Ernesto Sábato, que era un hombre sabio, nos dejo una hermosa reflexión cuando escribió que “hay una manera de contribuir al cambio, y es no resignarse”. En eso deberíamos estar, y no en preocupaciones estériles que se agotan en si mismas y nos llevan a ninguna parte. Muchas veces olvidamos que el mundo no se acaba en el lugar donde alcanzan nuestros ojos: siempre hay un horizonte más allá y lo importante es perseguirlo honestamente, o intentarlo al menos, y no es fácil.
El pasado es pretérito

Ahora vivimos tiempos en los que somos adictos a la envidia, a la nivelación por abajo, a la denigración, a lo zafio. Los programas de algunas televisiones son paradigma de vulgaridad y basura. La admiración -y mucho más la veneración- se han quedado anticuadas. Como dice Steiner, vivimos en la era de la irreverencia. Ser cabal parece privilegio de muy pocos. Al hilo de las “fake news” se imponen el fraude y el engaño, y no solo en lo económico. La mentira se apodera de las relaciones sociales y personales, y hace mangas y capirotes en la política y en el universo de los negocios. Un panorama fruto del descreimiento generalizado, de la desafección, de la falta de confianza en las empresas e instituciones y de la poca ilusión por el futuro que nos aguarda a los seres humanos, empeñados como estamos en vivir el presente sin perspectiva histórica, y así nos va.

Desde hace algunos años nos encontramos inmersos en una profunda crisis de la ética, singularmente en el mundo de las empresas. Han desaparecido los criterios de identidad -la llamada cultura de empresa- en el seno de las organizaciones y se multiplican los escándalos. En los últimos tiempos (décadas de los setenta y ochenta, y algo más), comenzamos a confundir y cambiar todos los valores por resultados inmediatos. Y, con preocupante ceguera, algunas empresas y, sobre todo, sus dirigentes se dedicaron a pensar solo en el corto plazo. Lo único importante era enriquecerse a toda costa y en un breve lapso de tiempo. Aparece el concepto de "capital impaciente" y, como consecuencia inmediata, algunos directivos se vuelven indecentes. Los resultados estaban en el precio de los títulos: "Comprar y vender acciones en un mercado abierto y fluido redituaba más rápidamente -y con más abundancia- que el mantener los valores accionarios durante un tiempo prolongado" (R. Sennett, 2006).

Aparece un despropósito llamado "contabilidad creativa", un eufemismo inventado para dulcificar/justificar los engaños y los fraudes en las empresas e instituciones; y el centro del escenario lo ocupa un altar donde se rinde culto al líder y se glorifica a los CEO, a los máximos ejecutivos de las empresas, que cobran sueldos y "bonus" indecentes y a quienes siempre se atribuyen los éxitos pero nunca los fracasos. Vanidad, codicia, enriquecimiento injusto, pasión desenfrenada por la imagen y un sinfín de adornos/adobos parecidos transforman a muchos de los dirigentes empresariales (también a los políticos) en casos dignos de estudio psicopatológico. Los que arruinaron las empresas o los proyectos que se les confiaron -y eso es una constante humana- no solo se creyeron indestructibles y poseedores de la verdad absoluta, sino que además estaban convencidos de que lo hacían muy bien.

Vivimos en medio de una crisis (no solo económica) sin demasiados precedentes históricos, seguramente más profunda de lo que aparenta, con la opinión pública y las redes sociales como fuerzas emergentes de gran y discutida influencia; con instituciones claves como la religión, la política o la educación que necesitan redefinirse y encontrar su asiento y su lugar; nos apasiona (y en ocasiones nos constriñe) la realidad de la discutida globalización; la amenaza del terrorismo nos agota tanto como el desgarrador desempleo y nos preocupa el problema, nunca resuelto, de la emigración y de los refugiados. Además, desde hace años conviven entre nosotros, como algo natural e inevitable, dos lacras: corrupción y desigualdad.

