La RSE en España le debe mucho a Ramón Jáuregui. Pero más aún le debe el pensamiento progresista, que ha encontrado en él un fustigador permanente para superar algunos de sus prejuicios pertinaces. Y particularmente en este mismo ámbito de la RSE: en la necesidad de reelaborar su concepción de la empresa y su papel en la sociedad; en la necesidad de desmitificar aproximaciones basadas más en realidades obsoletas que en el carácter actual de la empresa; en la necesidad, sobre todo, de vincular a la empresa en el proyecto de transformación social hacia un mundo más equilibrado, más justo, más solidario y más libre...
La RSE en España le debe mucho a Ramón Jáuregui. Pero más aún le debe el pensamiento progresista, que ha encontrado en él un fustigador permanente para superar algunos de sus prejuicios pertinaces. Y particularmente en este mismo ámbito de la RSE: en la necesidad de reelaborar su concepción de la empresa y su papel en la sociedad; en la necesidad de desmitificar aproximaciones basadas más en realidades obsoletas que en el carácter actual de la empresa; en la necesidad, sobre todo, de vincular a la empresa en el proyecto de transformación social hacia un mundo más equilibrado, más justo, más solidario y más libre...
No es fácil que un político español en activo merezca elogios incuestionables y una valoración unánimemente positiva de políticos, analistas y periodistas de toda condición ideológica ni que reciba una ovación generalizada de todos los diputados del Congreso en el momento de su despedida de la actividad parlamentaria. El que todo eso haya coincidido en el caso de Ramón Jáuregui prueba su excepcionalidad: una excepcionalidad rutilante en el más que gris panorama político español. Un adversario -y, como tantos, amigo- como Carles Campuzano lo ha resumido en una frase redonda en estas mismas páginas virtuales: “Ramón dignifica la política; la política entendida como la mejora de la sociedad y el dibujar horizontes de esperanza”.
Lo ha hecho, desde luego, en su última etapa como puntal del Grupo Parlamentario Socialista en el Congreso. Pero lo ha venido haciendo siempre, a lo largo de una densa trayectoria política: con aciertos y con errores, en todas sus muchas funciones ha ejercido su actividad con esa misma dignidad, que deriva de una calidad humana poco común. Y en todas ha tratado de aportar dignidad a la actividad política. En todas, además, ha hecho gala no sólo de indudable bonhomía, sino también de una tenacidad, una capacidad de trabajo, una flexibilidad, una inteligencia política, un sentido de la realidad y, sin embargo, una ambición de utopía que ciertamente no abundan en España.
Las echaremos, sin duda, en falta a partir de ahora en nuestro Parlamento, aunque las empezaremos, por fortuna, a notar pronto en la actividad del Parlamento Europeo. Y quizás allí, en un escenario menos tensionado por las urgencias y por las mezquindades de la lucha partidista nacional, podrá rendir mejores frutos la visión de largo plazo y de política grande de Ramón.
Muchos así lo esperamos, y muy especialmente en uno de los terrenos que ha venido mereciendo su atención preferente en los últimos años: la responsabilidad social de las empresas (RSE). Uno de los ámbitos en que su actividad ha marcado una mayor impronta y en el que, a buen seguro, seguirá aportando su vitalidad, su lucidez y su capacidad política.
La RSE ha arraigado con evidente fuerza en nuestro país: en pocos años -en los que llevamos de siglo-España ha pasado de un panorama prácticamente baldío a ser uno de los países punteros, por mucho que todavía estemos dando los primeros pasos. Sin duda, es un movimiento que responde en buena medida a factores objetivos, que están por encima de las personas concretas. Pero muy probablemente no se hubiera desarrollado como lo ha hecho sin la inagotable actividad de Ramón Jáuregui. Tanto como impulsor fundamental de la Subcomisión sobre RSE del Congreso como en sus numerosísimas intervenciones públicas, en sus frecuentes artículos y en su incansable labor de animador de iniciativas, organizaciones y proyectos, la RSE en España le debe mucho a Ramón.
Pero quizás le deba más aún el pensamiento progresista, que ha encontrado en Ramón Jáuregui un fustigador permanente para superar algunos de sus prejuicios pertinaces. Y particularmente en este mismo ámbito de la RSE: en la necesidad de reelaborar su concepción de la empresa y su papel en la sociedad; en la necesidad de desmitificar aproximaciones basadas más en realidades obsoletas que en el carácter actual de la empresa; en la necesidad, sobre todo, de vincular a la empresa en el proyecto de transformación social hacia un mundo más equilibrado, más justo, más solidario y más libre. Algo que parecía una contradicción en los términos tiempo atrás, pero que los intensos cambios que ha experimentado nuestro mundo en las últimas décadas pueden hacer concebible, posible e incluso necesario.
Creo que es aquí donde radica la contribución básica de Ramón Jáuregui a la RSE: su mirada y su reivindicación desde la izquierda. Su convencimiento, madurado lentamente, de que no sólo es un fenómeno positivo al tiempo para la empresa y para la sociedad; la vía por la que la empresa, sin dejar de ser rentable, puede ser más útil a la sociedad. Sino que también puede ser un potente vehículo de transformación social: una palanca esencial para una izquierda responsable y democrática, que no quiere abdicar de sus ideales, pero que no quiere tampoco que esos ideales limiten la capacidad de desarrollo integral de la sociedad.
