Algunos creemos que la solución a muchos de los males que nos aquejan está donde siempre ha estado: en la sabiduría y en las Universidades, en el saber y en el conocimiento. Es decir, en la Educación, que constituye, como afirma Nuccio Ordine, “el líquido amniótico ideal” en el que las ideas de democracia, libertad, justicia, igualdad, ciudadanía, derecho a la crítica, solidaridad, tolerancia y bien común –que no es público ni tampoco privado– pueden experimentar un vigoroso desarrollo.
Señora ministra, señor ministro...

Y ese bien común llamado Educación es un asunto que importa a toda la “tribu” y, por tanto, deberíamos ser capaces de convertirla en un objetivo estratégico en el actual mundo digital: solo desde la cultura y el conocimiento nos hacemos más sabios, más libres, más justos y más ciudadanos. Las organizaciones –sobre todo las empresas líderes– tienen que ser capaces (por convicción y como garantía de supervivencia) de institucionalizar procesos de aprendizaje para conseguir que el talento no quede ahogado por las burocracias. Es absolutamente necesario, y en eso nos jugamos el futuro, que colegios, institutos, universidades y empresas se acerquen y sean capaces de desarrollar proyectos en común. Existe un ámbito clave en la necesaria colaboración de la universidad con la empresa: la investigación, que va más allá de la formación y, a la larga, tiene un impacto mayor en la Sociedad. La investigación es el gran capítulo pendiente en la colaboración entre lo público y lo privado, tanto por culpa de las empresas como de la Administración. Pero la gran revolución tiene que hacerse en los colegios, en la enseñanza primaria y, sobre todo, en la secundaria. Colegios, escuelas e institutos y centros de FP tienen que ser las atarazanas donde eduquemos a las personas, hombres y mujeres, para hacer muchas cosas y ostentar autoridad al final de ese camino formador que nunca se agota: liderar empresas e instituciones, administrar justicia, ser referentes de opinión, escribir, abrazar las artes y, en definitiva, contribuir al progreso y a construir honradamente un mundo mejor.

Afortunadamente, hoy muchos educadores apuestan –no sin esfuerzo– por formar personas con criterio, sensibilidad y convicciones. Es decir, con valores. Ese es un desafío: formar a los jóvenes para que sean capaces de traducir su saber en un constante ejercicio crítico porque, como ha escrito el Profesor Ordine, “en el aula de un instituto o de un centro universitario, un estudiante todavía puede aprender que con el dinero se compra todo (incluyendo parlamentarios y juicios, poder y éxito) pero no el conocimiento: porque el saber es el fruto de una fatigosa conquista y de un esfuerzo individual que nadie puede realizar en nuestro lugar”. Los valores, sobre todo, se contagian, como el ejemplo, que tiene un enorme valor pedagógico. No deberíamos olvidar que la buena escuela no la hacen las “tablets” sino los buenos profesores, y en ellos (y en su formación) debemos invertir generosamente. Los países ricos lo son porque supieron invertir en educación; otras naciones, con dirigentes más torpes, esperamos equivocadamente a ser ricos para destinar recursos a la Educación...

Y ya no hay “paraíso del tonto solemne”, como escribiera Nicanor Parra. Ha llegado la hora del cambio: además de capacitar, de educar y de fomentar el estudio y la investigación, la Universidad debe ser, tiene que ser, desde la independencia, la conciencia cívica, ética y social de los ciudadanos. Vivimos en la sociedad de la información, pero no sé si en la sociedad del conocimiento. El conocimiento siempre fue el bien central de las Universidades, la tarea heroica y hercúlea que describió Weber en “La ciencia como profesión”. Siempre ha sido y siempre va a seguir siendo difícil. Pero no queda otro camino porque, no lo olvidemos, liderar es también educar.

La Universidad líder debe ser capaz de vivir de la Verdad y para la Verdad, y ayudar a los seres humanos a reforzar los fundamentos morales y éticos de una sociedad que se ha hecho frágil y temerosa. Todos nos debemos a la búsqueda de la Verdad y de la moralidad que va unida a la Verdad, los grandes fundamentos, junto a la crítica, del progreso de Occidente. Y sin libertad de pensamiento, como nos advierte Emilio LLedó, la libertad de expresión se degrada porque solo sirve para decir tonterías.

Como decía Sábato, sufrimos hoy una crisis de concepción del mundo y de la vida basada en la deificación o idolatrización de la técnica y de ciertas explotaciones inhumanas. Hay que volver a la recuperación de los valores, de la ética limitadora de los descontroles, a la mejor Educación, la fuerza espiritual que hace grandes a personas y pueblos, y que debe liderar el cambio huyendo de privilegios, luchando contra la corrupción y ofreciendo verdadera igualdad de oportunidades. Porque, como escribió la Nobel Wistawa Syymborska, “a fin de cuentas/ lo que hay es ignorancia de la ignorancia/ y manos ocupadas en lavarse las manos”.

Juan Jose Almagro

Junio 2018

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