América Latina es tierra de contrastes inadmisibles. Un reducido porcentaje de la población, el 10%, tiene el 48% de los ingresos, el 10% más pobre sólo el 1.6%. La desigualdad cruza todo el acceso a educación, a salud, la esperanza de vida, el acceso a crédito, a internet. Casi todos los niños hoy entran a primaria, pero en el 20% más pobre sólo 1 de cada 10 terminan la secundaria, y uno de cada 100 la Universidad.
Desertan, porque tienen que trabajar, porque no están bien alimentados, porque la pobreza desarticula sus familias. 20 millones de niños menores de 14 años trabajan. La región produce tres veces los alimentos necesarios para abastecer a toda su población. Sin embargo el 16% de los niños sufren de desnutrición crónica. Tiene el 30% de las reservas de agua limpia del planeta, pero hay 60 millones sin agua potable, 120 millones sin instalaciones sanitarias, y 210 millones reciben aguas servidas no bien tratadas. Los últimos 4 años han sido de bonanza económica, sin embargo el 25% de los jóvenes está excluido, fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo.

Hay soluciones. Cabe a las políticas públicas un rol clave. La ciudadanía le está dando en muchos países un nuevo mandato. Se espera un Estado activo, eficiente, abierto, transparente, descentralizado y participativo, orientado hacia el desarrollo de una economía con rostro humano. 13 Presidentes de América Latina fueron destituidos desde 1993 por rebeliones democráticas de la sociedad básicamente por no dar respuesta a la pobreza, ni a la desigualdad.

Hoy avanzan en un número creciente de países, cambios renovadores hacia políticas económicas reactivantes, y una nueva y fortalecida generación de políticas sociales.

Por otra parte una sociedad civil cada vez más movilizada, ha creado en la región un millón de ONGS que llevan adelante un silencioso trabajo centrado principalmente en el desafío social.

En este escenario donde a pesar de positivos progresos macroeconómicos hay 60 millones más de pobres que en 1980, 7 millones más de indigentes, gruesas discriminaciones por etnia, color, y genero, una tasa de criminalidad que duplica la de 1980, se necesita que las políticas públicas renovadoras, y la sociedad civil solidaria, sean acompañadas por empresas con alta responsabilidad social.

En los países desarrollados las demandas por responsabilidad social empresarial (RSE) se intensifican. La mera filantropía ya no conforma. Se ve a la empresa como una institución decisiva de la sociedad, que además de donar, debe involucrase activamente en los problemas colectivos. Buffet ha explicado su aporte de 30.000 millones de dólares a causas públicas diciendo que "el mercado no resuelve el problema de la pobreza".

Una opinión pública cada vez más sensibilizada y despierta está denunciando a empresas de comida rápida por sus efectos sobre el incremento acelerado de la obesidad, al viejo imperio del tabaco por sus impactos sobre la salud pública, a laboratorios que han sacado productos aprobados pero que causaban daños colaterales muy graves, o que traban la producción de genéricos en los países pobres, a empresas que utilizan contratistas en el mundo en desarrollo basados en mano de obra infantil. No se conforma con propaganda. Dice que la RSE debe concretarse en buen trato al personal, productos saludables a precios razonables, cuidado del medio ambiente, y ayuda a las causas públicas.

La idea de empresa socialmente responsable, con esta agenda amplia, tiene alta relevancia para América Latina. Se consideraba en la región que una empresa era responsable, si pagaba a tiempo los sueldos, y cumplía con los impuestos. Es mucho más lo que se necesita. En una reciente encuesta de credibilidad en la Argentina (CEOP) los entrevistados ubican a los grandes empresarios en uno de los últimos puestos. Las empresas deberían estar a favor de nuevos pactos fiscales que aseguren el financiamiento de una educación y una salud universales, combinarse con el Estado para abrir fuentes de trabajo reales a los jóvenes excluidos, mejorar su aporte de donaciones que es actualmente muy bajo porcentualmente en relación a los países desarrollados, y aportar sus tecnologías, como alta gerencia, canales de distribución, espacios en internet, a los grandes programas de enfrentamiento de la pobreza y mejora de la equidad.

Hay líderes empresariales que han percibido que la RSE es imprescindible, pero hay que institucionalizar la educación en ella.

Las Universidades públicas y privadas deben formar seriamente a las futuras generaciones de CEOS, y gerentes de todo orden, en este terreno.

Una educación hacia la ética empresarial cuenta con argumentos formidables. Primero, es bueno para la sociedad en su conjunto. El MIT dice en su nuevo llamado a aspirantes a su prestigioso MBA: "Si está interesado en hacer dinero este no es el lugar para Ud. Pero si busca aprender modos creativos de crear y manejar organizaciones complejas de un modo que pueda ayudar a la sociedad y crear riqueza eso es lo que ofrecemos". Segundo, es bueno para la empresa. El grado de compromiso de los empleados en USA con las empresas que se preocupan por ayudar a la sociedad, es 5 veces mayor. Las empresas con alta RSE son más productivas, competitivas, y inspiran mayor confianza en los inversores. Tercero, es bueno para el empresario como persona. El texto bíblico dice que "el que ayuda a otro se ayuda a si mismo". Estudios de Harvard, Michigan y la Universidad Hebrea de Jerusalén coinciden en que el que ayuda a los demás, tiene mejores niveles de salud.

En el Continente más desigual, se necesita mucha más RSE. No es una opción, es una demanda histórica.

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