Hace unos días hemos clausurado en la Facultad de Ciencias Empresariales de Málaga, el II Taller de ética empresarial. Esta iniciativa surge en gran parte, por la inquietud de los propios estudiantes. Al finalizar una de las sesiones de trabajo en el taller, me decían algunos participantes: “Esto debiera ser obligatorio para todos. No podemos salir de la universidad sin haber recibido esta formación”.
Dirigir una empresa requiere técnica, pero también humanidad

Y no les falta razón, porque información tienen mucha, sin embargo su formación escasea. Mucho dato y muy poco criterio; mucha información y muy poca reflexión.

Las empresas, ante una misma cualificación profesional, se fijan en las competencias transversales, en esos valores que darán un valor añadido al desempeño de sus tareas en la empresa. Es fácil encontrar profesionales altamente cualificados, pero en cierto sentido, incompletos. Y es que la dirección de empresas, el estar al frente de una organización de personas que trabajan en servicio de otras personas, precisa técnica y humanidad al propio tiempo.

Una buena dirección deberá integrar bien estos dos aspectos, intrínsecamente unidos. Se apuesta por el especialista cualificado y se olvida la persona. Esto cambia en el momento en que devolvemos el valor a los valores. Esto no es nuevo, ya Sócrates reflexionaba sobre la importancia de las virtudes en el desempeño del trabajo. De Ortega y Gasset aprendí que la mente no es un recipiente que hay que llenar sino una luz que hay que encender. Es la reflexión lo que diferencia a una persona culta de una persona sabia. Mucha estadística y muy poca reflexión encontramos ahora; nos centramos en los datos. Y el Big data nos puede llevar, apenas sin darnos cuenta, a una mayor deshumanización.

¿Qué se espera de un profesional al frente de una empresa? Que sea un líder ético; un líder capaz de hacer otros líderes, sacando la mejor versión de las personas que con él trabajan, y ético en el sentido de actuar conforme a unos valores universalmente aceptados, que debidamente gestionados permitirán ver a la persona que hay en cada puesto de trabajo, ver a la persona afectada por cada decisión tomada, ver al fin y al cabo que la empresa es mucho más que un ente generador de renta, porque esto será, no el objetivo, sino la consecuencia de un buen hacer.

Esto es lo que la sociedad demanda, esto es lo que la empresa necesita y esto es lo que la universidad tiene la responsabilidad de ofrecer: una formación íntegra del profesional: técnica, científica, rigurosa, pero a la vez humanística. Porque de otra manera, sería incompleta. Es responsabilidad de la universidad formar a profesionales responsables cuyas decisiones no concluyen en términos puramente cuantitativos.

El auténtico líder crea una cultura empresarial responsable y cimentada en valores, integrando criterios económicos y éticos en sus decisiones. Su integridad profesional y personal garantiza el respeto a la persona y al bien común.

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