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El tiempo es finito. Es algo que cada persona descubre de distinta forma durante su infancia. Tu camino tiene un final. Es algo que choca, pero que con los años vas asimilando. Sin embargo, existen formas de vivir muchas vidas a la vez. Porque la vida es corta, pero también ancha, como me dijo un buen amigo. Una de estas fórmulas, quizás la más intensa, es leer. Leer te transporta a otra dimensión, te sumerge en otro mundo y te hace olvidar lo que te rodea para zambullirte en una historia que no es la tuya.
Leer para vivir mil vidas y emociones

No obstante, la lectura no es solo evasión, sino también conocimiento, información y poder, algo que hoy más que nunca, en la era de la polarización digital, el ser humano ha comprendido. La cada vez mayor importancia que se le otorga a controlar el relato es buena prueba de ello. Una gestión, a la que casi se dedican más personas que a gobernar o legislar, que sigue esa antigua máxima, pero 100% vigente, de que “el papel lo aguanta todo”.

Quizás el que cada vez haya más pantallas LED y menos de ese papel haya sido la causa de que este mundo cada vez vaya más rápido. Una velocidad de expectativas y de futuros posibles que se combate con hábitos como la lectura y la escritura, que consiguen devolvernos al presente, obligándonos a frenar y a detener la mal impuesta multitarea en la que estamos casi siempre inmersos. Este efecto aparece cuando cogemos un libro y logramos tener un único pensamiento en la cabeza. Es en esos momentos cuando el ruido desaparece y la mente logra esos minutos de descanso, paz y tranquilidad tan difíciles de encontrar en estos tiempos. 

Leer también es una herramienta de denuncia social, como nos demuestra con sus palabras Adid en el libro “Te voy a contar mi historia”, que hemos publicado desde la ONG Entreculturas en el marco del programa La LUZ de las NIÑAS. Adid es una niña eritrea de 13 años, refugiada en Etiopía, que relata así cómo es vivir con las secuelas de un conflicto armado ya casi olvidado: “Cada vez que los niños se pelean en el colegio, lo paso muy mal. Me recuerda a la guerra y al sufrimiento que pasamos en mi familia”.

Yo, al igual que tú, no conozco a Adid, nombre ficticio bajo el que se recogen historias reales de varias niñas, pero tanto tú como yo, si nos paramos un segundo y leemos detenidamente esas frases, podemos empatizar con ella hasta el extremo de conmovernos. Ese es el poder de un libro, ser contenedor de un sinfín de emociones que, si surgen en el momento adecuado y están bien orientadas, pueden ser el mejor combustible para hacer de este mundo un lugar mejor.

El relato de Adid es una de las seis recopilaciones de testimonios reales de niñas entre 10 y 15 años de la región del África del Este que hemos recogido en un libro, cuyo propósito es arrojar algo de luz sobre cómo muchas violencias suceden todavía a día de hoy. Con sus palabras no solo buscamos trasladar una realidad que viven millones de niñas en todo el mundo de uno u otro modo, sino también reivindicar una protección real de sus derechos para que puedan vivir libres de violencia.

Y es que los libros también pueden ser un altavoz para escuchar lo que en muchas ocasiones no llega a nuestros ojos, siendo una ventana a realidades contadas por las propias protagonistas, ya sean desde sus imaginarios o sus experiencias. Porque los libros que abren esta puerta huyen de romanticismos, colonialismos y edulcorantes, toxinas que en muchos casos vician las gafas con las que miramos el mundo. Porque sí, es cierto que una imagen vale más que mil palabras, pero las palabras otorgan una paleta de matices, detalles y sutilezas que una imagen solo puede soñar. Por eso no solo las imágenes, sino tu tiempo, debe estar acompañado de libros, porque sin ellos cada persona solo viviría una vida.

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