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¿Qué empresa, digna de confianza para accionistas e inversores, presentaría sus productos y planes comerciales excluyendo a más de la mitad de sus potenciales clientes? Ridículo ¿no? Pues pasa diariamente y se acentúa con la prevalencia creciente de las tecnologías digitales en todos los ámbitos de nuestra economía. Diariamente se producen productos que ignoran la diversidad y la inclusión, sesgando desde sus raíces. Sus especificaciones no aprovechan el abanico de realidades que corresponde al día a día de sus clientes. ¿Deberían tener analistas? ¿obtener informaciones que representen la diversidad e inclusión de nuestras sociedades y sus miembros?
El tecnofeminismo como respuesta al desarrollo social y comercial

Sólo considerando un proyecto como Wikipedia y la poca diversidad de sus contribuyentes, obtenemos información sobre sistemas, como ChatGPT, que se nutre de bases de datos sesgadas desde sus raíces.

Del fantástico trabajo que hicieron https://wearesista.com/ sabemos que, por ejemplo, en 2022 en Francia solo el 11% de las inversiones hechas en startups digitales fueron dedicadas a proyectos liderados por mujeres o personas minoritarias.

Así, nuestra economía digital está reproduciendo los errores que se cometieron ya en el ámbito de las finanzas, y esto a pesar de los estrechos vínculos que existen entre la industria financiera y la digital, pero el potencial es enorme.

El 89% de las inversiones son sesgadas y más del 50% del mercado mundial está sin explotar. ¡Y esto considerando solo las mujeres y no las minorías! Un ejemplo de los fracasos históricos registrados en las finanzas sería el crack financiero de 1930, que coincide con la aparición del Monopoly en 1935 creado 30 años antes por Elizabeth Magie para equilibrar las desigualdades existentes en la propiedad privada. Posteriormente, en 1935, Charles Darrow lo convirtió en la versión alterada que hoy conocemos.  

Sin embargo, tenemos argumentos suficientes para ser optimistas con la revolución TIC.

No se puede olvidar el nombre de gloriosas antepasadas como Dorothy Vaughan, programadora pionera de la NASA o Hedy Lamarr, la actriz que inventó el wifi, hasta llegar a un panorama actual plagado de activistas que ocupan siempre más las nuevas ágoras (sesgadas, pero abiertas a la reivindicación) que son las redes sociales. A lo largo de la historia nos encontramos con mujeres como Ángela Ruiz, que en 1949 hizo la primera propuesta de enciclopedia mecánica y que es la maestra considerada inventora del libro electrónico. También con Alicia Asín, ingeniera informática y fundadora de Libelium, hardware Waspmote capaz de monitorizar de forma inalámbrica cualquier parámetro ambiental y enviar la información a Internet, o Montse Medina, ingeniera aeronáutica cuya empresa de marketing digital Jet-lore utiliza algoritmos y análisis de datos para elaborar contenidos personalizados para Ebay, PayPal, Inditex...por nombrar algunas en España.

Nuestro código penal, ya desde 1995, condena la discriminación a penas de cárcel de hasta 2 años, lo que podría incidir en el incremento de demandas colectivas si consideramos que, en nuestro mundo digital muy centralizado, sólo el cambio de un algoritmo produciría cambios mundiales revolucionarios.

Investigadores como Jen Schradie (“The Revolution That Wasn't”) o Antonio Cassidy, y periodistas como Mathilde Saliou han estudiado y documentado de qué modo los algoritmos favorecen los contenidos violentos o la hipersexualización.

Un cambio de algoritmos cambiaría una dinámica que hace que, por ejemplo, las mujeres tengan un riesgo 27 veces superior a ser agredidas en las redes sociales. ¿Es necesaria una genialidad sobrehumana, una competencia tecnológica sobresaliente para cambiarlo? La respuesta es no. Sólo se deben incluir las especificaciones o normas adecuadas.

Buena noticia: El problema no es tecnológico sino sociológico.

La sociología muestra cómo el movimiento #MeToo o el #BalanceTonPorc en Francia, #Cuéntalo en España o en Senegal #ton saï-saï tuvieron muchísimo más impacto de lo que se esperaba. Los cambios sociales se encuentran más cerca de lo que pensamos y podrían ser explosivos. El confinamiento, el teletrabajo permitido por las TICs y la erosión salarial -con un mercado laboral emergente más fragmentado- protagonizan las competencias frente al ostracismo y la desigualdad. Es una prueba de que de la codicia y del esclavismo moderno, de la injusticia, pueden surgir soft revoluciones.

El tecnofeminismo, el tecnoigualitarismo, serán nuestra firma en la obra de esta nueva sociedad que se desvela y que pasa por la ocupación de nuestros espacios. Nuestros esfuerzos para conseguir los productos, servicios y éxitos que nos representan serán diversos, igualitarios, inclusivos y reposicionarán a cada uno en su lugar.

 

Autoras: Estelle Raso y Silvia Cobos (Abogada experta en LegalTech, en Behaviour Analysis in Social Media y en tendencias jurídicas)

 

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