La crisis que estamos viviendo ha puesto de manifiesto que hay muchos componentes de nuestra vida económica y de nuestra vida pública que hemos de revisar radicalmente. Hay temas que han dejado de ser un reto para los seminarios y las conferencias internacionales, y han pasado a ser un reto de supervivencia. Hemos visto el abismo demasiado cerca como para permitirnos la posibilidad de que la próxima vez ya lo veamos con la proximidad que nos da la caída libre. Hablo de temas como, por ejemplo, si nos hace falta más, menos o -simplemente- mejor regulación; si lo que hay que revisar no es la regulación sino los reguladores y el diseño de las instituciones donde llevan a cabo su tarea; o si hablar de sociedad del riesgo y de déficits de gobernanza no es hablar sólo de ecología sino también de economía y finanzas. Son temas cuya resolución es cada vez más una cuestión de pura y simple supervivencia.
Detrás de todo lo que ha pasado ha habido, ciertamente, mucha irresponsabilidad. Tantos años discutiendo sobre el coste de la RSE, y ahora nos encontramos de golpe ante la constatación del coste de la Irresponsabilidad, con mayúsculas. Pero sería un grave error conformarnos con la consoladora idea que esta crisis refuerza el valor de la RSE en la gestión empresarial. Porque olvidaríamos que detrás de los acontecimientos que estamos viviendo ha habido conductas personales. Conductas que no resisten una mínima consideración de carácter ético. Es verdad que no podemos pretender que, cuando nos hemos enfrentado a la posibilidad de un auténtico "riesgo sistémico", los cambios necesarios tengan que ser exclusivamente de carácter personal, y no de carácter sistémico. Pero también nos quedaríamos cortos si ignorásemos los componentes personales.
San Ignacio, en una etapa de sus ejercicios espirituales, nos habla de "los engaños del mal caudillo"; nos habla de lo que hace que nos perdamos en el camino de la vida. Y describe estos engaños como "echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de codicia de riquezas, para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo y después a crecida soberbia. De manera que el primer escalón sea de riquezas; el segundo, de vano honor; y el tercero, de soberbia. Y destos tres escalonas induce a todos los otros vicios". Pues bien, en estos últimos años ha habido mucha codicia, mucho vano honor del mundo y mucha soberbia, que también han contribuido poderosamente a llevarnos hasta donde nos encontramos hoy.
No hace falta que escondamos la cabeza bajo el ala diciendo que éstas son consideraciones religiosas, aptas para reflexiones privadas, pero irrelevantes económicamente o como asunto público. Porque la tradición budista, por ejemplo, nos habla de la codicia y el orgullo como uno de los venenos que nos impiden llegar a ser humanos. Y lo que nos ha llegado de la tradición oral de la sabiduría de los indios americanos nos dice que consideraban la codicia y el deseo de dinero como el mejor camino para poder controlar a las personas. Y ya nos anticiparon que "si la felicidad consistiera en tener todo el dinero que se puede reunir, entonces los sioux serían mucho menos indios, y mucho más blancos".
Más allá de las creencias religiosas, lo que nos están planteando las diversas tradiciones de sabiduría es que no podemos cometer el error de configurar nuestros sistemas sociales y económicos, olvidando los dinamismos de lo que Erich Fromm denominó, en un libro hoy perdido en las nieblas del olvido, el corazón del hombre. No podemos ignorar que en el corazón del hombre anidan la codicia, la soberbia y el orgullo; y que éstas son pulsiones poderosísimas. Quizás algún día tendremos que atrevernos a decir que hay culturas empresariales, proyectos empresariales y modelos de gestión empresarial que se han construído y vertebrado, en último término, básicamente sobre estas pulsiones. Porque lo que hoy vemos, además, es que no tan sólo envenenan el corazón del hombre, sino la entera vida económica y social.
Nos hacen falta reformas sistémicas e institucionales, sin duda. Pero conviene que consideremos también sus supuestos. Porque a veces diseñamos instituciones e incentivos desde el supuesto de la elección racional de un sujeto humano inmune a sus pulsiones. Y quizás lo que muy a menudo sucede es que, simplemente, las racionaliza, si es que llega a hacerlo.
Si nuestra sociedad sólo crece en complejidad, y no crece simultáneamente en calidad humana, los riesgos aumentarán exponencialmente. Por paradójico que hoy nos lo parezca, educar el corazón del hombre se está revelando como una exigencia para hacer organizaciones más viables, y para la misma gobernanza del sistema. Y no es que no estemos preparados para asumirlo. Es que ni siquiera nos lo planteamo
Josep M Lozano
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