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Estamos inmersos en un tiempo en que el valor que generamos es directamente proporcional a la eficiencia. Si analizamos qué significa esta palabra que ha pasado a ser la protagonista de esta era, debemos entender que es la capacidad de lograr resultados u objetivos deseados utilizando la menor cantidad posible de recursos, como tiempo, dinero, energía o materiales.
Cuando tu valor es proporcional a la eficiencia

Se centra en "cómo" se hace el trabajo, optimizando los procesos para maximizar la productividad y minimizar el desperdicio. Hasta aquí, todo es perfecto y se convierte en eso que todos queremos alcanzar. En esta era de revolución tecnológica podemos quintuplicar esta capacidad y más aún si nos centramos en la IA.

Sin embargo, la inteligencia artificial nos trae una paradoja ya que nos ayuda a optimizar sistemas, reducir emisiones y acelerar la transición energética, pero al mismo tiempo dispara el consumo de energía, agua y materiales, añadiendo presión a una crisis que queremos resolver. Y si no estamos atentos se convierte en una relación tóxica por el impacto que tiene.

Qué es la “paradoja de la eficiencia” aplicada a la IA

La paradoja de la eficiencia tiene raíces en la llamada paradoja de Jevons: cuando una tecnología hace más eficiente el uso de un recurso, el coste baja, aumenta la demanda y el consumo total puede crecer en vez de reducirse. En el caso de la IA se ve claramente. La IA nos ayuda a mejorar la eficiencia energética de procesos, de las redes e incluso en las fábricas, podría abaratar y facilitar su uso masivo, lo que incentiva a la utilización de más aplicaciones, más datos y más cómputo, elevando el consumo global de energía y recursos. Esto que estamos viviendo actualmente, no es la primera vez que ocurre. En su obra de 1865 titulada The Coal Question («La cuestión del carbón»), Jevons observó que el consumo del carbón se elevó en Inglaterra después de que James Watt introdujera su máquina de vapor, que mejoraba la eficiencia del primer diseño de Thomas Newcomen. Las innovaciones de Watt convirtieron a este mineral en un recurso usado con mayor eficiencia en relación con su coste, haciendo que se incrementara el uso de la máquina de vapor en una amplia gama de industrias. Esto, a su vez, hizo que aumentara su consumo total, aunque la cantidad necesaria para cada aplicación concreta disminuyera considerablemente.

Para entender mejor de qué estamos hablando os comparto la gráfica que Peter Corcoran incluyó en su paper Cloud Computing and Consumer Electronics: A Perfect Match or a Hidden Storm? Fijaros en cómo un descenso del precio del 50% hace que el consumo, y por lo tanto el coste total, se incremente en mayor proporción.

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En el caso de la IA está ocurriendo, tenemos que tener en cuenta dos premisas importantes:

  1. La complejidad de los problemas que le damos a la IA para resolver. En sus inicios la usábamos para responder preguntas sencillas o que nos autocompletara una función, hoy en día le estamos pidiendo que resuelva problemas complejos y que cree programas completos.
  2. Conforme pasa el tiempo, toleramos menos lo que son las carencias fundamentales de los modelos que, a veces la IA resuelve con las conocidas alucinaciones (inventarse respuestas) y el no determinismo (dar distintas respuestas para la misma pregunta).

¿Cómo podemos solucionar esto?

Implementando modelos razonadores (tipo Chain-of-Thought) bajo este paradigma, descomponemos un problema en pequeños pasos y le pedimos a la IA que “razone” uno a uno. Este monólogo interno que la IA produce puede ser altamente ineficiente y acelera el consumo energético y de tokens, entre otros.

Implementando modelos basados en agentes IA. Un agente IA es un modelo razonador en bucle. Los agentes pueden crear un plan, ejecutar el primer paso, observar los resultados, revisar el plan, modificarlo y continuar. En cada paso, hay un consumo elevado de tokens y de energía.

Si aplicamos esto al caso que aquí nos ocupa, el clima y su impacto, la cuestión no es solo si un algoritmo concreto ahorra emisiones, sino si la expansión del ecosistema de IA (centros de datos, dispositivos, redes) termina aumentando la huella total más rápido de lo que la reduce.

Cómo la IA ayuda a combatir la crisis climática

La IA ya se utiliza para mitigar el cambio climático en múltiples frentes: optimización del sistema energético, eficiencia industrial y logística, control inteligente de edificios, economía circular y su conservación, etc. Algunos análisis estiman que, bien orientada y alimentada con energía limpia, la IA puede contribuir a eliminar entre 3 y 5 gigatoneladas de CO₂ anuales en 2035, sobre todo en sectores como energía, transporte y construcción. Para llegar a este punto necesitamos contar con una infraestructura que permite estos usos “verdes” con un impacto ambiental óptimo (centro de datos y redes, modelos generativos intensivos, gestión hídrica, materiales y residuos electrónicos).

Cómo convertir la IA en aliada y no en acelerante

La celeridad con la que se está produciendo los cambios obliga a hacer una revisión de cómo estamos abordando ciertos temas: desplazamiento de prioridades, carreras de escalas y competencias, desigualdades y concentración, riesgos de “malas soluciones”, entre otras. estos factores pueden hacer que la IA aumente la velocidad a la que se consumen energía y recursos en lugar de limitarla, acelerando las emisiones en un periodo en el que deberían caer rápidamente.

Para que la IA no agrave la crisis climática importa tanto cómo se usa como con qué se alimenta:

  • Energía 100% renovable y adicional: orientar el despliegue de centros de datos hacia electricidad baja en carbono y asegurar que la demanda de IA vaya acompañada de nueva generación renovable adicional, no solo de certificados contables.
  • Eficiencia con límites: mejorar la eficiencia energética de hardware y software, pero acompañada de metas climáticas vinculantes (por ejemplo, topes de emisiones o de consumo de energía para ciertos servicios) para evitar que el efecto rebote anule los avances.
  • Transparencia y métricas: exigir que las empresas publiquen la huella de carbono, energía y agua asociadas al entrenamiento y uso de modelos, con metodologías comparables, para poder regular y elegir soluciones de menor impacto.
  • Priorización de casos de uso: orientar la potencia de IA hacia aplicaciones con impacto climático probado (eficiencia de redes, gestión de renovables, adaptación, planificación urbana) en lugar de usos puramente especulativos o de entretenimiento de alto coste.
  • Gobernanza y regulación: incorporar criterios climáticos explícitos en la regulación de la IA y de la infraestructura digital (ubicación de centros de datos, requisitos de energías renovables, límites de consumo, evaluación de impacto ambiental).

En este punto la pregunta clave no es si la IA es buena o mala para abordar la crisis climática, sino bajo qué reglas, infraestructuras y prioridades utilizamos su capacidad de optimizar al servicio de la descarbonización en lugar de acelerar la crisis, podremos decir aquello de… y tú, ¿cuánto vales?

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