Publicado el

 

Harry Lime sintetiza en su respuesta el núcleo del síndrome que propongo que lleve su nombre: "temo que no has visto las cosas con claridad; nadie piensa en términos de seres humanos, ¿por qué lo íbamos a hacer nosotros?".

www.josepmlozano.cat

 

En noviembre de 2008, la Reina pidió a la London School of Economics alguna explicación ante el sorprendente hecho de que prácticamente ningún economista hubiera previsto la crisis financiera o, como se suele decir ahora, la crisis. Probablemente, no sólo la Reina debiera pedir explicaciones, pero al menos ella obtuvo alguna respuesta. Una de las respuestas que recibió merece una atención detenida. Propiamente, no la respuesta, sino la cuestión que plantea dicha respuesta. 

 

Lo que vienen a señalar los autores es que el gremio de los economistas tiene, al menos, un problema. Un problema que tiene que ver con la formación que reciben. Los autores califican dicha formación de demasiado estrecha, obsesionada por las técnicas y sobrecargada de matemáticas, y sin capacidad de facilitar una visión global de las cuestiones a las que se enfrentan. Una formación en la que brillan por su ausencia la psicología, la filosofía y la historia económica. Más aún. Consideran no tan sólo pobre, insuficiente, limitada y parcial la formación que reciben, sino que además no facilita que los economistas revisen críticamente sus propias creencias. Por cierto, al hablar de creencias no están hablando de religión, filosofía o astrología: un ejemplo de dichas creencias es lo que los autores califican como "the highly questionable belief in universal rationality nor the efficient markets hipothesis, both widely promoted by mainstream economists". Como subrayan en otro momento de su carta, ha dominado una visión de la economía separada del mundo real. Su conclusión es que los modelos y las técnicas son importantes, pero que, dada la complejidad de la economía global, se requiere una mayor atención a lo sustancial, y tener en cuenta también factores históricos, institucionales y psicológicos.

 

 

 

Ni qué decir que comparto el núcleo de lo que proponen los autores. Y más si tenemos en cuenta que este año celebramos el 50 aniversario de la publicación de Las dos culturas, el ensayo de C. P. Snow. En dicho ensayo (repito: hace cincuenta años) se subraya la pérdida que supone la ruptura entre ciencia y humanidades para nuestra vitalidad social y para la capacidad de resolver los problemas que nos acucian. Desde este punto de vista, la crisis que hemos vivido (y que todavía estamos viviendo, brotes verdes al margen) puede interpretarse también como la apoteosis de la fractura entre las dos culturas. Y dudo mucho que salgamos bien de ella si la seguimos considerando sólo un problema técnico; de colosales dimensiones, ciertamente, pero técnico sin más.

 

 

 

Y por eso discrepo de los autores de la carta en un punto. Porque el problema no se reduce a la formación. Sin duda, en el mundo de la economía y de la empresa estamos ante una urgentísima necesidad de revisar el modelo formativo. Pero el problema se sitúa más allá. Lo incluye, insisto, pero va más allá. Es un problema de mentalidad, y requiere explicitar abiertamente un conflicto de mentalidades. Se trata de una auténtica batalla que debe librarse, por utilizar la expresión de Ortega, en el terreno de las ideas y creencias.

 

 

 

Y en este terreno se requiere urgentemente una terapia para una pandemia mucho más grave que la de la gripe A. Me refiero a lo que denomino el síndrome Harry Lime. Porque responde a una actitud, profundamente arraigada, que se refleja en aquella estremecedora película (lamentable e injustamente no utilizada en las escuelas de negocios) que lleva por título The third man. En una secuencia memorable, el protagonista –Harry Lime- se confronta con su viejo amigo a propósito de sus actividades y, desde lo alto de la noria éste le interpela: "¿has visto alguna de tus víctimas?" A veces olvidamos que la responsabilidad requiere algo que va más allá de la abstracta pregunta por las consecuencias; requiere ver a las víctimas. Y si algo parece claro, es que en esta crisis nos hemos asomado al pavor de algunas posibles conscuencias. Pero no estoy tan seguro que hayamos visto a sus víctimas. Harry Lime sintetiza en su respuesta el núcleo del síndrome que propongo que lleve su nombre: "temo que no has visto las cosas con claridad; nadie piensa en términos de seres humanos, ¿por qué lo íbamos a hacer nosotros?". Pues exactamente eso: ¿por qué? En el mundo de la economía y de la empresa: ¿qué tipo de cosas vemos claramente cuando decimos que algo lo vemos claro? ¿Cifras o personas? Desde lo alto de la noria, Harry Lime le pregunta a su amigo: mira a toda esa gente ahí abajo; son meramente puntos: ¿sentirías piedad y compasión si cualquiera de esos puntos dejara de moverse para siempre?; ¿y si te pagara por cada punto que dejara de moverse, renunciarías al dinero? Hoy muchos presidentes y directores generales trabajan en despachos que se encuentran –no solo físicamente- a mucha mayor altura que la que la permitía alcanzar la noria vienesa a Harry Lime: los puntos, consiguientemente, son más minúsculos.

 

El síndrome Harry Lime no es sólo una consecuencia de la fractura entre las dos culturas. Es la expresión de una mentalidad que empapa cierto espíritu de nuestro tiempo. Una mentalidad que se traduce en prácticas y decisiones, pero que se sustenta en creencias, valores y actitudes profundamente arraigados, a los que no queremos cuestionar y por eso, al final, no nos cabe otra cosa que lamentarnos. Creencias, valores y actitudes que sólo ven cifras y puntos que se mueven. No ven personas, ni contextos, ni biografías, ni culturas. ¡Y a esta ceguera a veces la llaman pomposamente y cínicamente capacidad de tomar decisiones! Últimamente se ha puesto de moda rasgarse las vestiduras ante la constatación de que vuelven los magníficos bonus al sector financiero, incluso en organizaciones salvadas gracias a las inyecciones públicas. ¡Cómo no van a volver si sólo hemos querido evitar el desastre, pero no cambiar, cuestionar ni replantear nada! Solo hemos aspirado, digámoslo así, a volver a la normalidad.

 

Por eso la RSE es algo más que técnicas, métodos o herramientas de gestión. Es –debe ser- algo más. Es una terapia de choque para el síndrome Harry Lime. Pero no es solo una terapia. Es también una pieza de una batalla de ideas, mentalidades y actitudes. Una batalla eminentemente práctica, pero que se libra también –y sobre todo- en el terreno de las ideas, las mentalidades y las actitudes. Una batalla económica y empresarial, pero que se arraiga en un compromiso desde la ciudadanía y por la ciudadanía.

 

Porque, en último término, es en tanto que ciudadanos que debemos clarificar nuestra postura ante el síndrome Harry Lime. Y no olvidemos que, en la película, el propio Harry Lime no admite medias tintas

 

 

Si quieres recibir las novedades de mi blog vía RSS o vía email, pincha aquí

En este artículo se habla de:
Opinión

¡Comparte este contenido en redes!

Este sitio utiliza cookies de terceros para medir y mejorar su experiencia.
Tu decides si las aceptas o rechazas:
Más información sobre Cookies