Hace aproximadamente cinco años, en una multitudinaria marcha en Madrid, una gran pancarta rezaba el lema “Sin Ciencia no hay Futuro”. Ese mismo mensaje, sin apenas cambios, encabezaba una nueva manifestación tres años después. Las calles por las que discurría eran otras, pero la situación de la investigación en nuestro país era exactamente la misma: muy preocupante.
Responsabilidad para que la ciencia tenga futuro

Me permitirán que plantee que no estoy del todo de acuerdo con el mensaje defendido en ambas marchas. Sin Ciencia, evidentemente, sí hay futuro. Pero es un futuro en minúsculas, profundamente injusto y, seguramente, doloroso. La Ciencia no es la única forma de conocimiento válido y fiable pero, sin duda, es la que nos permite afrontar los nuevos retos a los que se enfrenta nuestra sociedad de una forma más adaptativa. Si a ello le sumásemos la posibilidad de que la Filosofía adquiera el protagonismo que las redes sociales y lo inmediato le han robado, entonces me atrevería a pronosticar que el éxito está prácticamente asegurado.

Investigar significa, sobre todo, trabajar en el umbral del conocimiento, en ese tránsito hacia lo desconocido que nos abre nuevas posibilidades. Consiste, en términos de Wittgenstein, en incorporar nuevos hechos al mundo. El método, como en casi todos los ordenes de la vida, se torna fundamental para preservar la esencia de la Ciencia: replicación de los resultados, medidas objetivas y conclusiones independientes.

Y aquí empiezan los problemas. Si nuestro análisis se limita a lo que ocurre en nuestro país, diremos que la investigación científica está escasamente financiada por las administraciones públicas y privadas; una comparativa con los países de nuestro entorno nos sitúa en una posición de debilidad frente a estos, dejando manifiestamente claro que la Ciencia no es algo que preocupe demasiado a nuestros políticos. Tampoco al resto de ciudadanos; la Ciencia no nos importa. En el último barómetro publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) con fecha de junio de 2019, la “falta de inversión en industrias e I+D” aparece en los últimos lugares en lo que se refiere a los principales problemas que existen actualmente en España. Por encima, asuntos como el paro, la vivienda, la subida del IVA o la inseguridad ciudadana ocupan las angustias de una población que, a día de hoy, no es consciente de que quien cura las enfermedades no son los médicos, sino que esa responsabilidad es de los científicos.

Responsabilidad. Por parte de quienes nos gobiernan, de quienes con sus impuestos financian el estado del bienestar que disfrutamos y, por supuesto, de los científicos. Es necesario, en mi opinión, poner el foco en este último colectivo. No podemos reclamar un incremento en la financiación de la investigación si antes reflexionar sobre la forma en la que hacemos Ciencia. No podemos manifestarnos por una mejora de la financiación de las universidades públicas (que es dónde se realiza la mayor parte de la investigación en nuestro país) si no abordamos el tema de la endogamia universitaria, de la mediocridad de los proyectos de investigación, de la falta de capacidad de muchos de los que se dedican a la I+D+i, etc. Tenemos que hablar, y resolver, el tema de las publicaciones científicas: generamos mucho papel (España es uno de los principales productores de artículos) pero muy poco conocimiento. El curriculum vitae es un curriculum al peso, es decir, no importa si has sido (o no) capaz de avanzar por el umbral al que antes hacía referencia; lo importante es si has publicado cuatro, cinco o veinte artículos al año. Tampoco importa si los datos que contiene son verdaderos. Recordemos que la replicación de los resultados es una de las máximas del método científico. Desde hace tres años, sabemos que un porcentaje muy alto de científicos (alrededor del 70%) no son capaces de obtener los mismos resultados que otros grupos de investigación. En otras palabras, siguiendo al pie de la letra el protocolo para replicar un determinado resultado, en la mayor parte de los casos se obtienen cosas diferentes. Les pondré un ejemplo: si dejo caer una piedra desde lo alto de un tejado en Madrid, la piedra, de acuerdo a la ley de la gravedad, caerá. Y lo mismo tiene que ocurrir si lo repito en un tejado de Bombay, Nueva York o Lima. Siempre obtendré el mismo resultado, replicaré el resultado obtenido en mi primer ensayo en Madrid. Esto es lo que, en la actualidad, no está ocurriendo en la investigación científica (no solo en nuestro país, desgraciadamente es un fenómeno global). No les estoy desvelando nada nuevo; en el mundo académico, científico, todos estos problemas (endogamia, crisis en la replicación de los resultados, etc), son conocidos y a la vez negados ante la opinión pública. Los científicos no mienten. Y los Reyes Magos no son los padres.

Sin Ciencia no hay un buen Futuro. O, al menos, no hay un futuro esperanzador. Para que esto sea así se necesita una mayor conciencia de la importancia de la investigación científica por parte de la sociedad civil, una inversión más razonada (y razonable) de los programas de investigación, una reorganización de las fundaciones privadas que fomenten la investigación en las fronteras del conocimiento y den un cierto protagonismo a l@s jóvenes científic@s, una profunda reflexión sobre la situación de la universidad española y la necesidad de reestructurarla. Y, sobre todo, una mayor responsabilidad por parte de la comunidad científica que le permita liderar todo este proceso y así evitar que sean otros los que tengan que tomar medidas. Desde el Laboratorio de Neurociencia Elena Pessino Gómez del Campo tratamos de aportar nuestro conocimiento y nuestro trabajo para conseguir estos objetivos, desarrollando proyectos en las denominadas fronteras del conocimiento que tengan un claro impacto en la sociedad civil, fomentando la divulgación entre los más pequeños a través del programa de “Científico por un día”, trabajando por la igualdad de la mujer mediante la creación de programas de formación predoctorales nacionales e internacionales y, sobre todo, entendiendo y defendiendo la Ciencia como uno de los motores de cambio más importantes de una sociedad.

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