La empresa es una institución económica, por supuesto. Pero no produce tan sólo productos y servicios. Al hacerlo también trabaja -en la práctica- con valores: potencia e incentiva a unos, rechaza o diluye a otros; pone a unos en el frontispicio de la vida pública, y envía otros al cuarto trastero.

Hace unos días se presentó en el Círculo de Economía el libro de David Murillo Empresa i valors. Este libro es el noveno volumen de una iniciativa muy importante que, como todas las que lo son en este país, va mostrando su valor y su visión a medida que se consolida sólidamente en el tiempo. Me refiero a la colección Observatori dels Valors, que impulsan conjuntamente la Fundació Lluís Carulla y la Cátedra de LiderazgoS y Gobernanza Democrática de ESADE. La apuesta de la colección es directa y clara: en lo que corresponde a los valores disponemos de muchos estudios de todo tipo en los campos más diversos, pero lo que nos falta es integrar dichos estudios, y darles la forma de una visión mínimamente articulada. Así ya disponemos, por ejemplo, de libros sobre valores y los jóvenes, la familia o el trabajo. Y, ahora, este sobre empresa y valores.
El libro tiene una gran virtud, que requiere previamente otras dos: recoge mucha documentación y muchos estudios que hasta ahora permanecían esparcidos en el vacío (probablemente perdidos en la inmensidad de Google) pero no resulta un relato intemporal, porque el autor los entrevera con referencias a la actualidad más candente. Las páginas iniciales sobre la tempestuosa crisis económica que estamos viviendo (en la que todo el mundo discute sobre si hay brotes verdes o no, y nadie sobre el color de las gafas -y los intereses- que cada uno lleva para ver esta realidad) están hechas con la precisión, la claridad y la concisión del mejor cirujano.
Pero haría un flaco favor si siguiera haciendo la glosa del libro. Ya lo leeréis, si os apetece (y ni qué decir tiene que lo recomiendo). Lo que yo quisiera es destacar tres cuestiones -a mi modo de ver, bastantes relevantes- que permanecen como substrato del libro y, a la vez, nos llevan más allá.
En primer lugar, me ha sorprendido muchísimo que haya tanta información, pero de calidad tan desigual, de alcance tan incierto y de perfiles tan borrosos sobre los valores de los directivos... y, menos todavía, de nuestros directivos. Hay una multitud de estudios, ciertamente, sin embargo, en resumidas cuentas, ¿qué jugo les podemos sacar? En este punto el trabajo que ha llevado a cabo David Murillo me ha parecido una reedición de los trabajos de los primeros cartógrafos, cuyos mapas hoy nos parecen imprecisos y aproximados, pero que tienen el gran, inmenso, mérito de hacer el primer intento, que nos permite tomar conciencia de que, en lo que corresponde a los valores de nuestros directivos, nos encontremos ante de un territorio globalmente desconocido, del que sólo hemos explorado algunos espacios sueltos (aquéllos en los que resulta más fácil adentrarse), pero del que todavía nos falta mucha información relevante e imprescindible.
Y esta carencia nos lleva directamente a la segunda cuestión. La empresa es una institución económica, por supuesto. Pero no produce tan sólo productos y servicios. Al hacerlo también trabaja -en la práctica- con valores: potencia e incentiva a unos, rechaza o diluye a otros; pone a unos en el frontispicio de la vida pública, y envía otros al cuarto trastero. Y no porque le preocupen mucho de manera directa y explícita los valores, simplemente lo hace de manera inseparable del ejercicio de su actividad económica. La empresa es generadora y transmisora de valores: valores que necesita para vertebrar su cultura de empresa; valores consistentes con los valores propios de la dinámica del mercado; valores propios del contexto social en el que opera. Como dice Murillo, "en las crisis sistémicas es toda una cultura la que va detrás"… y delante y en medio, añadiría yo. Los valores no son un subproducto de las prácticas empresariales, son un componente imprescindible y ineludible. ¿Cómo puede ser, me pregunto después de leer el libro, que de esta realidad tengamos tan poco conocimiento, que los que están inmersos en ella lo hagan habitualmente sin tener ningún tipo de conciencia de la cuestión (y sin ganas de tenerla), y se trabaje tan poco en ella de manera sistemática y explícita?
Y eso me lleva inevitablemente a una tercera consideración, que se convierte en más evidente cuando se constata que este libro aparece bajo el amparo de una fundación que lleva el nombre de Lluís Carulla. La construcción de la Cataluña moderna ha sido posible, entre otras y diversas aportaciones, porque ha habido empresarios que han actuado simultáneamente con valores de empresa y con valores de país. Y han impulsado valores de empresa y valores de país. Sin confundirlos, sin separarlos, sin mezclarlos, sin caer en la tentación de creer que la afirmación de unos de ellos puede encubrir o justificar las carencias de los otros. Pero haciendo indisociables la afirmación de valores de empresa y de valores de país en su actividad, en su manera de hacer, en sus compromisos y en sus decisiones. Se puede decir que la situación actual no tan sólo es diferente, sino también demasiado nueva y mal digerida. Hoy las geografías económica, política y social en las que vivimos no coinciden, sus fronteras no se superponen. Si los problemas y los retos son nuevos, las respuestas y las soluciones no pueden ser ni las de ayer ni las de siempre. Sin embargo, si hablamos de valores, las preguntas permanecen: en la cultura (y en la práctica) empresarial de nuestras empresas y de nuestros empresarios, ¿tiene un sentido vinculante la referencia a valores de empresa y valores de país?
Para hacer honor al libro, dejo la pregunta abierta.