“Cum-clavis”, bajo llave, es el origen latino de la palabra cónclave, la reunión que, vacante la Sede, celebran los cardenales de la Iglesia Católica para elegir a un nuevo Papa. El enclaustramiento fue la consecuencia de las situaciones de bloqueo y demoras que algunas veces se daban a la hora de elegir al nuevo Pontífice, y es paradigmático y famoso el caso de la italiana ciudad de Viterbo, en el siglo XIII: después de casi tres años sin acuerdo, los ciudadanos decidieron no suministrar mas que pan y agua a los cardenales allí reunidos y, ¡milagro!, estos eligieron rápidamente a Gregorio X.
Cónclave

Millones de personas llevamos confinados algunos meses como consecuencia, no de desacuerdos en alguna elección (aunque ahora muchos se quejan y se arrepienten de haber votado a no-se-quien), sino por el famoso y desconocido COVID-19 que ha traído muerte, enfermedad, desolación y ruina a medio mundo, y que, al parecer, ha decidido quedarse entre nosotros a falta todavía de medicamentos específicos y de vacunas salvadoras. Dicen los que saben que no tendremos disponibles los remedios para acabar con la pandemia antes de un año o de año y medio y que, mientras tanto, habremos de aprender a convivir con el virus para que el difícil equilibrio salud/economía no se rompa. Parece que esa será la solución temporal hasta que todo se normalice, pero eso son puras especulaciones porque la incertidumbre sigue aleteando como buitre carroñero encima de nuestras cabezas.

Como resultará imposible que a nuestros políticos y gobernantes (que no están a pan y agua, por cierto) los encerremos en cónclave para buscar soluciones a este crisis perenne; como estamos huérfanos de lideres y de instituciones/organismos internacionales que sepan y puedan sacarnos de esta grave situación; como los ciudadanos estamos convencidos -eso dicen las encuestas- de que la solución vendrá por el esfuerzo coordinado y común, por el ejercicio de nuestra responsabilidad individual y la fecundidad de una solidaridad compartida; como la pandemia no es razón para que nadie se beneficie en perjuicio de otros, se me ocurre que, al menos, se tengan en cuenta algunas cosas. Aunque podríamos definir muchas, propongo tres:

Primera.- Diálogo, diálogo y diálogo. Y, a través del diálogo, ponernos de acuerdo en, precisamente, ponernos de acuerdo, en trazar una estrategia común, de todos. No podemos olvidar que, aunque muchas veces la despreciemos, la palabra es el mayor bien que posee el hombre, el pilar que sostiene el mundo y hace posible todo lo que hacemos. Quien daña la palabra, destruye el mundo. Y la palabra, como nos enseño Heidegger, tiene un valor instrumental, como medio para comunicarnos cosas, y otra función mucho mas radical: expresar nuestro ser profundo y nuestro estar en el mundo, con todas sus dudas, inquietudes y oscuridades. Y esta función es absolutamente imprescindible y es la que explora el pensamiento, pero esta siendo arrinconada, olvidada y dañada por la superficialidad falsa y la avalancha de comunicaciones instrumentales y dañinas que actualmente padecemos y a la que habremos de poner remedio.

Segunda.- La salud -nos hemos dado cuenta abruptamente- es un bien común global. No es ni publico ni privado, es común, de todos y cada uno de los habitantes de este planeta, y habría que buscar (y encontrar) una forma de organización y disfrute de los bienes comunes; por ejemplo, de las vacunas, estudiando formulas que garanticen un retorno justo para quienes las descubran. Pero las vacunas deberían ser gratuitas, sufragadas con dinero publico, y no estar sometidas ni a patentes ni a monopolios que sirven para agrandar la brecha de desigualdad que nos persigue y que estamos padeciendo. En salud nunca se gasta, se invierte, aunque los políticos no lo hicieran en los últimos tiempos porque se olvidaron de uno de los pilares de la dignidad humana. La pandemia lo ha demostrado.

Tercera.- En Educación -el segundo pilar de la dignidad humana- tampoco se gasta: se invierte, aunque los políticos no lo sepan/crean. Necesitamos un pacto global sobre educación que haga posible la convergencia entre estudio y trabajo. Dice Ordine que “...un estudiante puede aprender que con el dinero se compra todo pero no el conocimiento: porque el saber es fruto de una fatigosa conducta y de un esfuerzo individual que nadie puede realizar en nuestro lugar”. No deberíamos olvidar que la buena escuela no la hacen las “tablets” sino los buenos profesores; y en ellos -y en su formación- debemos invertir generosamente. Y educar en valores, porque los valores se contagian y, como tantas veces hemos dicho, tienen un enorme valor pedagógico. Hay que volver a la recuperación de los valores, de la ética limitadora de los descontroles, a la mejor educacion, la fuerza espiritual, el bien común que hace grandes a personas y pueblos, y que debe liderar el cambio suprimiendo los privilegios, luchando contra la corrupción y ofreciendo verdadera igualdad de oportunidades, “porque a fin de cuentas/lo que hay es ignorancia de la ignorancia/y manos ocupadas en lavarse las manos”, como escribió la Nobel polaca W. Szymborska.

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