Un virus nunca tiene mucha historia propia que contar. Su mapa genético pasa de célula en célula, a través, de una contaminación marina plagado de enfermedad, destrucción, sometimiento, orfandad y muerte.
Cuando éramos libres

Lo mismo sucede con un buen empresario. Tampoco tiene mucha que decir. Su llegada se trasmite de generación en generación por entre la existencia de cada uno de los seres humanos que crecieron, evolucionaron y se desarrollaron en su compañía, en cambio, este es un océano lleno de esperanza, renacimiento, ilusión, reconstrucción y vida. 

Tan diferentes y al mismo tiempo tan semejantes. 

Permítanme que me explique. Ambos poseen uno de los mayores resortes que poseen los individuos. La capacidad de elegir. La libertad. 

El primero elige la libertad que posee para expandirse, reproducirse y encarcelar a todo aquel que encuentra a su paso. 

Contagiar es su verbo. 

No entiende de humanidad, de dignidad, de integridad y de amor. Es insultantemente cruel. 

Apisona, repisa, aplasta, humilla, abate, chafa, avergüenza, hunde, atropella, degrada, estruja y aniquila. Pongan el epíteto que prefieran. 

No solo no siente compasión alguna por el sufrimiento ajeno, sino que se deleita con ello.

Se alimenta de la insensatez, de la irresponsabilidad y del incauto.

Y se reproduce entre el miedo de sus afectados, al igual que la mala hierba en el terrenal.

El segundo utiliza su libertad de forma muy distinta. Emprende, guía, y construye una nueva senda por la que avanzar en un nuevo camino. 

Alienta, innova, avanza, desarrolla, acrecienta, medra, aumenta, fomenta, amplia, germina, aborda, evoluciona y siembra. Elijan el adjetivo que deseen. 

Emplear es su mantra. 

Su inicio y destino. Su razón de ser y de existir.  

Lo están demostrando en la situación más convulsa, trágica y difícil del mundo que conocíamos. 

Los empresarios fueron, son y serán la mejor versión diaria de nosotros mismos. Aquellos que se que juegan todo aquello que poseen para ofrecérselo a una sociedad tremendamente herida de gravedad. 

Responsabilidad, fidelidad, lealtad, generosidad y empatía son los valares que sustentan el pilar de su estructura corporativa. 

No lo olviden. Los límites están en sus mentes, en sus cuerpos, en su comunidad y en este gigantesco mundo. 

Ustedes puedes ser víctimas o verdugos, prisioneros o liberados, esclavos o revolucionarios.

Pero tomen conciencia que, llegado este momento, será mejor ser capitán de su navío, que pirata de una fragata que deriva al vacío.

El mar todo lo devuelve. 

No puedo explicar lo que este significa en mi vida. Espero poseer la capacidad de expresarlo.

Mi adoración viene precedida por mi madre. Ella siempre nos ha educado en el amor a esta masa de agua salada que cubre la mayor parte de la superficie terrestre.

En ella uno encuentra el silencio, las emociones, los sentimientos y las respuestas a sus preguntas. 

Su textura, su olor y su color son inimitables cada día. No existen jornadas similares en la inmensidad de sus colores. 

Es de esos lugares donde uno puede curar su alma y hundir sus ojos a merced de su oleaje.

Al final el mar como la vida lo devuelve todo. 

No se lo voy a negar. Yo a veces me siento marino de un barquito de papel ante una gigantesca ola.

Imagino que estoy navegando hacia lo profundidad del océano con la única arma de mi palabra. 

No es algo sencillo crear un cambio en la sociedad, a través de las letras. Porque lo que genera transformaciones en las sociedades son los actos y no los dichos. Pero para actuar correctamente, se debe pensar previamente.

Dice la Real Academia de la Lengua Española: “el marinero es aquel que presta servicio en una embarcación” no puedo estar más de acuerdo con esta definición. 

Servicio a los demás y no encuentro una mejor descripción del significado de estas letras, que la que realizó el padre del existencialismo Víctor Frankl en su libro “El hombre en busca del sentido”, “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera, cuando más se quiere abrir hacia adentro, más se cierra”

Y esa extraña sensación de chocar con el oleaje sin protección alguna, más que el sentimiento que a uno le recorre cuando se entrega a otros, sin esperar nada a cambio.

La rendición no es el rumbo a seguir, entregarse a la profundidad no entra dentro del viaje y abandonar nunca será el final de la travesía, en cambio, apoyar, ayudar y amar son el rumbo, el destino y el final de la odisea. 

Hay que tener un poco de marino para navegar en un mundo tan convulsa como este, no les voy a engañar, el mar está agitado; vientos fuertes, corrientes fuertes, oleaje fuerte. Embravecido nunca mejor dicho.

Elijan el tripulante que deseen dentro de su particular barcaza. Patrón, capitán, maestre, contramaestre, oficial, ingeniero o marino. No importa su jerarquía, sino su lealtad, fidelidad, dignidad e integridad ante la aventura que se inicia. 

Ahora es momento de zarpar, navegar, surcar, flotar y timonear ese barco llamado “Libertad”.

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