El huracán Harvey en Texas, el huracán Irma en el Caribe, el terremoto de México, las inundaciones en el sudeste Asiático. En este año 2017 hemos sido testigos de fenómenos naturales dramáticos cuya frecuencia y virulencia nos hacen pensar en que el progreso industrial y económico sin freno ni control que ha venido triunfando en las últimas décadas necesita replantearse
La fotovoltaica, aliada clave en la apuesta de las empresas por la sostenibilidad

Si bien en la comunidad científica todavía hay discrepancias sobre el grado de responsabilidad del ser humano sobre estos fenómenos lo que sí está claro es que el clima está cambiando y que estamos llegando a un punto de no retorno en lo que al medio ambiente se refiere

El éxito de nuestro modelo productivo, y en definitiva de nuestra sociedad, se mide en la capacidad de la economía para crecer constantemente o, en otras palabras, en aumentar el producto interior bruto (PIB). Sin embargo, el cambio climático nos está forzando a cambiar de modelo de pensamiento, de planteamiento de la economía, de los recursos y de la relación de las personas con la ecología y el medio que les rodea. La contaminación está calentando la superficie de la tierra y está cambiando los ciclos del agua, lo que deriva en sequías y otras consecuencias desastrosas para la sociedad y, por consiguiente, para la economía. Sin embargo, la transición, aunque rápida y profunda, puede ser implementada de forma ordenada y para ello podemos ayudarnos de los acuerdos internacionales que muestran una hoja de ruta a seguir para tener éxito en este camino.

Las bases para esta necesaria transición se fundaron en el Acuerdo del Clima de París de 2015, el acuerdo climático más ambicioso a nivel internacional jamás firmado. Ahora es imprescindible evaluar qué grado de mitigación es necesario para cada país para alcanzar los objetivos establecidos por el Acuerdo.

No cabe duda de que el cambio de modelo productivo conlleva un cambio en la forma en la que generamos nuestra energía. Las fuentes que utilizamos para producir la energía que mueve nuestras ciudades y nuestras industrias deben sufrir una profunda transformación hacia fuentes autóctonas, sostenibles y renovables. Y esta transformación ya ha comenzado: la revolución tecnológica de las energías renovables nos está llevando hacia el camino del cambio, del que se ha convertido en su piedra angular. Estamos asistiendo con expectación a una tercera revolución industrial, donde las energías renovables ya no se eligen solo por ser respetuosas con el medio ambiente, sino también por su competitividad. Esta mejora tecnológica y las economías de escala han reducido los precios de las energías renovables a nivel mundial vertiginosamente.

Como en muchos otros ámbitos de la economía, la tecnología va mucho más rápida que la regulación. El futuro de la energía renovable dependerá mucho de la legislación que se desarrolle estos años, que impondrá el modelo a seguir para los próximos treinta años, especialmente desde las instituciones europeas. Las empresas energéticas europeas deben dotarse de un marco donde puedan desarrollar todo su potencial y liderar esa transición a nivel internacional. Contribuir a luchar contra el cambio climático, por lo tanto, puede llevar en paralelo a una reducción de los costes, al tiempo que genera empleo y desarrollo industrial sostenible social y medioambientalmente.

Las empresas de energías renovables españolas fueron punta de lanza a nivel tecnológico y de I+D hace años, cuando estas tecnologías limpias se desarrollaron en España. La investigación que realizaron nuestras empresas y nuestros científicos tuvo un papel pionero en el desarrollo de las energías renovables en general, y de la solar fotovoltaica en particular, desde los años 80. Todo lo vivido desde entonces ha servido para que, a día de hoy, la solar fotovoltaica se haya convertido en la fuente de generación eléctrica más instalada en el mundo.

Incluso con el parón que han sufrido las renovables en España desde el 2012 hasta nuestros días, las empresas españolas han conseguido abrir mercado y tener éxito a nivel internacional, desarrollando los nuevos mercados renovables y mejorando la calidad de sus sistemas energéticos, con la consabida mejora social, económica y medioambiental.

La energía solar tiene, además de su vertiente de grandes instalaciones, la capacidad de servir también para las instalaciones pequeñas, lo que la hace ser protagonista de una de las novedades más interesantes que se están produciendo en el campo energético. Esta nueva senda comienza con los ciudadanos produciendo y consumiendo su propia energía, donde las empresas crean nuevos modelos de negocio a partir de esa posibilidad, gestionando los excedentes de energía y su relación con las redes inteligentes. Para que estas nuevas empresas funcionen, deben contar mucho más que antes con el cliente, que cada vez demanda más responsabilidad de la empresa que gestiona su energía.

A parte de los nuevos modelos de negocio, el apoyo público a las energías renovables y al autoconsumo renovable hace que algunas empresas multinacionales estén optando por la realización de proyectos de autoconsumo en sus instalaciones como una medida imprescindible de responsabilidad social. De nuevo vemos como la industria y la tecnología van más rápidas que muchos responsables políticos, que no comprenden todos los beneficios que se obtendrían apoyando de forma masiva las energías renovables para toda la sociedad.

La mayoría de las empresas de matriz española todavía contemplan la necesidad de desarrollar la Responsabilidad Social Empresarial y todavía no estiman que vaya a mejorar su imagen corporativa el hecho de reducir sus emisiones de CO2. Todavía queda un camino por recorrer, el poder de elegir empresa y servicio reside en el consumidor. Si el consumidor no le da importancia a que una empresa sea responsable y sostenible, la empresa no hará inversiones para serlo. En esto reside la clave, esta lucha sólo tendrá éxito si ciudadanos, empresas y gobiernos interiorizamos que en todas nuestras decisiones una variable a considerar debe ser el minimizar nuestras emisiones de CO2 y luchar contra el cambio climático. Esta es la gran batalla de nuestro siglo. Y las energías renovables, en particular la solar fotovoltaica, son una herramienta de ayuda fundamental.

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