Con este panorama, cuesta creer que sea posible para las empresas mantenerse en el futuro cómodamente y sin compromisos externos. En esta nueva época hay un fondo de trascendencia histórica y las empresas -y sus dirigentes- tienen que jugar, quieran o no, un rol protagonista en el desarrollo económico y en la propia estabilidad social. Si la auténtica democracia nos ayuda a fusionar justicia y libertad, para seguir progresando en paz debemos encontrar -como reclamó el Papa Francisco en la tribuna del Congreso de Estados Unidos- "nuevas formas de consenso social". Necesitamos recuperar formulas y alianzas público/privadas de cooperación que contribuyan al desarrollo y luchen contra la pobreza. Y los poderosos (y también los que no lo son), además de practicar la solidaridad, deberían ejercitarse para aceptar una exigencia universal que a todos nos compromete: la subsidiariedad, dar sin perder y recibir sin quitar.

Parece fuera de discusión que lo que hoy entendemos por empresa es una institución que, según las épocas, se ha configurado y afirmado de acuerdo con los plurales intereses de cada momento histórico y ha transitado por regímenes totalitarios de fuerte intervencionismo estatal, por planteamientos neocapitalistas y, en algunos momentos, por diferentes etapas de nacionalizaciones y/o privatizaciones.

Hoy, la empresa es una organización social de singular importancia para la producción de bienes y servicios que tiene una específica finalidad económica y adecuada ordenación legal dentro del sistema jurídico del moderno Estado capitalista y posliberal. También hoy, en pleno siglo XXI, la empresa tiene un marcado carácter social y una creciente presencia de los que, seguramente, ni debe ni va a poder desprenderse. Desde la caída del muro de Berlín y la desaparición del telón de acero, la combinación de libre mercado y democracia liberal han conseguido afianzar el prestigio de la empresa, reservándole un rol protagonista en la cultura política y económica de nuestro tiempo.

Eso no significa, naturalmente, que la empresa deba hacer el trabajo que compete a los gobiernos, de la misma forma que los poderes públicos no deberían intentar las tareas que corresponden a las empresas. Los objetivos de unos y otras son diferentes, o deberían serlo, pero esa es una discusión que, probablemente, no tenga final. Estamos reflexionando todavía sobre qué es la empresa, cuáles son sus objetivos, cómo se entiende su presencia en la sociedad y, en consecuencia, cómo deben interrelacionarse las legítimas aspiraciones de todos los "stakeholders" (de los "afectados", según los llama Adela Cortina) con los también legítimos objetivos e intereses de la propia empresa, sea cual fuere su tamaño y actividad. La respuesta a estas preguntas nos conduce sin remisión a la política de Responsabilidad Social de cada institución, a su propia definición y a su integración en la estrategia corporativa; en definitiva, a diseñar un plan de RS "ad hoc" para cada empresa, según sus peculiares circunstancias y sus singulares características. Un plan que, para ser creíble, tiene que nacer desde dentro, y debe redactarse y ejecutarse con las ayudas que sean precisas, pero sin la participación interesada de mercenarios a sueldo. Sin darnos cuenta, estamos viviendo, y padeciendo, una competitiva época de convulsión, y aun de confusión, en la que los humanos no encontramos soluciones y atesoramos una sola convicción: la propia certeza de la incertidumbre.

Mientras, los medios de comunicación nos acercan cada día noticias trufadas de sonoros y malditos escándalos protagonizados, en la mayoría de las ocasiones, por empresas que decían ser el paradigma mundial del bien hacer y nos engañaban; por los máximos ejecutivos de grandes y pequeñas corporaciones, por políticos corruptos y por delincuentes de "guante blanco", aunque el engaño, la falsedad y el fraude no son en modo alguno patrimonio de las multinacionales, de sus dirigentes o de los gobernantes, ni en exclusiva de este tiempo: la historia siempre se repite.

