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Una caja debe tener (aparte de una conciencia clara sobre sus intereses y su estrategia, cómo es obvio) una lectura propia sobre cuál es el interés general del territorio, y a partir de aquí tiene que poder identificar cuál es su contribución y qué servicio realiza. La gran tentación que pueden tener las cajas hoy es creer que definir el interés general es patrimonio exclusivo de los políticos y que, por lo tanto, el servicio al territorio se reduce a estar al servicio de los políticos que ejercen el poder en el territorio. www.josepmlozano.cat
Las cajas: obra social... y territorio

 

Ya planteé en otra ocasión que hay una tentación que, cuando se habla del desarrollo de la RSE en el sector financiero, a menudo aparece cuando se trata de las cajas de ahorro: identificar (y confundir) la RSE con su obra social. Esta coartada sólo sería la excusa para no plantearse en clave de RSE todo lo que hace referencia a su modelo de gestión y a su modelo negocio. Las cajas tienen la oportunidad de liderar un modelo de competitividad responsable y sostenible únicamente si superan la autocomplacencia de identificar "social" exclusivamente con el presupuesto de su obra social.

 

Pero habría otra tentación, que queda perfectamente reflejada en el comentario en que una vez me hizo un alto directivo de una caja de ahorros: "dirigir una caja debe hacerse con los mismos criterios con los que se dirigiría cualquier entidad financiera, con el añadido de que, en este caso, existe una obra social". Cabe decir que la afirmación podría ser plausible si lo que quería poner de relieve es que gestionar una caja no se tenía que identificar con una especie de paternalismo poco eficiente y poco riguroso. Pero si insisto en que es también una tentación es porque tiene el riesgo de disolver una de las grandes razones de ser de las cajas, que es al mismo tiempo uno de sus rasgos diferenciadores: el compromiso con el territorio donde operan. Si, como dice el tópico, no hay texto sin contexto, podríamos decir que no hay caja sin territorio.

 

Esta última frase puede parecer una tontería y una obviedad... o no. Nos empezamos a acostumbrar al hecho de que puede haber actividad económica sin territorio, y no digamos actividad financiera, que ya hemos visto cómo se puede desarrollar sin ninguna preocupación, atención ni sensibilidad respecto al impacto de sus decisiones en los territorios y las personas que los habitan. Una caja eso no lo puede hacer sin traicionarse a sí misma. Puede seguir llamándose caja, pero deja de serlo. Y eso quiere decir que no se puede pensar el presente y el futuro de las cajas -de cualquier caja- sin pensar el presente y el futuro de su contexto territorial, y sin explicitar cómo se vincula con él.

 

Caixa SabadellEstas consideraciones se me han reactivado no tan sólo a causa del debate que hoy existe en España sobre los cambios que tienen que afrontar las cajas. Sino también, y sobre todo, viendo acontecimientos concretos. Por ejemplo, la celebración de los 150 años de Caixa Sabadell. ¡150 años! Se dice rápido. Pero si se echa un vistazo a su historia se verá que es una historia absolutamente indisociable de su contexto: en ella podemos ver condensada rasgos muy fundamentales de la historia de su entorno, entre otras cosas porque la misma caja forma parte de una manera indisociable de él. Ahora que vivimos una época en la que confundimos conocer la realidad con dar cifras sobre ella; y en la que confundimos tener visión, ser ambiciosos y buscar la excelencia con, simplemente, ser grandes y voluminosos, hablar de compromiso con el territorio es hablar de muchas iniciativas y proyectos que no por el hecho de ser pequeños son insignificantes, al contrario: están llenos de significado y de realidad, entre otras cosas porque son los que dan consistencia a la vida cotidiana de la gente. Y no hay que hablar sólo de las economías domésticas y de las pymes, sino de una sensibilidad que queda reflejada perfectamente en la observación que un día me hacía un responsable de una asociación: "las grandes empresas sólo quieren vincularse a las grandes ONGs, porque son las que dan prestigio y visibilidad: ¿quién atiende a los que hacemos una contribución, quizás poco lucida, que es imprescindible para la vida local"?.

 

Ahora bien, desarrollar el compromiso con el territorio pide de las cajas que sean capaces de pensarlo. Que sean capaces de tener su propia visión sobre el territorio. Una visión que tiene que estar plena, como la que más, de rigor, eficacia y eficiencia. Pero una visión que, consideradme un ingenuo desfasado, tiene que estar empapada de amor, afecto y voluntad de servicio hacia el territorio. Para poner otro ejemplo que lo refleja todo lo que acabo de decir, también proveniente de una caja: las iniciativas Món Sant Benet y Projectes Territorials del Bages impulsadas desde Caixa Manresa. Dos inciatives muy diversas, en las que el papel y el protagonismo de la mencionada caja ha sido -obviamente- también muy diferente, en función del perfil de cada iniciativa, pero que muestran justamente, todo eso de lo que estoy hablando: amor y compromiso hacia el territorio; ambición y visión; voluntad de excelencia en el proyecto y rigor y eficacia en la gestión; arraigo en la realización y perspectiva de largo alcance en la concepción (cómo muestra especialmente la Fundación Alicia).

 

Y eso me lleva a la última consideración. En el debate que últimamente se está produciendo sobre el futuro de las cajas tengo la sensación que que se está hablando mucho de los parámetros económico-financieros y de las obras sociales, pero muy poco del compromiso con el territorio, como si éste fuera sólo un contenedor para llevar a término lo que sería realmente importante. Y creo que una caja tiene que ser capaz de elaborar una visión y un discurso propios sobre el territorio donde opera y los retos (económicos, sociales, culturales ...) que éste tiene y, por lo tanto, sobre cuál puede ser su propia contribución específica. Una caja debe tener (aparte de una conciencia clara sobre sus intereses y su estrategia, cómo es obvio) una lectura propia sobre cuál es el interés general del territorio, y a partir de aquí tiene que poder identificar cuál es su contribución y qué servicio realiza. La gran tentación que pueden tener las cajas hoy es creer que definir el interés general es patrimonio exclusivo de los políticos y que, por lo tanto, el servicio al territorio se reduce a estar al servicio de los políticos que ejercen el poder en el territorio. (Por cierto: si ésta puede ser una tentación de los directivos de las cajas, ni qué decir tiene con qué magnitud lo puede ser de los políticos). Si eso ocurre, las cajas habrán perdido una de las grandes oportunidades que se les abre en los próximos años: ejercer un cierto liderazgo en el desarrollo de una gobernanza relacional, donde de lo que se trata no es de que un actor someta o abduzca a los otros, sino de que todos ellos compartan un cierto diagnóstico de los retos que tiene el territorio donde actúan, y sean capaces de generar iniciativas compartidas en las que lo importante no sea quién lo hace sino qué y cómo se hace, y donde cada actor pueda aportar su contribución específica en la construcción de un espacio público que es de todos.

 

Claro está que todo eso presupone no olvidar que el referente diferenciador de una caja es la obra social... y el territorio.

 

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