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Descarbonizamos la economía, lanzamos fondos ESG y redactamos políticas climáticas… pero si las mujeres no están en la sala donde se decide el futuro, ¿de qué transición hablamos exactamente?
Transición ecológica sin mujeres: ¿revolución verde o déjà vu patriarcal?

Según datos de ONU Mujeres y del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), las mujeres representan menos del 30% de la fuerza laboral en energías renovables a nivel global, y su presencia en posiciones técnicas y de decisión es todavía menor. En los consejos de administración de empresas energéticas y de infraestructuras, el porcentaje cae de forma alarmante cuando hablamos de presidencias o comités de inversión.

Y entonces la pregunta se impone sola, casi incómoda: ¿Puede haber transición ecológica sin igualdad de género?

O dicho de otro modo: ¿es posible cambiar el combustible sin cambiar la cultura?

Hace unos meses acompañé a un consejo de administración en pleno proceso de redefinición estratégica. La agenda era impecable: descarbonización, taxonomía europea, riesgos climáticos, indicadores ESG, financiación sostenible. Todo en orden. Hasta que pregunté:

—¿Quién lidera internamente la agenda climática?

Silencio.

—¿Y cuántas mujeres participan en el comité que decide las inversiones verdes?

Miradas cruzadas.

No se trataba de mala fe. Se trataba de inercia. Y la inercia es el combustible fósil del poder.

La transición ecológica no es solo un cambio tecnológico; es un rediseño profundo del modelo productivo, financiero y cultural. Y si rediseñamos sin cuestionar quién tiene voz, quién accede a la financiación o quién define qué es “verde”, estamos repitiendo el mismo patrón con paneles solares.

El Foro Económico Mundial ha advertido que la transición hacia una economía baja en carbono generará millones de empleos en sectores como energías renovables, movilidad eléctrica o eficiencia energética. La pregunta es incómoda pero necesaria: ¿quién ocupará esos empleos?

Hoy, las mujeres siguen teniendo menor acceso a formación STEM, menor financiación para emprendimientos verdes y menor presencia en fondos de inversión climática. Según estudios del Banco Mundial, el acceso desigual a la energía afecta especialmente a mujeres en contextos vulnerables, limitando su autonomía económica y educativa. Y, sin embargo, cuando se implementan proyectos energéticos con enfoque de género, el impacto social y económico es exponencialmente mayor.

No es ideología. Es eficiencia sistémica.

Hay ejemplos que iluminan el camino. Países como Islandia han integrado la perspectiva de género en políticas climáticas, vinculando igualdad salarial, liderazgo femenino y sostenibilidad como parte de una misma ecuación. Algunas compañías europeas del sector energético están vinculando parte de la remuneración variable de sus directivos no solo a objetivos de reducción de emisiones, sino también a metas de diversidad en puestos estratégicos.

Porque lo han entendido: el riesgo climático y el riesgo reputacional por desigualdad ya no viajan por separado.

En el ámbito empresarial, hablar de ESG sin incorporar seriamente la “S” de social —y dentro de ella, la igualdad de género— es practicar una sostenibilidad selectiva. Elegante en el informe anual, frágil en la práctica.

¿Podemos llamarnos responsables si financiamos parques eólicos pero seguimos financiando estructuras de poder excluyentes? , ¿Es transformador un fondo verde gestionado por el mismo perfil homogéneo de siempre?

La transición ecológica es una oportunidad histórica para corregir asimetrías estructurales. Pero solo lo será si entendemos que la igualdad de género no es un “tema de mujeres”, sino un factor estratégico de competitividad, innovación y resiliencia.

En mi experiencia acompañando procesos de sucesión y cultura organizacional, he visto cómo la diversidad real —no cosmética— mejora la calidad de las decisiones, reduce sesgos de riesgo y amplía la mirada a largo plazo. Y si algo exige la crisis climática es precisamente eso: pensamiento sistémico y visión intergeneracional.

La pregunta ya no es si es justo. La pregunta es si podemos permitirnos no hacerlo.

No habrá transición ecológica plena sin igualdad de género. Habrá paneles solares, sí. Habrá bonos verdes, también. Pero no habrá transformación profunda.

Porque la transición ecológica no consiste solo en cambiar la fuente de energía. Consiste en cambiar la lógica del poder.

Y tal vez el verdadero indicador ESG del futuro no sea solo cuánto CO₂ reducimos, sino quién decide cómo lo hacemos.

En este 8M, más que celebrar avances, quizás debamos hacernos una pregunta incómoda pero imprescindible:

¿Estamos construyendo un futuro sostenible… o simplemente uno más eficiente para los de siempre?

En este artículo se habla de:
Opinión#8M2026

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