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Tras el Acuerdo de París de 2015, que supone el inicio de la carrera coordinada a nivel planetario para limitar el calentamiento terrestre por debajo de los 2ºC, parece una locura que sigan emergiendo nuevos proyectos como plataformas petrolíferas o centrales térmicas de carbón. Sin embargo, recientemente, once de los periódicos más influyentes del globo han publicado conjuntamente La Gran Investigación de inversión verde: la financiación fósil, donde podemos ver que gran parte de las principales entidades financieras del mundo, tanto de Estados Unidos como de Europa e incluso de España, todavía están financiando a las empresas de combustibles fósiles.
El (necesario) camino hacia la sostenibilidad de las "corporate"

Estos bancos publican a los cuatro vientos sus principios de sostenibilidad, y se les llena la boca hablando de sus inversiones en energías renovables y movilidad sostenible, impulsando de este modo la transición ecológica. Y si bien es cierto que estas inversiones verdes son cuantiosas, si a la vez están financiando proyectos de energías contaminantes, no es de extrañar que algunas voces puedan acusarles de greenwashing.

Es un hecho: hay apuestas que ya no proceden y que van en contra de los esfuerzos globales, marcados por la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Las entidades financieras son las primeras en saberlo, pero es un horizonte tan inapelable como espinoso es su camino.

Su paradoja actual reside en el cálculo de la velocidad de cambio y transición en unas organizaciones que son descomunales, y además extremadamente complejas, sabiendo que todo cambio siempre provoca una alta tensión estructural y un periodo de transición, inseguridad y confusión, así como posibles consecuencias en forma de despidos, pérdida de confianza de los accionistas o conflictos laborales, en ocasiones, inevitables. Sin embargo, otras veces dependerán del ritmo que imprimen al cambio. La pregunta es: ¿A qué velocidad deben avanzar las grandes compañías en el camino hacia la sostenibilidad para reducir en la medida de lo posible los efectos negativos del cambio?

Existen tres acciones o recomendaciones que estas ‘corporate’ deben tener en cuenta para avanzar con éxito en ese camino:

1. Abrazar cuanto antes en la cultura empresarial los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ASG, o ESG por sus siglas en inglés), el llamado triple balance. Es esencial que, además del balance financiero anual, exista un balance social y otro medioambiental, por los que también haya que rendir cuentas ante la ciudadanía y el resto de grupos de interés. Más allá del mero informe, si la entidad realmente ‘se remanga’, esta es una herramienta cultural excelente que conecta a los trabajadores y les implica en un propósito compartido.

Hay grandes compañías que lo están haciendo muy bien, y son referente y ejemplo a seguir en este sentido. Es el caso de Patagonia, EcoAlf o Too Good To Go, entre otras. Conseguir llegar a este nivel no es fácil, implica trabajar esa cultura a fondo e impregnarla en todos los niveles. Pero nunca es tarde para comenzar, y existen disparadores: certificaciones como B Corp, entre otras, ordenan este proceso y permiten a la empresa entrar en un grupo de organizaciones que están liderando la transición.

2. Convertir decisiones lineales de causa/consecuencia en decisiones emergentes basadas en el potencial. Para ello, la formación de los cargos directivos y gerenciales en el enfoque y diseño regenerativos es esencial. Se trata de cambiar la mirada para trascender las estrategias de liderazgo basadas en resolver problemas, y poner el foco en el potencial: el potencial de las personas a su cargo, de su área, de toda organización.

Este es el liderazgo que inspira y demandan cada vez más las personas y profesionales. ¿Soy, como persona u organización, la mejor versión de mí mismo desde la posición que estoy ocupando ahora? Volviendo al inicio de este artículo, no parece que la mejor versión de estas grandes entidades financieras pueda ser apoyar económicamente proyectos de combustibles fósiles. Su potencial real está, sin duda, en otro lugar, y cada decisión cuenta. Las decisiones lineales perpetúan; las emergentes permiten dar el salto hacia ese otro lugar.

3. Acoger e impulsar nuevos mercados emergentes que pasan necesariamente por la colaboración. Este es el caso del mercado de la inversión de impacto, que mueve ya en nuestro país los 2.400 millones de euros y se enfoca en invertir en proyectos que generen un impacto social y medioambiental positivo, además de generar la correspondiente rentabilidad para sus accionistas. 

Es tal el auge que se está experimentando en España en lo relativo a esta nueva manera de invertir que, una ciudad española, concretamente Málaga, fue elegida para acoger el pasado mes de octubre la cumbre más importante de la inversión de impacto a nivel mundial, el GSG Global impact summit, una excelente oportunidad para acercarse a una nueva manera de entender las finanzas, en armonía con el planeta y su ciudadanía global.

Hacer las cosas de otra manera es posible. También para las grandes compañías. La clave ha de partir de la convicción, desde la honestidad y un sólido compromiso con unos objetivos que, si bien no son sencillos, sí son alcanzables.

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