Conocí a Jordi en una fiesta sorpresa que le preparó su entonces esposa Esther en un restaurante llamado La Dichosa. Recuerdo lo que comimos, recuerdo lo que bebimos. Recuerdo las risas que compartimos y recuerdo que la segunda vez que nos vimos ya me tenía en estima. A La Dichosa volvimos en otra ocasión con él, no mucho tiempo más tarde de la primera vez. A la salida, nos hizo una foto preciosa a Orencio y a mí, que cuelga de nuestra nevera y que siempre miro con cariño, porque captó un sentimiento precioso entre nosotros, porque estábamos muy guapos y jóvenes y porque la hizo Jordi.
No se dejó nunca un “te quiero”en el tintero

Compartimos con Jordi muchos momentos en familia. Compartimos piscina, mesa, paseos, presentaciones del informe anual del Observatorio de Responsabilidad Social Corporativa. La última presentación del Informe del Observatorio en la que estuvimos juntos se celebró el año pasado, en ICADE. Jordi iba en su silla de ruedas y se hizo protagonista del acto, en el acto. Todos nos sentíamos atraídos por Jordi, por su personalidad arrolladora. Tengo la enorme suerte de poder contar muchas anécdotas, muchas, con él. Nos fuimos juntos de vacaciones a Dènia, celebramos una Nochevieja, transitamos habitualmente la casa de la calle Gutenberg y el Yemen. Cuando hice mi revista digital, , él fue una de las primeras personas a las que se la enseñé -se la dejé bien preparada en su navegador para que tuviese que echarle un vistazo sí o sí-; a él le pedí consejo sobre LOPD, cookies y otras formalidades. Solo hay una cosa que no le perdoné nunca a Jordi: que no nos invitara a comer calçots en Casa Ricardo. Esa se la tengo guardada.

Pero es que a Jordi se le perdonaba todo. Siempre comentamos que era un showman, un tipo extremadamente inteligente que sabía perfectamente hasta dónde llegar, cuándo parar, cuándo se había equivocado y cuándo disculparse. Hacía gala de su parecido con Moncho Alpuente. No escatimaba detalles al contarnos todas las vidas que había vivido. Era bastante transparente. De hecho, yo pensaba que era demasiado transparente y le decía que debería guardarse algo de misterio. Pero no se guardaba nada, mi amigo. Debo confesar que, la mañana en la que supimos que Jordi había volado, me angustió mucho ver la revolución en redes al poco de habernos enterado: la noticia corría como la espuma, ya se utilizaban hashtags… Tardé un par de horas en entender que eso era, ni más ni menos, lo que él quería que pasase. Y entendí que yo también debía participar de ello. Y escribí este texto, con la foto que lo acompaña:

"Esta foto es una de mis favoritas. En ella aparecen mi amigo Jordi Jaumà (alias "Jordi Cabezón") y mi hijo pequeño. Ese día, como otros, paseamos con Jordi por la Quinta de los Molinos y comimos en su casa. Antes y después de eso, muchas otras comidas, reuniones, excursiones, paseos, risas y alguna lágrima.

Hay veces que la gente vive y luego muere. Y hay veces en las que te roban la vida. Y lamento decir que creo que a Jordi se la robaron. No hoy, que es el día en que ya nunca más podremos ver a Jordi. Se la robaron en un accidente de moto muy estúpido. Se la robaron en un quirófano, al que entró a operarse de un hombro y salió sin movilidad en las piernas. Ha luchado mucho mi amigo, muchísimo. Ha sido un ejemplo de superación de un montón de cosas.

En los momentos más difíciles nunca perdió la sonrisa. Nunca dejó de decirnos que nos quería. Jordi no colgaba el teléfono con un "adiós" sino con un "te quiero". Ojalá se haya ido sabiendo que muchos, quizá más de los que él piensa, le queremos mucho también o, como diría él, "le tenemos cierto aprecio".

Sé que no hay consuelo para su familia, pero espero que el dolor les sea un poquitito más leve al darse cuenta del amor que le tenemos. Desde aquí, un fuerte abrazo a todos, en especial a Gabriel y a Álvaro, sus hijos. ¡Qué orgulloso estaba de ellos, joder!”

No puedo decir que la última etapa de Jordi fuera buena, la verdad: supongo que ninguno de los que hemos revoloteado a su alrededor lo pensamos. Hubo momentos bonitos, claro: cuando nos amontonamos en su habitación del Hospital Gregorio Marañón tras su operación, donde su madre me confundió con una novia suya. Cuando viajamos a verle a Toledo, donde cumplió parte de su rehabilitación y le llevamos unas carcamusas del mítico Ludeña. Tuvimos algún momento de luz en su casa de Santa Leonor, donde coincidimos con su hijo Gabriel y cocinamos juntos. Pero aunque Jordi siempre nos sorprendió con su fortaleza y optimismo y parecía invencible, con su resiliencia y su descaro, tengo la impresión de que su cuerpo fue su cárcel y que su alma debía elevarse. Y así pasó. Quizá esta pandemia que nos ha robado la primavera precipitó su marcha: Jordi era amigo de todos menos de la soledad.

Por mi parte, no puedo sino sentirme afortunada porque Jordi me eligió como amiga suya. Porque me hizo ser una MAJ, aunque yo no haya podido asistir a las reuniones periódicas que con tantísima ilusión (y tecnología -esos doodles-) celebraba. Porque no se dejó nunca un “te quiero”en el tintero. Porque Jordi me hizo sentir especial y querida, como diría mi hijo, “de verdad de la buena”. Y, además de afortunada, me siento un poco mal. Porque seguro que pude hacer algo más y no lo hice. Y quizá no hubiera sido suficiente. Solo espero que supiera que lo queríamos mucho mi familia y yo. Que se fuera sabiendo que ese amor era verdad de la buena, igual que nosotros sabemos que su amistad y su amor por nosotros era incuestionable.

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