El Quijote ya nos advertía de que del dicho al hecho hay gran trecho. ¿Hasta qué punto es coherente lo que nos explican las empresas sobre sus programas de Responsabilidad Social y lo que hacen realmente? ¿Hasta qué punto son fiables los Informes de Sostenibilidad y otras herramientas de comunicación que utilizan las empresas para presentarse en el mercado? Traigo a colación un ejemplo extremo que, por otra parte, no corresponde a nuestra cultura occidental: Los Emiratos Árabes quieren que las empresas dediquen como mínimo 100 millones de dólares a obras humanitarias o donaciones en especie, y los resultados se publicarán en el informe anual de la RSE Nacional en junio 2018. Es una decisión que se ha adoptado después de que 2017 haya sido "El Año de Dar".
Sin coherencia no puede haber RSE

Me ha llamado poderosamente la atención que los Emiratos Árabes hablen de la RSC Nacional, puesto que se trata de una organización que, entre otras cosas,

  • carece de instituciones elegidas democráticamente;
  • carece de partidos políticos;
  • tiene diversos problemas relacionados con la trata de personas;
  • tienen limitados los derechos en libertad de expresión y de prensa;
  • las mujeres sufren discriminación en trámites matrimoniales o de divorcio, deben prestar obediencia a sus maridos y necesitan su aprobación para poder trabajar;
  • los trabajadores extranjeros son el 90% de la fuerza laboral, carecen de derechos asociados con la ciudadanía y tienen restricciones en sus derechos humanos y como trabajadores;
  • los empleadores aplican frecuentemente el sistema Kafala, ejerciendo el "patrocinio" de sus empleados. En la práctica supone la aplicación de medidas como la retención del pasaporte, la decisión sobre el lugar de residencia…;
  • las estructuras salariales se basan en la nacionalidad, el sexo, la edad y la raza, no en las cualificaciones.

En nuestra cabeza occidental no cabe hablar de Responsabilidad Social Corporativa cuando las personas, dentro y fuera de las organizaciones, tienen tan limitadas sus libertades básicas. ¿Qué papel juegan en su plan de RSC los partícipes? ¿Cómo definen su compromiso con los empleados, con los proveedores, con los clientes, con el entorno? ¿Cómo se puede imponer un plan de RSC a una empresa si no tiene libertad para decidir el modelo de gestión más adecuado para conseguir sus objetivos en materia de RSC?.

Parece ser que en realidad se lo están planteando como una forma de que las empresas cooperen con la administración pública en causas humanitarias, algo parecido a lo que aquí llamamos voluntariado corporativo (aunque en este caso no es exactamente voluntariado).

¿Por qué entonces hablan de RSC? ¿Es una forma de intentar aproximarse a los modelos de gestión occidentales, pero sin cejar en sus muy peculiares formas de relacionarse con sus ciudadanos? Con los datos que tenemos, solo podemos pensar que es un planteamiento de greenwashing a escala nacional.

Algunas personas concienciadas no están de acuerdo con lo que ocurre en la zona y ponen su granito de arena para divulgarlo y ejercer así presión para que las cosas mejoren. Por ejemplo, la campeona mundial de ajedrez Anna Muzychuk no acudirá al Mundial de Arabia Saudí por no aceptar las costumbres que en esa zona se imponen a las mujeres, dando así un gran ejemplo a varios mandatarios políticos que legitiman regímenes que violan derechos humanos básicos a cambio de petrodólares.

Normalmente no llegamos a esos extremos, afortunadamente, aunque todos conocemos empresas que se presentan de una forma muy favorable para sus intereses cuando en realidad tienen mucho que esconder debajo de las alfombras. Sabemos que hay casos en los que los datos que contienen los Informes de Sostenibilidad han sido adecuadamente tratados para que digan lo que conviene decir, incluso hay algunos apartados cuyo clamoroso silencio nos dice más que los datos ofrecidos en el resto del Informe.

Afortunadamente, cada vez tenemos más empresas concienciadas. Y para que esa concienciación alcanzara a toda la sociedad, quizás deberíamos plantearnos otro enfoque para los Informes de Sostenibilidad, incluyendo algo parecido a un Índice de Coherencia entre lo que dice que hace y lo que hace en realidad, porque la forma actual de comunicarlo puede ser todo lo vaga que se quiera.

En el ámbito de las ONG tenemos un ejemplo que podría servirnos de guía: La Coordinadora trabaja con el Índice de Coherencia de Políticas para el Desarrollo, ICPD, aplicando el estudio en 133 países en los ámbitos social, ambiental, económico, global y productivo. Es en esencia, una herramienta creada para medir, evaluar y comparar el comportamiento de los países con un desarrollo humano sostenible, justo y equitativo.

La metodología desarrollada está al alcance de cualquiera, y da pautas valiosas para conseguir que entre lo dicho y lo hecho no haya tanto trecho. Podríamos echar un vistazo a sus planteamientos para ver si entre todos conseguimos dejar definitivamente caducado el famoso dicho quijotesco. ¿Lo proponemos como un buen objetivo para 2018?

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