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Pues a mí sí me gustan las superilles

Hace algo más de un año, cambié Barcelona por Madrid. Lo hice por trabajo y por amor. El trabajo, de momento, lo hago solo, y, en sus pausas, me ha permitido pasar distintos ratos mirando lo que sucede a mi alrededor.

Lo primero que me llamó la atención de la ciudad fueron sus túneles para vehículos privados en ciertas zonas de la ciudad, que las convertían, prácticamente, en carreteras urbanas. Luego, cuando empecé a ir andando al trabajo, me fijé en las grandes avenidas de las que dispone la capital: una calle cualquiera en el centro de la ciudad sería la calle con más carriles de toda Barcelona. Alucinaba.

Sin embargo, ¿hasta qué punto la convierte eso en una ciudad bien urbanizada? Todo el mundo a mi alrededor se queja de las dificultades para moverse por Madrid en vehículo privado, aunque éste tenga un lugar privilegiado. Y ¿qué hay del ruido? Andar desde mi casa hasta el trabajo es como pasear por la Calle Aragón de Barcelona. Lo que me lleva a pensar que Barcelona, aunque no lo parezca, podría disponer de mejores herramientas que Madrid para desarrollarse urbanísticamente durante los próximos años.

Todo eso es cierto, también, porque en Barcelona germina desde hace unos años una idea, promovida desde el partido de gobierno: llenar Barcelona de superilles. Una superilla es la agrupación de 9 islas del Ensanche en una única isla, donde el peatón tiene preferencia sobre el vehículo, tanto privado como público. Es un elemento novedoso que ha causado mucha controversia entre los vecinos, por distintos motivos.

La razón más manida es, sin duda, que empeora el transporte privado. Eso es muy cierto: el vehículo privado tiene muchas dificultades para moverse por la ciudad. Yo mismo, para realizar un trayecto que, anteriormente, me hubiera llevado 15 minutos, ahora me lleva 35. Sin embargo, la cuestión de fondo es si el vehículo privado debería formar parte del ecosistema urbano. En mi opinión, no debería, y éste es un primer paso que nos puede llevar a sacarlo de las calles. Sin embargo, debemos ofrecer soluciones de calidad a los vecinos: más frecuencia de transporte público, tanto bus como metro, y a un precio más razonable (quizás, hasta gratuito); dar un papel más relevante a taxis y VTC en una ciudad sin vehículos privados (ampliando la oferta de los mismos); y dar opciones de movilidad a los servicios municipales (para que una ambulancia o el servicio de limpieza puedan llegar a todas partes).

A su vez, no todo el transporte se sitúa dentro de la ciudad: una gran parte de los desplazamientos se realizan entre Barcelona y los municipios de su área metropolitana. Ahí sí hay una carencia importante, puesto que hay mucho tránsito entre municipios en vehículo privado, que causan grandes colas en las entradas y salidas de la ciudad en distintos momentos del día. Más retenciones suponen estar más tiempo en el coche, que emite CO2 durante ese tiempo añadido. Para evitarlo, se deberían preparar grandes áreas de estacionamiento para vehículos privados a las afueras de la ciudad, y ofrecer alternativas de transporte público desde esos puntos. Con los incentivos adecuados, la población los usaría sin pensarlo ni un momento. Todo ello nos llevaría a tener una ciudad más limpia, que mejoraría la calidad de vida de los ciudadanos.

Otro tema recurrente en las críticas a las superilles es su diseño… Y no nos vamos a engañar: el diseño es horroroso. Sin embargo, en muchos casos lo es porque parece que se hayan hecho los cambios a medias, con la voluntad de dejar abierta la puerta a volver atrás. Deberíamos pedir que se implementen esos cambios de forma permanente, pero también con gusto. No puede ser que haya locales cuyas terrazas estén protegidas por bloques de hormigón de color amarillo.

Quizás no es que me gusten las superilles, sino que me gusta su concepto y a lo que nos pueden llevar. Pueden significar una ciudad más limpia, más sana y mejor transitada, pero solo si se implementan adecuadamente, pensando tanto en el medio ambiente como en los vecinos. Debemos reconocer los problemas que han surgido y los errores cometidos, y corregirlos. De esta manera, seguro que conseguiremos que todo el mundo se sienta satisfecho con el resultado final.

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