Educación y trabajo digno

Tras dos años de pandemia y más de diez días de guerra en Ucrania, se hace difícil a veces encontrar la energía y el foco para seguir sensibilizando sobre las situaciones injustos, visibilizando sus efectos y trabajando por su eliminación o, al menos, reducción.

En este entorno, aun sin olvidar nuestra todavía escasa presencia en muchos órganos de decisión y centros de poder y la persistente brecha salarial, creo crítico señalar este año dos elementos que tienen un enorme impacto en las mujeres y que pueden marcar la diferencia. La educación y el derecho a un trabajo digno que permita reducir la desigualdad y abandonar la pobreza, y la seguridad e integridad personal. La pobreza, y especialmente la laboral, aquella que enfrentan los trabajadores a pesar de tener un empleo, se da especialmente en las mujeres. Y en pleno siglo XXI nos siguen matando por no querer admitir que somos libres de tomar decisiones sobre nuestra propia vida y nuestras relaciones. Y no estoy hablando de países lejanos o sociedades con baja renta per cápita. Esto sucede en España. Hoy. Así que, ¿Qué reivindico hoy? Que todas las mujeres podamos formarnos y acceder a trabajos dignos que nos alejen de la pobreza y que podamos elegir sin temer por nuestra integridad. Que las afortunadas y afortunados que estamos más lejos de estas realidades trabajemos para que todas las mujeres puedan olvidarlas. Que demos visibilidad a estas situaciones para evitar que sigan siendo ignoradas, o incluso negadas. Y personalmente, echo de menos poder hacerlo desde la presencia, el compañerismo y la alegría compartida que hemos tenido que reducir en los últimos dos años. Porque si no podemos bailar, esta revolución no es la nuestra.

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