Acoso escolar y homofobia

Los datos que barajamos son ciertamente dispares acerca de la prevalencia de acoso escolar en todas sus formas. Si nos fijamos en los datos que ofrece el informe PISA de 2018, el 17% de los alumnos de 15 años ha sufrido acoso escolar a través de las redes sociales. Otro estudio del ISEI-IVEI, "Maltrato entre iguales Bullying 2020", referido a alumnos del País Vasco, arroja datos muy interesantes: en Primaria un 20,3% asegura haber sufrido acoso escolar, mientras que en la ESO es un 17,8%.

Vivimos en la era digital, donde la comunicación a través de las redes y aplicaciones es diaria y debemos incidir en la salud digital. Cada vez tenemos más casos de ciber violencia (grooming, sexting, ciberviolencia de pareja) y adicción a las nuevas tecnologías. Necesitamos más investigación que nos ayude a afrontar de forma más eficaz cualquier tipo de violencia en menores y adolescentes y sería necesario un estudio a gran escala que nos permitiera ver realmente de qué cifras hablamos con unos criterios muy concretos.

La definición de acoso implica varios aspectos: debe haber una intencionalidad de causar daño en una relación asimétrica entre el agresor y la víctima y, además, debe ser reiterado en el tiempo.

La falta de criterios unificados deja en mano de los evaluadores (orientadores y equipos directivos) cuánto es ese tiempo. No existe un criterio cuantitativo que establezca un punto de corte. La jurisprudencia tampoco lo deja claro al existir sentencias en las que afirma que hay acoso con tres agresiones y, otras, con varias más.

Además, no se tiene en cuenta la intensidad del daño causado. Sabemos que cuanto más tiempo la víctima sea sometida a las conductas agresivas, más graves serán las consecuencias de dicha violencia. Sin embargo, también sabemos que una sola agresión de forma virtual (ciberagresión) supone consecuencias igual de graves y este aspecto no se tiene en cuenta. Las últimas investigaciones ya han determinado que en muy pocos casos existe.

Además, falta supervisión parental en el uso de las tecnologías, lo cual nos está dando cifras cada vez mayores de adicciones a la tecnología y más horas de exposición a la red. Algo que se traduce en mayor probabilidad de ser víctima de algún tipo de violencia, que no solo es el ciberbullying, si no también, del grooming, sexiting, ciberextorsion y adicciones. Por ello, padres y escuelas deben trabajar en la misma dirección para prevenir de forma eficaz este problema, y en este punto, aún nos queda mucho por recorrer.

Otra nueva forma de violencia en las aulas y fuera de ellas es el acoso transfóbico. Este tipo de violencia comparte características con otros tipos de acoso escolar, como los que hemos definido, sigue siendo un tipo de violencia en la que existe frecuencia en el tiempo, desequilibrio de poder, y la intencionalidad de causar daño. Sin embargo, la diferencia de otros tipos de acoso escolar, las personas trans* vivencian el acoso y la discriminación desde la invisibilidad que supone su propia vivencia, luchando contra un estigma social.

Las consecuencias que sufren las víctimas de acoso escolar transfóbico afecta muy directamente a la vida tran* A nivel personal y social, las y los jóvenes sienten ansiedad, frustración, sufrimiento y miedo, queriendo invisibilizarse aún más y aislarse socialmente, del mismo modo, experimentan una disminución en la autoestima y el desarrollo emocional, afectando a su desarrollo vital posterior.

En cuanto al ámbito educativo, se produce una disminución en el rendimiento académico, aumentando el absentismo escolar, lo que puede derivar en fracaso escolar y, por consiguiente, abandono escolar temprano, al igual que sucede en cualquier víctima de violencia en las aulas. Sin embargo, esta situación de violencia en el colectivo trans*, es un añadido a los cambios propios de la etapa adolescente, la búsqueda de identidad, aceptación social y lucha contra un estigma, que conlleva consecuencias muy negativas que pueden llegar a culminar en el suicidio.

Es por tanto una tarea pendiente de la sociedad y de la comunidad educativa empezar a trabajar en la normalización y visibilización de este colectivo, de modelos sanos y positivos de personas trans* y hablar de manera clara sobre su realidad, ya que el silencio solo puede traducirse en soledad.

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