diarioresponsable.com Una agenda para un cambio decisivo hacia un desarrollo más próspero, inclusivo y ambientalmente sustentable          

¡“Cero exclusión, cero carbono, cero pobreza”! Con este lema comenzó la octava edición del Forum Mondial Convergences 2015, en París, los días 7-9 de septiembre. Un lema en cierto modo utópico que debe incitarnos a reflexionar y actuar juntos hacia un nuevo modelo de crecimiento.  Porque no podemos cambiar el planeta, pero sí podemos cambiar el uso que hacemos del mundo. Porque somos todos los protagonistas del cambio (el tercer sector, los sectores público y privado y la sociedad civil) y debemos avanzar de la mano para co-construir nuevas soluciones innovadores y sostenibles.

La urgencia es inminente, e incluso el papa Francisco en su encíclica sobre el medio ambiente publicada el pasado mes de junio así lo recuerda: “El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar”. 

Las dos citas esenciales de la agenda de desarrollo hacia 2030 en áreas críticas para el porvenir de la humanidad y del planeta y que tienen lugar este fin de año - las Cumbres de Cambio Climático y de Desarrollo Sostenible - presumen que todos los actores enfocan el mismo objetivo de “cero exclusión, cero carbono, cero pobreza”.  Por cierto, los 17 objetivos de desarrollo sostenible que deben ser aprobados por la ONU a finales de este mes convergen en las tres dimensiones de la sostenibilidad: la creación de condiciones que permitan un crecimiento perenne, la regulación del clima y la erradicación de la pobreza. Si bien esta nueva hoja de ruta del desarrollo mundial es una agenda universal que pretende que toda la humanidad esté mirando hacia retos no solamente sociales sino también económicos y medioambientales, su puesta en marcha tiene la máxima importancia para lograr una transformación efectiva. A su vez, la conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático que se celebrará en París en diciembre será un acelerador de las transformaciones ya en marcha: no solamente ha de desembocar en un acuerdo universal y vinculante que tendrá efecto a partir del 2020 para crear una verdadera transición hacia una economía y una política ecorresponsables, sino que también se espera que una serie de acuerdos tomados por empresas y autoridades locales contribuyan al objetivo de limitar el calentamiento global. Por ello cabe preguntarse: ¿Llegarán los distintos actores a estos encuentros plenamente comprometidos con la promoción y apoyo a una agenda sólida y ambiciosa para el desarrollo tras 2015? ¿Qué impacto tendrán realmente los acuerdos en el desarrollo actual y sobre los modos de producción y de consumo? ¿O vamos a seguir con el “business as usual”?

Para los actores del mundo de la solidaridad y de la empresa, la respuesta a esta pregunta debe ser “¡No! No se puede postergar más un cambio decisivo”. Para estos actores el objetivo “triple cero” se entiende como un foco en iniciativas que buscan generar más impacto positivo sobre el medioambiente y la sociedad. Independientemente de sus distintos objetivos finales y de sus actividades, las ONG y las empresas sociales deben pensar en términos de creación de valor social, coherencia, eficacia, sostenibilidad y siempre ser capaces de cuestionarse y reinventarse. Aunque parecía impensable hace un par de decenios, las empresas también se preocupan hoy por el valor social que generan. La creciente utilización del concepto de responsabilidad social corporativa y su aplicación concreta a todos los niveles del negocio es una buena señal de ello. Y muchos son los ejemplos que sugieren que rentabilidad económica e impacto medioambiental y social, lejos de ser incompatibles, se refuerzan. La economía inclusiva que se dedica a encontrar soluciones para las personas que se sitúan en la base de la pirámide lo demuestra cada vez más.

Por ello, creo que la medición del impacto social es clave. Permite “rebotar” y perfeccionarse y además moviliza a los grupos de interés. Se basa en un diálogo con las personas u organizaciones que participan de alguna forma en esta supuesta creación de valor. Los beneficios de la evaluación de impacto son varios: optimizar los servicios proporcionados, demostrar los resultados de manera más tangible, dirigirse al público deseado, mejorar la asignación de fondos así como la estrategia y, por último pero no menos importante, la comunicación para poder proclamar: ¡objetivo alcanzado!

Clara de Bienassis es socia en Stone Soup Consulting, consultoría que trabaja con diferentes organizaciones interesadas en aumentar su valor social

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