Las intensas transformaciones sociales de la segunda mitad del siglo XX obligan a la izquierda a revisar su consideración de la empresa, que no puede ya seguir siendo considerada simplemente como el lugar del mal por excelencia, la fábrica infernal de la plusvalía: sin dejar de tener en ocasiones implicaciones muy negativas para la sociedad, es en la actualidad algo mucho más complejo. Algo, en ese sentido, también con enormes oportunidades positivas, cuya gestión, sin dejar de generar beneficio para sus propietarios, puede ser reconducida hacia objetivos sociales.
Ésa no más es la idea central de la RSE. Pero una idea, al tiempo, revolucionaria para la izquierda. En una de las formulaciones más elaborada de sus ideas (un largo texto titulado “La RSE y la Izquierda”, que sirvió como introducción a un libro colectivo) (1), lo explica Ramón con claridad meridiana: “la izquierda debe transformar su visión de la empresa y superar su antagonismo ideológico o su desprecio histórico por ella, para articular una nueva dialéctica entre empresa, sociedad y poder político que transforme a las empresas en agentes activos de una sociedad justa”. Una nueva dialéctica en la que “… la responsabilidad social de las empresas puede ser ese gran instrumento de transformación, una herramienta preciosa para hacer que las empresas colaboren en un proyecto de sociedad con valores, con dignidad humana, con justicia, con libertad”.
Una reivindicación sobre la que se está moldeando una creciente exigencia social, pero que entraña un horizonte que puede también ser claramente conveniente para las empresas. Más aún, si la exigencia social es lo suficientemente firme, un horizonte necesario: porque, “las empresas que quieran sobrevivir en el siglo XXI no tendrán más remedio que revaluar su contrato con la sociedad, definir claramente los términos de este contrato y alinear toda su gestión con el mismo”.
Algo, por cierto, que -como ha insistido permanentemente Ramón Jáuregui- no debería confundirse con simples herramientas de gestión, técnicas de marketing o políticas de imagen más o menos sofisticadas (como, en general, sigue todavía siendo la RSE): es toda la estrategia y toda la gestión de la empresa, y su papel general en la sociedad, lo que está en juego.
Naturalmente, sólo la ingenuidad puede permitir pensar que es un proceso inevitable o fácil. Las tendencias contrarias -la crisis que vivimos nos lo muestra con dramática acidez- son poderosas: tanto las propias del mundo empresarial -muy especialmente las derivadas de la asfixiante competencia- como las que dominan en el entorno social -donde la madurez democrática y la consciencia de la sociedad civil siguen siendo fenómenos extraños-. Y Ramón, político curtido en mil batallas, no es un ingenuo: “sueño -dice con melancolía-con una convergencia de intereses entre empresas y sociedad que descubre infinitas posibilidades de mejorar el mundo… Pero, luego, bajo del globo y pongo los pies en la tierra y me llamo a mí mismo ingenuo incorregible…”.
La constatación de las dificultades no ha sido nunca, no obstante, motivo de desaliento para Jáuregui: quizás porque una dosis de ingenuidad sea imprescindible en un político con ambición transformadora. En última instancia, “la RSE será lo que una sociedad democrática, educada, avanzada, consciente y moderna quiera que sea”. Y es ahí, precisamente, donde entra en juego la política: porque “todo eso no se consigue bajo el fácil y engañoso dejar hacer … Fomentar esta cultura, extenderla entre las empresas, requiere una política. La Política con mayúscula…Una política que profundiza la democracia y fortalece la ciudadanía. Una política que anime e impulse la Responsabilidad Social de las Empresas”. Una política, piensa, que -aunque la RSE no tenga una adscripción ideológica excluyente- sólo la izquierda puede impulsar con coherencia: con “la dimensión y el horizonte que su potencialidad demanda”.
Son ideas que ha defendido siempre, sin componendas, con una intachable honradez intelectual, tanto ante tirios como ante troyanos. Pero siempre, además, desde una voluntad de diálogo y de empatía que le ha merecido un respeto (y yo diría que un afecto) profundo tanto en el mundo empresarial como en el político. Lo que demuestra que, además de todas las virtudes mencionadas, a Ramón Jáuregui, político de raza, no le falta habilidad.
Ideas, en definitiva, de las que ha hecho una de sus obsesiones permanentes en su última etapa: uno de sus objetivos políticos (e incluso vitales) prioritarios. Ideas a las que ha dedicado una labor ingente, de las que deja una honda huella y para las que ha cosechado adhesiones en muy diferentes frentes. Una contribución fundamental, que muchos esperamos que continúe y amplíe desde el Parlamento Europeo.
No le faltarán desafíos. La consolidación de la RSE es una carrera con muchas barreras y de largo recorrido, como las que le gustan a Ramón. Me temo que la meta está aún muy lejos: pero él ha contribuido como nadie a acercarla un poquito.
(1). Varios autores, La responsabilidad social de las empresas. Miradas desde la Izquierda. Fundación Jaime Vera, Madrid, 2007.