
En su artículo del 2018, “Yawning at the Apocalypse”[1], trataron de explicar, desde un punto de vista psicológico, la falta de reacción ante la crisis global del cambio climático y sus terribles consecuencias para la humanidad. ¿Cómo es posible que millones de personas en todo el mundo no hagan nada para evitar que sigan aumentando los efectos devastadores del cambio climático?
La respuesta a esta pregunta la encontraron en un fenómeno psicológico, al que bautizaron “bostezando en el apocalipsis”: cuando los problemas y amenazas son muy grandes, de naturaleza abstracta y sus efectos no se perciben en el corto plazo, sino en el largo plazo, las personas nos sentimos abrumadas e impotentes, incapaces de hacer nada al respecto y nos abandonamos en un estado de apatía o inacción. Nos desentendemos del problema, nos cruzamos de brazos y miramos para otro lado. En definitiva, renunciamos a ser ciudadanos responsables y nos volvemos cooperadores necesarios del problema, porque, si bien no somos los autores materiales del mismo, mirar para otro lado nos vuelve cómplices.
Y seguimos bostezando en el apocalipsis, porque el cambio climático se ha acelerado notablemente desde el 2018: en 2024 y 2025 hemos tenido una concentración récord de gases efecto invernadero, en estos últimos años han aumentado los eventos climáticos extremos (olas de calor, inundaciones, sequías), se han batido récords de temperaturas a nivel global, el calentamiento del planeta sigue aumentando. Sin embargo, no es el único de los problemas que amenaza la humanidad.
Gérald Bronner alerta de un “apocalipsis cognitivo”[2] debido al uso intensivo de las tecnologías y de las pantallas. Internet prima lo viral, lo que capta más atención, frente a la calidad del contenido, lo que supone la “enmierdificación” (“enshittification”) de la información que utilizamos para tomar decisiones. El citado autor, muestra a través de esta pregunta, el tipo de información que estamos consumiendo: ¿Quién se lleva el gato al agua en la lucha final por captar la atención: un video en youtube comiendo hamburguesas o una entrevista a un científico?
El tiempo que pasamos en plataformas digitales va en aumento año a año[3] y en paralelo disminuyen las horas de sueño, lo cual afecta a nuestra capacidad de aprendizaje y nuestro potencial intelectual. En las últimas dos décadas, la capacidad de concentración ha caído un 70%, según los estudios de Gloria Mark, doctora en Psicología que lleva tres décadas investigando sobre este tema.
Si atendemos a las cifras sobre depresión, ansiedad y suicidios bien podemos estar ante un apocalipsis de la salud. El informe anual Monitor global “Mental Health Day”, realizado en 30 países y publicado por Ipsos, revela que la salud mental es uno de los mayores problemas de salud. Uno de los últimos informes publicados por la Organización Mundial de la Salud[4] revela que más de mil millones de personas padecen trastornos de salud mental. La ansiedad y la depresión, son las más frecuentes en todos los países y grupos poblacionales, afectan a todas las edades y a todos los niveles de ingresos, constituyen la segunda causa de discapacidad prolongada.
La epidemia de soledad es un reflejo del apocalipsis relacional, o como Eva Illouz lo retrata en su libro, de “el fin del amor”, que ha dado lugar a que la “no relación” sea el ethos de nuestro tiempo. Una de cada seis personas a escala mundial afirma sentirse sola, según la OMS[5], siendo aún mayor esta tasa de soledad entre los adolescentes y los adultos jóvenes. La OMS alerta de que la soledad y la desconexión social está detrás de 871.000 muertes entre los años 2014 y 2019.
A nuestro alrededor están ocurriendo graves daños para la humanidad, de los que somos más cómplices de lo que creemos, y no hacemos nada. Seguimos “bostezando en el apocalipsis”.
El individualismo, que nos ha inoculado el sistema como un virus, se ha extendido a toda la sociedad. Ya nadie levanta la vista de su ombligo, nadie se preocupa por el bien común, todo es una carrera por ganar, sacar el mejor provecho para uno y un “sálvese quien pueda”. Todos los días elegimos comportarnos egoístamente, maximizando la recompensa personal e inmediata, en detrimento del beneficio colectivo y a largo plazo.
Para qué vamos a reducir el consumo de agua cuando nos duchamos, si no va a servir de nada lo que yo haga y me privó de disfrutar sin restricciones de un baño placentero. ¿Quién se pone a pensar en ese momento en la sociedad, en las poblaciones que sufren restricciones de agua por la sequía? Están muy lejos, no me afectan, no veo como mi ahorro de agua va a cambiar las cosas, no pienso en el beneficio común y a largo plazo. Solo veo mi fastidio por tener que ahorrar agua, por tener que controlar el tiempo de ducha.
Todos estaríamos mejor si actuáramos de forma sostenible en nuestro día a día, si ahorráramos agua al ducharnos pero a nivel individual nos comportamos de manera insostenible porque, como explican Cameron Brick y Sander van der Linde, es la opción más sencilla, más cómoda, menos costosa, más habitual y rutinaria y, por tanto, psicológicamente más atractiva. Para que vamos a salir de casa, cruzar la acera y comprar en el comercio de nuestro vecindario si podemos hacer click en la app de Amazon en el móvil y al día siguiente lo tenemos en casa. Para que vamos a molestarnos en llamar a una persona, quedar con ella para tomar un café y compartir nuestro malestar con ella, si podemos enviarle un whatsapp o directamente hacer ghosting.
