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Creo que el mayor riesgo que nos acecha hoy es que nuestra vida pública (la política y la intelectual) se vaya reduciendo cada vez más a una única consigna, lamentablemente cada vez más compartida: "a por ellos, oé; a por ellos, oé, oé, oé." www.josepmlozano.cat
Ante la incertidumbre

 

Vivimos tiempos de incertidumbre. Pero aunque este diagnóstico es un punto de encuentro recurrente, a veces nos confundimos y damos por supuesto que todos los discursos abordan la incertidumbre de la misma manera. Y no es así. Ser conscientes de la diversidad de aproximaciones nos puede evitar algunas confusiones en los anàlisis y en los debates públicos

 

Por ejemplo, ante la incertidumbre políticos e intelectuales reaccionan de manera distinta. Ambos personifican dos aproximaciones diferentes a la realidad social. El intelectual piensa sin la urgencia de la acción y sin los límites o presiones del día a día. El político está urgido a actuar, sin demasiado tiempo para detenerse a teorizar sobre lo que hace, o a pensar en los dilemas de la acción. El primero suele acentuar la distancia crítica y el idealismo. El segundo suele acentuar el optimismo pragmático en los resultados de sus decisiones y acciones, y la apelación al realismo. El intelectual no deja de referirse a los principios; el político no puede dejar de preocuparse por los finales. A menudo, el intelectual cree que todo está por hacer, pero el político sabe que no todo es posible.

 

Ortega y Gasset sostenía que el intelectual es un hombre preocupado –pensar es preocuparse antes que ocuparse–, mientras que el político es un hombre ocupado por las cosas. Hablaba, pues, de dos tareas distintas. Pero, quizás se trata de dos tareas que no sólo son diferentes, sino que a la vez se están mirando continuamente la una a la otra: de alguna manera, interactúan constantemente y sus influencias mutuas son reiteradas, aunque sea de manera indirecta, oblicua o mediatizada.

 

El poder político se centra en la toma de decisiones y en la transformación de la realidad; el poder intelectual en la generación de discurso y en la construcción de una interpretación de la realidad. Poder decisorio versus poder ideológico, por lo tanto (y no, simplemente, poder versus no-poder). Dos lógicas diferentes, con ritmos y requerimientos diferentes. Pero los dos, políticos e intelectuales, saben que el poder ideológico sin poder decisorio es impotente; y el poder decisorio sin el poder de un discurso que le dé sentido deviene inaceptable. Como decía Hegel, tanto los que se aman como los que se pelean están abrazados. Ambos (políticos e intelectuales) quisieran abrazarse, pero siempre dudan sobre qué pretende exactamente el otro en este abrazo.En otras palabras: la mayor amenaza (y, a veces, el mayor temor) para el intelectual es el déficit de influencia, y para el político el déficit de legitimidad.

 

Eso es así porque su punto de contacto es la acción, pero desde perspectivas diferentes, de manera que ambos encarnan el acento en dos componentes irrenunciables de la acción: la decisión (y las consecuencias que comporta) y la visión (y el proyecto y los principios que la acompañan). Es la tensión entre dos componentes igualmente importantes: la navegación (y la exigencia de llevar el timón) y la conciencia del destino (y la exigencia de saber a dónde vamos): ¿entre el timonel y el vigía, quién tiene que ejercer de capitán?

 

Ante esta pregunta, la tentación de ambos es autoatribuirse una superioridad moral sobre el otro. En esto se basan también muchas de sus dificultades de entendimiento, e incluso un cierto menosprecio mutuo. Y eso se traduce también en dos formas de aproximación a la responsabilidad por parte de cada uno de ellos. El intelectual es estructuralmente irresponsable porque, o sólo habla de decisiones que toman otros (y, por lo tanto, en el límite, su riesgo es instalarse en la insatisfacción permanente y en criticarlo todo); o exige por encima de todo que se hagan realidad unos principios (y entonces se puede cumplir el dicho de que "los sueños de los visionarios son el preludio de las pesadillas totalitarias"); o se convierte en mayordomo ideológico del político, sirviendo diligentemente una retórica o un relato que acompañe a decisiones que no ha tomado. El político, en cambio, es estructuralmente responsable, porque no puede (y, a menudo, no sabe) hablar si no habla de decisiones que ha tomado; pero su riesgo es instalarse en la autojustificación permanente, en el tópico de "la situación no me permitía actuar de otra manera". Por eso los jarrones chinos (los ex-políticos que no dejan de querer incidir en la política cotidiana, F. González dixit) resultan tan extravagantes: porque interfieren en ambos discursos y los contaminan desde el limbo de su a-responsabilidad.

 

Quizás esta tensión entre ambas perspectivas explique que en la única cosa en la que los dos, políticos e intelectuales, se ponen rápidamente de acuerdo es en responsabilizar a los medios de comunicación de las dificultades que perciben para que sus propuestas lleguen a la ciudadanía y encuentren eco en ella. Porque no deja de ser curioso que ambos –tan convencidos suelen estar de la bondad de sus planteamientos- cada vez más expliquen y justifiquen sus frustraciones básicamente en términos de déficit de comunicación.

 

Pero hoy, además, la complejidad de la realidad que vivimos acaso hace más difícil que políticos e intelectuales puedan entenderse cabalmente: el mundo y la realidad social son cada vez más complejos. El intelectual quiere entender y explicar la complejidad; por ello, cuando habla a menudo todavía lo complica más todo. El político quiere poder tomar decisiones en medio de la complejidad; por ello, cuando habla necesita simplificaciones útiles y eficaces. El resultado es que cada vez se alejan más del punto de encuentro. Y hoy construir espacios para facilitar este punto de encuentro es cada vez más urgente. En caso contrario, sustituiremos progresivamente el discurso (intelectual y/o político) por consignas. Y la mayor irresponsabilidad en tiemps de incertidumbre es vivir de consignas, alimentarlas o reproducirlas.

 

Más aún: creo que el mayor riesgo que nos acecha hoy es que nuestra vida pública (la política y la intelectual) se vaya reduciendo cada vez más a una única consigna, lamentablemente cada vez más compartida: "a por ellos, oé; a por ellos, oé, oé, oé."

 

Por cierto: la peor consigna posible en tiempos de incertidumbre. Y la más irresponsable.

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