El feroz egoísmo de esta sociedad consumista nos está llevando a la ruina. Tenemos, pues, que apoyar diferentes iniciativas sociales tendentes a superarlo. Recientemente tuve la suerte de asistir a una charla de Eduardo Costas, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, que puso de relieve los problemas más acuciantes que sufre la sociedad actual
Yo me quedo las ganancias y las pérdidas son para todos

Apoyándose en la tragedia de lo común (dilema expuesto por Garret Hardín sobre el estudio y la búsqueda de soluciones para evitar la degradación y destrucción de la naturaleza), el eje de su charla podría resumirse en una frase: yo me quedo las ganancias y las pérdidas son para todos. En palabras de Aristóteles, "lo que es común para la mayoría es de hecho objeto del menor cuidado.  Todo el mundo piensa principalmente en sí mismo, raras veces en el interés común".

Los premios Nobel Elinor Ostrom y Oliver Williamson nos explicaron qué hacen las organizaciones de todo tipo para encontrar soluciones al buen uso de lo que es común, y ocurre que las medidas que se aplican quedan a menudo limitadas por grupos de  comportamientos muy diversos, cada uno con sus propias soluciones.  Es decir, la fuerza que pueda tener un grupo en el momento de la negociación para alcanzar un acuerdo es determinante, y por lo general es ese grupo quien obtiene mayor beneficio a costa de los demás.

Este comportamiento miope está llevándonos a la degradación de la sociedad y del planeta, a un ritmo que exige soluciones para ayer.  Veamos algunos ejemplos de lo que está ocurriendo:

Sociedad:  el cuponazo vasco, del que tanto se habla en estos días, es la versión política de la tragedia de lo común: si comparamos el nivel de bienestar de las comunidades vasca y extremeña (activa ahora reivindicando infraestructuras ferroviarias), parece lógico pensar que favorecer a una parte genera menoscabo en la otra, dado que el todo a repartir no puede crecer por arte de magia;  y todos sabemos que los agravios comparativos generan malestar social, enrarecen la convivencia, exigen dedicar tiempo y otros recursos a resolver reivindicaciones… todo un cúmulo de factores que no ayudan precisamente a que la sociedad avance en modelos de convivencia respetuosa.

Pesca: la pesca de la sardina en el Atlántico ha llegado al extremo de la casi extinción de la especie, hasta el punto de que ICES ha aconsejado una “cuota cero” de pesca en 2018 en los caladeros ibéricos del Atlántico;  la industria pesquera no está de acuerdo, como era de esperar, puesto que se pone en jaque su fuente de ingresos.  Una vez más, el beneficio de una parte perjudica al conjunto, en este caso el ecosistema.  Hemos de  tener en cuenta que el modelo de pesca que se aplica, además de arrasar la vida marina, es insostenible desde el punto de vista energético:  en términos de energía, cada julio que se obtiene por pieza capturada cuesta 7 julios en energía aplicada; es decir, la energía que obtenemos comiendo un pez ha supuesto un gasto energético siete veces mayor.

Agua: Igual que en España, Portugal ya está aplicando restricciones; dos centrales eléctricas han parado su producción porque las lagunas de suministro se dedican ahora exclusivamente al consumo humano. La experiencia nos demuestra que, además de destrozar la naturaleza, estamos favoreciendo la pelea entre regiones por causa del uso del agua.

Energía: A pesar del Acuerdo de París, España ha incrementado en un 70% la quema de carbón. (El carbón es responsable de aproximadamente el 70% de las emisiones CO2 de todo el sector de producción de electricidad).  También en este caso existe una razón de peso esgrimida por uno de los actores:  "El coste variable de una central de carbón está entre los 42 y los 50 euros por megavatio hora frente a las centrales de gas natural que están entre los 53 y los 70 euros", señala Mercedes Martín, directora general de Carbunión, patronal de los productores.  Es decir, se prima el ahorro a corto plazo a costa del desastre a medio.

Eduardo Costas es una de tantas personas que están preocupadas por el futuro de nuestro planeta, y aboga fervientemente por favorecer las empresas sostenibles como una forma de cambiar el modelo de consumo.  Se ha integrado por ello en el Club Nuevo Mundo de Tendencias21, un grupo formado por 21 expertos que están trabajando en el Manifiesto del Nuevo Mundo  poniendo el foco en  cuatro ejes:  el cambio climático, la crisis de la civilización, la evolución de la consciencia y la gestión del presente como prioridad ante el futuro, teniendo como base de todo ello la experiencia, el conocimiento, la inteligencia y el amor a la naturaleza y a los demás.

Las empresas sostenibles también se enfocan a esos cuatro ejes, puesto que trabajan activamente para utilizar energías limpias, cuidar a sus partícipes, favorecer la corresponsabilidad y responsabilizarse de la huella que sus actividades dejan no solo para hoy, sino también para el mañana. 

Por eso es un deber cívico acompañar a esas empresas comprando y prescribiendo sus productos / servicios, y una excelente forma de saber qué hace cada empresa es leer su informe de sostenibilidad, RSE, código ético o cualquier otro documento que dé a conocer sus actividades y los  resultados que está logrando. Porque los ciudadanos queremos que las empresas responsables triunfen también desde el punto de vista económico, como base para que continúen su trayectoria, sean un modelo para las demás empresas y ejerzan una muy necesaria pedagogía del consumo.

Edita Olaizola (@EditaOla)

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