Es apremiante dejar de bostezar, despertar, espabilarnos y hacernos responsables de cuidar la humanidad:
Necesitamos poner las luces largas y mirar más allá de nuestras narices. No podemos seguir tomando decisiones cortoplacistas porque con ellas estamos comprometiendo nuestro futuro como humanidad. Aunque nos resulte muy cómodo y útil estar pegados al móvil todo el día, a largo plazo, este comportamiento disminuye nuestra capacidad de concentración, aumenta nuestros niveles de impaciencia e impulsividad y puede llegar a afectar a nuestra salud.
Debemos evitar caer en la trampa de la narrativa motivacional, cuando nos presentan los beneficios en el corto plazo de cualquier servicio o producto, pero no nos hablan de las pérdidas o perjuicios a largo plazo. En 1996, en Estados Unidos se alentó el consumo de oxicodona para aliviar dolores moderados, cuando antes solo se utilizada para enfermos terminales o postoperatorios, ocultando sus efectos adictivos y que ninguna dosis era demasiado alta. ¿Quién no iba a querer tomarla, si quitaba el dolor y te hacía sentir bien? Las consecuencias las vivimos hoy con millones de muertes por sobredosis de opiáceos. Se calcula que entre 1999 y 2021 se han producido 645.000 muertes por sobredosis de opioides en EE UU.
Necesitamos activar la “inteligencia moral” para trascender el utilitarismo. Nuestros criterios para decidir no se puede limitar a lo que es rentable y útil para uno mismo y beneficioso en el corto plazo, tenemos que tomar decisiones acudiendo a criterios como la bondad y la justicia. Necesitamos cambiar el concepto de éxito, como propone Jacqueline Novogratz en “Manifiesto para una revolución moral”, para que signifique más que simplemente dinero, poder y fama y, en cambio, juzgar nuestro éxito por la cantidad de vidas en las que hemos impactado positivamente.
Necesitamos más modelos de comportamiento ejemplar, y menos modelos de éxito. Necesitamos poner en valor los comportamientos que son solidarios, sostenibles y éticos en el día a día, sin grandes hazañas y heroísmos, sino destacando esas acciones que cualquier de nosotros puede realizar, las que hacen nuestros compañeros de trabajo, nuestros vecinos, personas cercanas afines a nosotros, y no tantos influences, famosos y gurús. Necesitamos reconocer socialmente los actos y sus propósitos, sin obsesionarnos por los resultados.
Necesitamos conectar con la experiencia real, personal y afectiva de los problemas colectivos y globales. Es muy difícil convencernos y convencer del problema que supone el cambio climático a base de datos, estadísticas y análisis. El cerebro humano prefiere la experiencia al análisis, nos convencemos mejor de aquello que experimentamos en carne propia, o a través de la observación de un semejante, que lo que nos dicen o nos muestran los estudios, informes y artículos.
Es muy difícil sentirnos afectados por un problema que se presenta como un riesgo futuro. lejano, global, impersonal y analítico, por eso necesitamos encarnar ese problema, traerlo al presente, imaginar como nos puede afectar a nosotros o nuestro entorno inmediato, porque solo eso movilizará nuestra energía para combatirlo en el aquí y ahora y no quedarnos parados, esperando a que llegue para reaccionar. Para los que dudan del cambio climático y sus efectos no estaría de más darse un paseo por las diferentes poblaciones afectadas por la DANA en Valencia y conocer muchas de las historias de las personas que han vivido esta tragedia.
Necesitamos dejar de normalizar, cosas que no lo son. Que ocurran de manera sistemática no significa que sean normales. No podemos normalizar el ritmo acelerado de vida que tenemos, la dependencia total de la tecnología, el uso permanente del móvil, la incertidumbre laboral, los cambios continuos a los que tenemos que adaptarnos, el cambio climático. No podemos normalizar una digitalización y automatización que nos está alienando como humanos: personas mayores que no pueden operar con su dinero si no es a través de internet, o pedir una cita médica o que nos atiendan chatbot en lugar de personas.
Mientras no desterremos el individualismos de nuestras vidas, mientras no empecemos a pensar como colectividad, mientras nos desentendamos de los problemas que no nos afectan personalmente y de forma inmediata, no podremos construir unas creencias de “autoeficacia colectiva” sólidas y fuertes y seguiremos bostezando en el apocalipsis de la humanidad.
El bostezo es una respuesta defensiva a un estado de alerta, un síntoma de cansancio, agotamiento, estrés, ansiedad, aburrimiento, hastío, incluso vacío existencial, falta de sentido y propósito. Una sociedad que bosteza es una sociedad en caída libre.
[1] Brick, C., y van der Linden, S. (2018). Bostezando ante el Apocalipsis.El psicólogo, 31 años, 30-35.
[2] Bronner, Gérald (2021). Apocalipsis cognitivo: Cómo nos manipulan el cerebro en la era digital. Editorial Planeta. Madrid.
[3] Gérard Bronner cita estudios que revelan que en 10 años las pantallas han absorbido un 30% más de disponibilidad mental.
[4] Informe OMS “La salud mental mundial hoy en día” y “Atlas de salud mental 2024”.
[5] Informe de la Comisión de la OMS sobre “Conexión Social”. Junio 2025. https://www.who.int/groups/commission-on-social-connection/report