesgo en las organizaciones y en la sociedad. Porque lo son.
Hoy en el marco de la formación de directivos se habla mucho de adaptabilidad, flexibilidad, movilidad, disposición al cambio ... Nada que decir; considero que son importantes y necesarias. Ahora bien, cuando empiezan estas letanías a veces me viene a la memoria aquella genial película de Woody Allen que se titulaba Zelig: un personaje cuya enfermedad (repito: enfermedad) consistía en su infinita capacidad de adaptarse hasta las últimas consecuencias al entorno en el que se encontraba, un verdadero camaleón social y moral. El reto de las escuelas de negocios no son las clases de ética. El reto es preguntarse si lo que hacen, en último término, es hacer cada vez más competentes y dar más capacidades a los camaleones.
Y en el santoral de los camaleones tiene un lugar destacado Groucho Marx: ya saben, aquél que dijo "éstos son mis principios; si a usted no le gustan tengo otros".
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