En la actualidad vivimos rodeados de algoritmos que, en principio, nos ayudan en la toma de decisiones, tanto circunstanciales como esenciales, que definen nuestros diferentes ciclos vitales. Si tecleamos en uno de los mayores buscadores de Internet, “definición de algoritmo” nos ofrece más de 4,5 millones de resultados lo que nos indica no solo el interés ciudadano por esta búsqueda sino lo controvertido del término. Cada vez estamos más inmersos en la cultura del algoritmo aunque no seamos conscientes de ello. Las redes sociales y en especial Twitter, Instagram y Facebook, deben gran parte de su funcionamiento a sus algoritmos que orientan a los usuarios de estas herramientas.
La ética de los algoritmos

La inmersión social en los algoritmos está facilitando que el contexto técnico  vaya poco a poco permeándose en el contexto social especialmente a partir de la explosión de las redes sociales. En el pasado, tecnología y sociedad caminaban a prudencial distancia. En la actualidad cada vez están más próximos y esta relación nos fuerza a estar pendientes del comportamiento ético al que nos inducen los algoritmos. Es necesario tenerlos en cuenta porque de alguna forma intervienen en la toma de decisiones personales, en un primer momento orientándonos al consumo y al mercado sin embargo si no estamos atentos a su desarrollo y funcionamiento no pasará mucho tiempo sin que los algoritmos pretendan ayudarnos en otro tipo de decisiones tales como la preeminencia de estilos artísticos, fortalecimiento de ideologías políticas, etc. Este planteamiento nos fuerza a reflexionar sobre  lo correcto y lo incorrecto de las decisiones que tomamos influidos por las máquinas. En último término un algoritmo no es más que un conjunto de líneas de programación proyectadas por grandes corporaciones. Las consultas que realizamos en el buscador de una red social y los enlaces que pulsamos (y los que no) ofrecen pautas sobre, nuestros intereses culturales (o no), nuestros deseos, nuestros movimientos, etc. y este cúmulo de informaciones son analizados por los algoritmos para predecir nuestro potencial como seres humanos.

De entre el elenco de funcionalidades que nos ofrecen las redes sociales hay una que destaca como es, la posibilidad de incrementar el mundo relacional de cada participante. Así, un usuario de redes sociales desde el primer momento va a sentir como su mundo de relaciones, hasta ese momento analógico, se enriquece con la socialización digital. Si aceptamos que las relaciones sociales son el elemento que más favorece el desarrollo de los individuos, estas herramientas  tienen un atractivo de tal magnitud que todos los integrantes de una red social están dispuestos a ofrecer sus datos a cambio de nada pasando de usuarios de una aplicación a generadores de información. Cualquier acción que reflejemos en nuestra cuenta de una red social quedará inmediatamente registrada y los algoritmos se aprovechan de este caudal de referencias para categorizarnos, agruparnos, clasificarnos y proporcionarnos la solución que mejor se adapte a los ítems que graciosamente hemos ido introduciendo con nuestra participación en sus sistemas.

Un algoritmo puede procesar en milésimas de segundo una cantidad ingente de información y ofrecernos una propuesta aparentemente limpia e imparcial. La oferta que nos hace el algoritmo se asemeja a un demiurgo que moviese nuestra voluntad. Sin embargo, esa decisión no tiene por qué ser objetiva. Los algoritmos pueden ser tan subjetivos como las empresas que los han programado deseen  en la búsqueda de su beneficio económico. Su potencia es tal que pueden llegar a tener suficiente capacidad para modelar una situación del mundo real. Los algoritmos igualmente, tienden hacia la simplificación de las relaciones sociales y como estos no pueden procesar absolutamente todos los datos que acompañan a nuestro devenir cotidiano, eliminan aquellos que no consideran relevantes sustituyendo los más difíciles de obtener por los más simples. Con este comportamiento programado, su influencia sobre nuestra capacidad de decidir queda condicionada por los datos más sencillos de obtener. La decisión que propone el algoritmo es un veredicto que no tenemos posibilidad de cuestionar puesto que se nutre de nuestras informaciones más personales y privadas lo que provoca la disolución de la intimidad personal. Esta nueva extimidad puede tener importantes consecuencias dado que detrás de los algoritmos están las empresas más poderosas del planeta: Apple, Google, Microsoft, Facebook y Amazon.

¿Intervenir en los algoritmos a través de aportaciones y creaciones de identidades digitales fuertes puede permitir que esta herramienta entienda mejor nuestros propios sesgos y nos ofrezca resultados más acordes con nosotros mismos en contraposición con las mercantilistas propuestas que nos ofrece en la actualidad? Es una cuestión pendiente dado que, en este momento, desconocemos si las líneas de programación que constituyen los algoritmos lo van a permitir pero si fuese así esto posibilitaría procesos de aculturación social que hiciesen de estas herramientas algo menos alienante y comercial para transformarse en un instrumento de difusión del conocimiento.

Sí, se ha abierto una nueva era para las ciencias sociales.

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