Como cualesquiera de los que vemos en los pueblos y ciudades de España, el Quiosco de Juan Francisco Jiménez es una construcción pequeña, instalada en la acera de una calle madrileña, donde se venden periódicos, revistas, libros y, naturalmente, chuches y mil cosas más que amplían la oferta y sirven para cubrir, a menudo, las peregrinas necesidades de los vecinos y clientes. El quiosco de Juanfran es, en parte, también el mío: 28 años nos contemplan, casi tres décadas de relación que acabaron convirtiéndose en amistad. Ernesto Sábato, que era un hombre sabio, nos dejo una hermosa reflexión en la que me refugio con alguna frecuencia: “Hay una manera de contribuir al cambio, y es no resignarse”. En eso deberíamos estar, como están hoy en España todos los Juanfran que no se resignan y a los que no conocemos, y no perdernos en preocupaciones estériles que se agotan en si mismas y nos llevan a ninguna parte.
El quiosco de Juanfran

Lo importante cada día no es comprar los periódicos, que también; lo necesario es echar un rato con tu amigo, coger los periódicos, comentar la vida y lo que pasa en el mundo con clientes y otros que no lo son, echar unas risas y desearnos salud y bienestar, más en tiempos de coronavirus.

Le he preguntado a Juanfran por qué -como muchos de sus compañeros- no cerró el quiosco el 14 de marzo, cuando se decretó el estado de alerta. El Gobierno ha estimado -me responde- que somos un servicio “esencial” y aquí estoy, cumpliendo con mi deber. Y se ríe, y aunque ha perdido dos tercios de su clientela por el confinamiento, sigue levantándose cada día a las seis de la mañana para recoger “el material” y tener listo su quiosco (limpio como los chorros del oro) a las ocho de la mañana, llueve, truene, haga frio o calor, con pandemia o sin ella, y faltando a su diaria cita solo tres dias en el año: el sábado santo, el 25 de diciembre y el 1 de enero. Ahí queda eso. Mientras, algunos dicen obscenamente que se “aburren” en el confinamiento y  muchos se quejan de lo duro que es trabajar desde casa y no poder tomarte una cerveza en el bar de siempre con los amigos, o no hacer deporte o dar un paseo o ir al cine, o no tener perro...

Hoy -permitidme la expresión- estamos “disfrutando” del confinamiento y sorteando  el contagio, gracias a muchos Juanfran ejemplares: personas que atienden quioscos, limpian y desinfectan las calles, nos ayudan en las tiendas de alimentación y en las gasolineras. Son Juanfra los que velan por nuestra seguridad, los que atienden a los enfermos y los que entierran sin duelo a los muertos, los  que nos sonríen tras un mostrador de farmacia o nos venden el pan de cada mañana; los medios de comunicacion, los que editan periódicos digitales o impresos, y también algunos dirigentes que están dando la talla convencidos al fin de la función social que deben jugar las empresas y las instituciones.

Ernesto Sábato, que era un hombre sabio, nos dejo una hermosa reflexión en la que me refugio con alguna frecuencia: “Hay una manera de contribuir al cambio, y es no resignarse”. En eso deberíamos estar, como están hoy en España todos los Juanfran que no se resignan y a los que no conocemos, y no perdernos en preocupaciones estériles que se agotan en si mismas y nos llevan a ninguna parte. Aun en tiempos difíciles, muchas veces olvidamos que el mundo no se acaba en el lugar dónde alcanzan nuestros ojos: siempre hay un horizonte mas allá y lo importante es perseguirlo honestamente, o intentarlo al menos, y ya sabemos que en muchas ocasiones no será fácil. Ahora vivimos tiempos en los que somos adictos a la envidia, a la nivelación por abajo, a la denigración, a lo zafio. La admiración se ha quedado anticuada: Como escribió el recordado Steiner, vivimos en la era de la irreverencia y ser cabal parece privilegio de muy pocos.

En tiempos de incertidumbre y dificultades se imponen la mentira y el engaño al hilo de las “fake news”, y no solo en lo económico; la crispación política se esta apoderando de las relaciones sociales e institucionales, y hace mangas y capirotes en la política, en el universo de los negocios y, ahora también, en las noticias sobre la pandemia y en la salida de la recesión. Un panorama que es fruto del descreimiento generalizado, de la desafección, de la incertidumbre y la falta de confianza en las empresas e instituciones y de la poca ilusión por el futuro que nos aguarda a los humanos, empeñados como estamos sin vivir el presente con perspectiva histórica, y así nos va. Pero así no debería ser en el inmediato futuro, en ese proyecto común que necesitaremos imperiosamente  tras el COVID 19.

El estresante trabajo diario de todos los Juanfran, aunque ellos no lo sepan, es hoy un símbolo de valentía y resistencia frente a la pandemia y también un ejemplo de  profunda  solidaridad; más allá de los políticos, son la barbacana, la defensa adelantada frente al virus porque están ahí dando la cara, cada día, atendiendo a la gente, prestando servicios, quitándonos preocupaciones y abriéndonos a todos las puertas de la esperanza gracias a su esfuerzo y a su honestidad, y merced a su trabajo nos conducen por el exigente camino que Faulkner nos pedía: “el derecho y el deber de ser responsables si queremos permanecer libres.”

Los Juanfran son la vanguardia de la recuperación. Gracias siempre.

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