El cambio de década ha suscitado la publicación de un buen número de reflexiones sobre el balance de la anterior y las perspectivas de la que empieza. El avance hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) ha sido una temática presente en muchas de esas reflexiones, con un balance mixto, por un lado positivo, pero por el otro el cumplimiento de esos objetivos está siendo más lento de lo deseable.
La gobernanza de la tecnología como ODS#18

Celebrando de una parte el aumento de la conciencia global sobre la naturaleza y el alcance de los ODS, así como del número de organizaciones que declaran su compromiso con los mismos. Pero constando al mismo tiempo que el avance hacia el cumplimiento de esos objetivos está siendo más lento de lo deseable[i].

Hoy en día, cuando se plantea la necesidad de aumentar la velocidad o la aceleración de un proceso, los apologistas de lo digital acuden prestos al rescate con su arsenal de recetas tecnológicas. Lo han hecho también al respecto de los ODS. Con propuestas, siempre pulcramente presentadas, que abogan por aumentar la preponderancia de soluciones tecnológicas para los objetivos de sostenibilidad. Las más radicales sostienen que para que esos objetivos sean alcanzables es imprescindible una mayor intensidad tecnológica. Las más moderadas se limitan a proponer una lista de herramientas tecnológicas que podrían resultar útiles.

Es conveniente hacer una lectura crítica de esos documentos. Pueden verse de entrada, como es probable que sea su propósito, como un intento honesto de hacer más alcanzables los ODS. Porque, en contraste con lo habitual en las proclamas de gurús y futuristas de la época, es cierto que lo digital no tiene apenas protagonismo en el planteamiento de los ODS. Aparece, y no de modo destacado, como parte del ODS_9 (“Industria, innovación e infraestructuras”). Aún así, lo hace de un modo parcial, centrándose en el rol genérico de la tecnología como herramienta para la industrialización. Se enuncia la necesidad de “invertir más en productos de alta tecnología que dominen las producciones manufactureras” porque “sin tecnología e innovación la industrialización no ocurrirá, y sin industrialización, no habrá desarrollo”. Se trata sin duda de una perspectiva limitada, por lo que tiene sentido explorar otros modos en que la aplicación de las tecnologías digitales puede contribuir al desarrollo sostenible.

Pero parece también necesario añadir algunas reservas a este planteamiento posibilista. La primera de ellas no es aplicable en exclusiva a la propaganda tecnológica. Ahora mismo, las expresiones de respaldo a los objetivos de desarrollo sostenible no son sólo políticamente correctas, sino casi obligadas. Ninguna organización que precie su reputación se abstiene  de incluir en su comunicación corporativa expresiones de compromiso con los ODS. Tampoco desde el sector tecnológico, menos aún cuando aumentan tanto la conciencia acerca de los daños colaterales de lo digital como las dudas sobre la ética que lo impulsa.

Un documento conjunto del World Economic Forum (WEF) y la consultora PWC[ii] es una muestra de ello. Al abogar por una mayor intensidad tecnológica en las actuaciones hacia los ODS lo hace apuntando la completa compatibilidad entre los ODS y la propuesta de Cuarta Revolución Industrial que el WEF abanderan y proclama como inevitable. El documento pasa luego a apuntar cómo las tecnologías que subyacen a esa nueva revolución, que incluyen la Internet de las cosas (IoT), la inteligencia artificial, el Big Data y el ‘blockchain’, podrían tener un impacto considerable en 10 de los ODS y el 70% los 169 retos específicos relacionados. El argumento es que su uso podría resultar en una mayor productividad y transparencia, así como en mejoras en la toma de decisiones, en facilitar el tránsito a organizaciones más descentralizadas y en hacer posible una mayor trazabilidad y responsabilidad en la actuación de los stakeholders.

Parece un razonamiento impecable, pero dista mucho de serlo. En primer lugar, porque hay un contraste radical entre los mensajes de la maquinaria de publicidad y relaciones públicas de las empresas del sector tecnológico, que glosan los beneficios potenciales del uso de sus productos y servicios, y los compromisos que estas empresas asumen con sus clientes al respecto de cómo estos beneficios se materializan. En consonancia con una práctica generalizada del sector, que no cabe de ningún modo atribuir a un ejercicio de modestia, la licencia de uso de Google estipula no ofrecer garantía alguna en relación con el contenido de sus servicios, sus funciones específicas, su fiabilidad, su disponibilidad ni su capacidad para satisfacer ninguna necesidad concreta de sus usuarios. Añadiendo que la empresa no se hace tampoco responsable de ninguna pérdida o daño derivados del uso de sus servicios, a menos que fueran previsibles de forma razonable.

Requiere muy poco esfuerzo encontrar casos similares al de Google en los productos digitales que usamos a diario. Resulta pues obligado concluir que, en líneas generales, el comportamiento de las empresas del sector dista mucho de ser socialmente responsable. De hecho, el documento del WEF reconoce que a medida que se acelera la potencia y la escala de las nuevas tecnologías, no resulta sostenible mantener la política de escasa o nula intervención al respecto de su impacto social, debido a que tendría “consecuencias potencialmente catastróficas”. Ahora bien, desde su particular punto de vista, el problema es que el ritmo del progreso tecnológico desborda el de la gobernanza y la regulación. Proponen por ello que sea el sector público el que se adapte, adoptando prácticas ágiles equivalentes a las del sector tecnológico, de modo que el ritmo de la innovación no se reduzca de forma innecesaria.

Es un enfoque discutible. Uno de los motivos por los que el ritmo de innovación digital es tan acelerado es que las empresas tecnológicas consideran más prioritario anticiparse a la competencia que velar por la protección de sus clientes. Proponer que los reguladores adopten prácticas similares es del todo inapropiado; la regulación no puede estar “en fase beta” de modo permanente. Lo sensato sería pues que fueran las empresas tecnológicas las responsables de liderar y gestionar el esfuerzo de prever y valorar los riesgos derivados de la adopción de sus productos, así como de tomar precauciones equivalentes a las que se adoptan en el sector farmacéutico antes de introducir un nuevo medicamento.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible son hoy necesarios como consecuencia, por lo menos en parte, de carencias en la gobernanza global del desarrollo industrial de las últimas décadas. Es razonable confiar en que las tecnologías digitales puedan ayudar a que estos objetivos sean más accesibles. Pero su aplicación sin una gobernanza digital apropiada generará nuevas realidades insostenibles. Por eso tendría pleno sentido reconocer como ODS#18 el reto de una gobernanza sostenible de la Cuarta Revolución Industrial. Diseñarla y ponerla en práctica no será fácil; por eso mismo el nuevo ODS#18 es necesario.

 

[i] Ver, por ejemplo, el informe de PwC “Creating a strategy for a better world”, accesible en https://www.pwc.com/gx/en/sustainability/SDG/sdg-2019.pdf

[ii] “Unlocking Technology for the Global Goals”, World Economic Forum, Enero 2020, accesible en https://www.weforum.org/reports/unlocking-technology-for-the-global-goals

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