La Responsabilidad Social Corporativa podría alcanzar en el mundo laboral lo que la educación ha logrado en el transcurso de los siglos en el ámbito personal. Organizaciones construidas con seres humanos más empáticos, eficientes, generosos, asertivos, honestos, realistas y eficaces.
Permítanme mi increduliad

Hoy veía a una mujer teclear su ordenador con una rabia, un nerviosismo y una impotencia desmesuradas. Sus pies botaban sobre el suelo como si estuvieran poseídos por un centenar de saltamontes. Era la hora de comer de un viernes a mediados de un caluroso mes de julio. Y pensaba: ¡Esto no puede seguir así!

Vivimos en la insatisfacción continuada. Lo queremos todo ya y aquí. Aunque ya y aquí signifique mal y de perfil. Educamos en la competitividad: “tienes que hacer más, tienes que tener más, tienes que ser más que el otro.” Valoramos a las personas por las posesiones materiales que aglutinan a lo largo de su vida, en vez del legado que dejan en el corazón de otras personas.

El verbo dar ya no se conjuga, la bondad es el nombre de un restaurante, no se trabaja por servir a los demás, sino por alcanzar el éxito personal y el respeto es un término que se utiliza para campañas publicitarias, en vez de en el código deontológico de una institución.

Seguimos dividiendo céntimos y euros para demostrar nuestro valor empresarial, en vez de transformar, crear e invertir en desarrollo, creatividad e innovación.

Ya no creamos grupo, ya no nos sentamos frente al otro y lo escuchamos hablar, ni realizamos ‘tormentas de ideas’ en las que poder dialogar.

Nos queda tanto camino por andar dentro de la Responsabilidad Social Corporativa en el mundo empresarial que se me antoja una travesía larga y costosa.

Pensaran que soy ingenuo, idealista o pesimista. Tengo un poco de todo, no les voy a engañar. Como dijo Gabriel Celaya en su poema ‘Educar’: Un poco de marino, un poco de pirata, un poco de poeta. Mi experiencia me delata.

Ahí está la base de toda la Educación. Tenemos que reeducar nuestra conciencia, nuestra mente, nuestros comportamientos y nuestros valores. Ellos son los que sustentan a las personas, que son las que forjan las empresas. No lo olviden.

Ninguna empresa es perfecta en esta vida, yo tampoco lo soy. Así que podría estar equivocado en mi exposición, no lo niego.

¿Qué es la perfección? Tan solo una palabra aprendida a base de insistencia o la correlación de hechos consumados. No sabría decir. Lo perfecto no es lo normal. Tengo claro que somos imperfectos, como las compañías, sí, aunque nos empeñemos en disimularlo, enmascararlo y disfrazarlo. Si los que dicen ser perfectos supieran lo equivocados que están, serían imperfectos, aunque solo fuera por llevar la razón.

Lo mismo sucede con la Responsabilidad Social Corporativa. Si todas las empresas que dicen llevarla a cabo lo realizaran no como una campaña de publicidad y marketing, sino como una palanca de cambio y concienciación, otro viento soplaría en el ámbito laboral.

La Responsabilidad Social Corporativa podría alcanzar en el mundo laboral lo que la educación ha logrado en el transcurso de los siglos en el ámbito personal. Organizaciones construidas con seres humanos más empáticos, eficientes, generosos, asertivos, honestos, realistas y eficaces.

El viaje va a ser arduo, duro y no exento de obstáculos. Pero nuestra sociedad está preparada y poseemos todas las herramientas para hacerlo. La vuelta de valores como la responsabilidad, la lealtad, la fidelidad, la capacidad de sufrimiento, la constancia, el trabajo en equipo, la competencia, el respeto, la creatividad, el servicio a los demás y la bondad son la catapulta de este cambio.

No pasa nada por equivocarse, no pasa nada por errar, no pasa nada por fracasar. Nuestros miedos no pueden atenazar o inmovilizarnos y maniatarlos.

Debemos hacer un ejercicio de profunda introspección y recogimiento y reencontrarnos para empezar a comprender la importancia de la Responsabilidad Social Corporativa en el desarrollo y evolución del sistema empresarial dentro de nuestra sociedad. Sería de necio, irresponsable e ignorante no hacerlo. Alguien que ha perdido su pequeña o mediana empresa, su compañía o su multinacional por no cuidar a sus empleados, con condiciones laborares pésimas (horarios, salarios y medidas de seguridad), por no servir a sus clientes que son los que dirigen realmente, por no cuidar el medio ambiente o por solo ver sus cuentas de resultados, en vez de observar los informes de gastos. Pero lamentablemente estas experiencias siguen sin hacernos recapacitar sobre la importancia de un nuevo rumbo en este ámbito.

Para preservar este tejido empresarial a largo plazo, no pretendamos repetir comportamientos, actitudes y aptitudes anteriores, sino anticiparnos a ellos para que la volatilidad de nuestra evolución sea una oportunidad en nuestro futuro desarrollo. Al final si seguimos nadando a contracorriente, pereceremos en la orilla. Y si, al contrario, fluimos y nos sumergimos en esta sociedad avanzada, comenzaremos a pedir perdón a la incredulidad, en vez de pedirle permiso.

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