“Todas las personas grandes han sido niños antes, aunque pocos lo recuerdan”. Así reza la dedicatoria/reflexión que Antoine de Saint-Exupery incluyó en su obra “El Principito”, un clásico de cuya publicación se han cumplido en este abril 77 años.
Olivos y alhelíes

Creo, con otros muchos, que nuestros dirigentes políticos, sea cual fuere su color, están perdiendo el oremus. Se han alejado de la realidad, no aceptan la crítica (menos aún practican la autocrítica) y maquinan pensando siempre en el relato, tratando de inventar la verdad y en sacar rédito político a sus apariciones publicas, a sus intervenciones parlamentarias, a discursos siempre dirigidos a sus correligionarios sin pensar en el común, creyéndose siempre merecedores de todos los elogios y semidioses si han tenido éxito en algo concreto. Además, olvidan que alguna vez fueron niños y creen que son adultos que lo saben todo. Es decir, se lo creen; algo que, en el fondo tiene su explicación en la propia esencia del hombre, que es presumido por naturaleza, más si lo adobamos con una actividad pública o un cargo y sus circunstancias. Erasmo de Rotterdam decía que el espíritu humano está moldeado de tal forma que se deja engatusar casi siempre por las apariencias. Y eso suele ocurrir cuando perdemos el sentido de la realidad, el famoso sentido común. Cuando así sucede, además de tropezar, probablemente nos daremos un hermoso batacazo.

El dirigente, el líder de un partido político, y más en tiempos de crisis o de pandemia, tiene que ser, sobre todo, humilde, la más eficaz formula o antídoto contra la depresión. Y, además, no debe ser estúpido. Pero estas exigencias no son fáciles de cumplir. Los seres humanos -ya lo hemos dicho- somos por naturaleza fatuos y presuntuosos. El dirigente, hombre o mujer, además de hacer bien su trabajo y de tener un comportamiento ejemplar, debe ser capaz de administrar un plus de responsabilidad. Su principal tarea no es ser florero ni aprovecharse del cargo en su propio beneficio, sino la lealtad y el sagrado compromiso con todos y cada uno de los ciudadanos -voten a quien voten- para procurarles bienestar; para conservar y acrecentar el legado de cada pueblo, ciudad, provincia, comunidad o del pais entero, lo que toque en cada caso, para las generaciones venideras. Y eso es sostenibilidad. El dirigente, el líder, es sólo depositario de un patrimonio, de una una cultura, de una marca, del porvenir de las gentes que, dando ejemplo, cumplen con su deber. De todo eso, el líder, el dirigente, es depositario y, en primer lugar, su responsable.

Viendo como actúan los políticos en esta crisis del coronavirus (algunos inspiran esperanza, pero aún no la necesaria confianza), tengo la impresión de que sólo los más cercanos -alcaldes y alcaldesas- están dando la talla, pero todos quieren brillar, eso si; sobre todo si hay televisión por medio, y se olvidan -como nos enseño Séneca- de que la luz “tiene un origen bien determinado en si misma, mientras que el resplandor brilla con claridad prestada.” No hay que confundir, pues, éxito/brillo con excelencia/luz. Al fin y al cabo el éxito no es mas que el resultado, bueno o malo, de una acción o de un propósito, y normalmente es pasajero. Sin huir del éxito, ni buscarlo a toda costa, todos deberíamos trabajar por la excelencia, que no es más que la virtud del excelente, del “arete” griego, la “virtu” romana libre de moralina, la virtud al estilo Renacimiento: cumplir con nuestro deber, sobresalir en nuestro comportamiento ético y en nuestro compromiso solidario trabajando por un futuro y un mundo mejores.

No podemos ser -los políticos menos que nadie- capullos de alhelí, una planta de hoja perenne y flores olorosas con hermosos y variados colores que se cultiva sólo para el adorno y el postureo, como ocurre con muchos dirigentes. Seguramente, lo mas honesto, lo cabal, es hacer las cosas sin alharacas, trabajando “estilo olivar”, es decir, responsablemente, dando frutos sin hacer ostentación de flores, sin presumir, sabedores de que el fruto de la oliva, la aceituna, nos procura el aceite que, como decían los clásicos, es “alimento, remedio y luz”. Casi nada...

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