La responsabilidad social, con la triste ayuda de una crisis económica sin precedentes, ha vuelto a poner en la mesa los valores que defendían nuestros padres. Ahora, visto el resultado que nos ha dado el modelo económico, yo quiero ser lo que sea, pero quiero ser como mi papá y mi mamá: gente de bien.
Maki Avelo
Cuando éramos niños a menudo las personas mayores nos preguntaban; y tú, ¿qué quieres ser de mayor? Y uno decía que médico, peluquera, arquitecto o cosas así. Los hijos solíamos añadir que de mayores queríamos ser “lo mismo que papá” , los chicos, o “que mi mamá” en el caso de las chicas (la Ministra Aído tendría mucho que decir sobre esto). Pero los papás solían decir que teníamos que ser, ante todo, hombres y mujeres de bien.
La responsabilidad social, con la triste ayuda de una crisis económica sin precedentes, ha vuelto a poner en la mesa los valores que defendían nuestros padres. Ahora, visto el resultado que nos ha dado el modelo económico, yo quiero ser lo que sea, pero quiero ser como mi papá y mi mamá: gente de bien.
Decía Karl Popper que no hay organizaciones poco éticas, sólo hay personas poco éticas. Sea como sea, según todos los expertos de la economía mundial, esta es una crisis provocada por la falta de integridad de algunas instituciones/organizaciones, detrás de las cuales estaban algunas personas que, con las prisas, qué cosas, se olvidaron de medir las consecuencias de sus decisiones; que se ha producido un exceso de excesos, que en la sociedad de consumo se nos ha olvidado pensar en el mañana, y en los que vienen detrás. Nunca nuestros padres hicieron una huida hacia delante tan vertiginosa, endeudándose por encima de lo posible y razonable.
Aquellos valores que proclamaban las generaciones anteriores, la solidaridad, la austeridad, la cultura del esfuerzo, la justicia social, frente a los grandes abismos que ha producido la globalización donde apenas unos pocos son dueños de casi todo, es lo que se proclama e intenta recuperar con el ejercicio de la responsabilidad social. Siempre hubo unos valores universales con los que la inmensa mayoría de las personas se sienten identificadas: el respeto, la igualdad, la protección de la infancia, la diversidad cultural…La Declaración Universal de los Derechos Humanos ha cumplido 60 años; lleva 60 ahí. Muchas personas llevan años peleando por los Derechos Humanos; ahora no hay política de responsabilidad social que se sostenga sin ellos.
Estamos descubriendo también acerca del liderazgo. Porque siempre hubo emprendedores sociales, siempre hubo convencidos del respeto al medioambiente, estrategas de las emociones, agentes del cambio social, defensores del largo plazo, de las personas, de la justicia. El líder social, la persona que persigue esa visión fuerte y sólida, y cree que su forma de ser, relacionarse y trabajar puede dejar una (buena) huella en el mundo, está donde uno menos puede esperarse. Más allá de tener una visión de proyecto o de empresa, algunos hacen de esto una visión de vida, visión-sueño, cumbre personal que conquistar.
También estamos redescubriendo las relaciones familiares. Lo llaman conciliación, a veces incluso paternidad responsable. Pero lo cierto es que la aspereza del día a día empresarial nos lleva cada día más a guardar espacios de cura emocional con nuestros hijos y parejas, en esa caja fuerte del corazón que es el hogar. Nos ha hecho falta un baño de realidad para darnos cuenta de que los límites casi siempre los límites se los pone uno mismo. Los despidos masivos incluyen a muchas personas que han dado hasta la última gota de su sangre por la empresa, aún a costa de su familia: café para todos. Los grandes acontecimientos globales han sacudido conciencias y han movido determinados listones. En Estados Unidos se produjo una oleada de bajas voluntarias y peticiones de reducción de jornada unos meses después del 11-S. Aún hace falta, en muchos casos, algo dramático para que reaccionemos.
Y también estamos dando un nuevo sentido a la amistad, a las relaciones personales. Arrasan los foros sociales, los encuentros organizados por Internet o por mensajes de móvil, de personas que comparten inquietudes, causas o creencias, las alianzas, las redes y los acuerdos de colaboración; todo eso que, en definitiva, se basa en la confianza entre las personas. Así, en ese proyecto personal que cada uno tiene, en esa cumbre a escalar más o menos alta, uno simplemente no quiere estar solo, sino compartir lo malo y lo bueno de la escalada con otros. Con gente de esa que marca la diferencia, haciendo que nos sintamos menos locos, más comprendidos en nuestra pelea diaria. Personas a las que, en un primer momento y hasta el último momento, nos sentimos unidos en nuestros valores más profundos. Personas que nos mantienen orientados durante la escalada, nos proporcionan apoyo y ayuda sin necesidad de pedirlo. De forma que esa red de personas es como un tejido que nos protege de todo lo que nos es hostil. Pues todo eso, ahora, se llama networking y redes y cosas así. Es decir, aquellos con los que compartimos la lucha diaria por lo que queremos; nada más; y nada menos.
Por eso hay gente excepcional o los que llamamos colegas. Por eso decimos redes sociales cuando queremos decir amigos, decimos conciliación cuando queremos decir calor de hogar y cariño familiar, decimos código ético cuando nos referimos a los valores, llamamos líderes a la gente con la queremos trabajar, en la que creemos y a la que queremos seguir.
A medida que se nos ha ido cayendo el sistema, el debate se va centrando en lo que preocupaba a nuestros padres, en el origen mismo de la responsabilidad social, que no es otro que: ¿qué tipo de sociedad queremos para nuestros hijos?. El origen y el destino son idénticos: el modelo social que hemos creado y hacia dónde nos lleva. O dicho de otra manera: acaso tenemos ni más ni menos que lo que nosotros mismos hemos construido, que si no nos gusta para nosotros mismos, menos nos gusta para nuestros hijos.
Y así, hemos llamado responsabilidad social a todo esto, que no es más que una mirada crítica hacia dentro de las instituciones (todas, públicas, privadas…) para preguntarnos si, con lo que hacemos, de mayores llegaremos a ser gente de bien.