Bangladesh.Habría que revaluar el precio de una prenda de vestir. Incorporarle todos los costes asociados y ocultos. El valor monetario para vendedores y productores parece claro; pero ¿para los ciudadanos? ¿Somos conscientes del precio real de una camisa? ¿Sumamos también los accidentes laborales, las ilegalidades fabriles y las tragedias como la ocurrida en Bangladesh el mes de abril? ¿A cuanto ascendería el precio de una camiseta si le sumamos la vida de una persona?

 Han pasado más de tres semanas del desastre en Dacca y aun hoy continúan los rescates. Más de 1.000 fallecidos y el doble de heridos tras caer un edificio de 8 plantas. Unas 3.000 personas trabajaban ahí en pésimas condiciones por un salario mensual cercano a los 50 euros; el más barato del mundo. Enfocar este acontecimiento como un hecho aislado en el país asiático es un error. “En los últimos 15 años ha habido unos 600 muertos y 3.000 heridos en accidentes ocurridos en fábricas textiles” informaba el diario El País ( 25.04.2013). Que las autoridades de esa nación hayan clausurado 18 fábricas textiles tras el derrumbe muestra claramente que la precariedad en el sector es generalizada.

 ¿No está nuestra ropa, de algún modo, ensuciada por el polvo de esos escombros y el ambiente opresor en el que trabajan esas personas? ¿Va a ser éste otro episodio para conmover nuestras conciencias un día, y pasar página lo antes posible? ¿Volveremos en poco tiempo al hábito de comprar el accesorio de moda, lo más barato posible, sin importar su procedencia ni la forma en que se ha confeccionado? ¿Hasta que límite podemos soportar que la prenda que nos protege contribuye paradójicamente a desproteger a otras personas?

 Si algo nos enseña esta tragedia es la importancia de conectar los hechos;  de escarbar en los escombros no solo en busca de desaparecidos, sino de información relevante. Esta vez no he visto en la prensa el típico tratamiento de “desastre en un recóndito país del Tercer Mundo”, como ha sucedido en ocasiones anteriores, y como si no existieran múltiples conexiones con Occidente. Esta vez algunos periodistas han buscado información de las marcas que allí operan. Y esta vez -causalidades de la vida- hay reconocidas empresas españolas que obligados por dichas informaciones han tenido que dar la cara y asumir las consecuencias. 

 El Corte Inglés, presionado por las informaciones proporcionadas por activistas que buscaron etiquetas entre los restos y encontraron sus etiquetas, ha emitido dos comunicados. En el primero (26.04.2013) reconoce: “Ha habido relación comercial con una de las cuatro fábricas afectadas donde se había producido un número reducido de prendas”. Cuatro días después, la misma corporación informa: “la compañía ha decidido colaborar con las víctimas en una primera ayuda de emergencia”. Mango, la otra empresa aludida que opera en España, inicialmente negó que hubieran prendas suyas en ese edificio; pero después tuvo que admitir que si, y que tomará acciones para mejorar en algo la situación de sus proveedores. 

 No faltará quien pida más leyes y castigos: Mano Dura. Creo que no se trata de aumentar la legislación, ni las multas, ni el control. Todo eso ayuda, pero no es suficiente ni soluciona el asunto de fondo. Existen leyes de protección laboral desde hace más de un siglo. Existen desde hace décadas convenciones de la OIT firmadas por la mayoría de gobiernos del mundo. Existen códigos de conducta voluntarios; informes impecables de RSC... pero los actos ilegales continúan. Es evidente que empresarios y compradores necesitamos ir más allá de lo legal y actuar de una buena vez como ciudadanos conscientes y responsables; con derechos pero también con obligaciones. Se trata, en primera y ultima instancia, de instaurar y practicar una real ética por parte de empresarios y consumidores.

«A grandes males, grandes remedios» sentenció el gran Hipócrates. El día que un numero significativo de ciudadanos haga saber a una empresa que no está de acuerdo con sus prácticas, y por lo tanto no le comprará más hasta que corrija su actuación: se producirá un importante cambio. Basta un acto; un solo acto que se vuelve más importante que mil palabras. De momento, es la más eficaz herramienta de control e influencia que tenemos los ciudadanos.

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