El ejemplo, el buen ejemplo, es un modelo de comportamiento, personal y profesional, que debería exigirse a todos los que trabajan en una empresa o en cualquier institución, más cuando se sirven los intereses públicos. Ante la creciente pérdida de confianza en dirigentes, empresas e instituciones, aparece la transparencia como un "nuevo imperativo social" (Byung Chul- Han). Rendir cuentas nunca es una humillación sino una obligación y una señal de respeto, y quien ostenta el poder es siempre tributario de responsabilidad. La empresa, y sus dirigentes, como también los líderes políticos (que se olvidaron de ofrecernos los ideales que no tienen), deben ser protagonistas principales en la creación de la consciencia del mundo actual y en la construcción de un camino de ida y vuelta que nos dirija, como los ciudadanos anhelan, hacia el progreso común y a un modelo de desarrollo que nos libere de iniquidades y satisfaga las necesidades humanas. Muchos estamos convencidos de que esa ruta -sin atajos y sin precipicios- pasa por la responsabilidad social, la estrategia imprescindible para conseguir el ideal de un mundo diferente, más justo y mejor.

Y ello es posible porque no es mala la empresa o la institución en sí misma. Es mala cuando transubstancia mal. Las buenas empresas transubstancian bien, antes, durante y después de la crisis: crean cultura buena, los vicios individuales se convierten en bienes colectivos, el propósito en acción y en compromiso, la debilidad en fuerza, las palabras en hechos y el ejemplo en santo y seña…

Y no solo de empresas se trata. La necesidad de un quehacer comprometido y responsable (no otra cosa es lo que llamamos Responsabilidad Social se extiende hoy a empresas, organizaciones y ciudadanos. Estamos ya en la Era de la nueva Responsabilidad Social, de la RS como estrategia, como auténtica respuesta global. El compromiso no es tarea exclusiva de las grandes corporaciones; también lo es de personas e instituciones, y la solidaridad un deber y una obligación de todos y cada uno de nosotros, como nos recuerda el artículo 29 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y ya no caben excusas: junto a la necesaria revolución ética, los 17 Objetivos del Desarrollo Sostenible, aprobados por Naciones Unidas, son nuestro horizonte universal y solidario hasta el 2030.

Porque la ética no es otra cosa que cumplir, desde la dignidad y el compromiso, con lo que deba hacerse en cada momento; la búsqueda de normas relativas a un "aquí" y "ahora"; de valores cuyo ejercicio también nos legitima: democracia, libertad, decencia, igualdad, fraternidad, solidaridad... La nueva ética de los negocios demanda que los hechos no se conviertan en retórica, ni el bien común en ambiciones personales, y exige el ejemplo constante de los dirigentes empresariales. El ejemplo fortalece la respetabilidad, multiplica la buena reputación y es causa suficiente -aunque no sea la única- para que crezca la satisfacción de los "stakeholders" y genere una espiral con influencia en la dinámica positiva de la empresa. Una institución o un dirigente ejemplares, además de hacer cumplir las leyes y cuantas obligaciones se derivan de ellas, son siempre modelos hacia el exterior y causa de regeneración interior. "Di lo que debes, y haz siempre lo que dices", escribió Seneca, y a ese comportamiento se le llama coherencia.

Hay que variar conductas, valores y comportamientos, especialmente comportamientos inertes que que nos atan al pasado y y nos arrastran al agotamiento. La metamorfosis se hace necesaria, imprescindible para seguir. Hay que huir de “commodities” y aprender a gestionar la empresa y las organizaciones “ex novo”, con pilares que no se rompan; pensando en las personas, rechazando a los lideres solitarios y presumidos que se miran el ombligo desde su periférica ceguera. Hay que incorporar a nuestras vidas liderazgo solidario y compartido, adobado con grandes dosis de multiculturalidad y los necesarios apoyos multilaterales. El nosotros tiene que acabar imponiéndose al yo individualista que hundió sus raíces en el dinero como conseguidor de todas las cosas. Ya no cabe retroceso. Vivimos una nueva Era, y aunque no sepamos lo que encontraremos mas allá del horizonte, merecerá la pena porque, como escribió Luis Cernuda, “Nadie enseña lo que importa/ Que eso lo ha de aprender el hombre/ Por sí solo”.

(Este texto ha sido mi contribución al libro coordinado por David Lafuente '9 necesarios debates sobre la responsabilidad social')

 

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