greg_smith_esther_trujilloNo he sido nunca empleada de Goldman Sachs. Sólo me parezco a él en una cosa: en lo de salir a contarlo, como decía el torero Dominguín.Uno nunca sabe lo que deja atrás hasta que sale de un lugar. Cuando estás dentro, no tienes perspectiva. No distingues lo cercano de lo lejano, es difícil hacer zoom sobre las cosas más próximas. Y sobre las personas, que a veces son más “cargos” que personas.

Y de pronto te colocas en otro plano y todo es distinto. Me acuerdo de un curso que hice en el que el profe nos obligó, a media mañana, a cambiarnos de sitio, y nos invitó a explicar la distinta visión del aula, de los compañeros. Te mueves, y todo se ve diferente.

Pues esto, que a cualquiera aplicaría, cuando uno trabaja con intangibles es aún más intenso (será que todo es más intenso…?) Siempre intenté trasmitir a mi gente, a mis fantásticos, reducidísimos y eficientes equipos de responsabilidad social en las empresas en las que he trabajado, algo que a mí durante años me ha mantenido en pie y peleando. Nunca miréis adelante: lo que queda por hacer es tanto, que os sentiréis pequeños y descorazonados, sentiréis que no os alcanzan las fuerzas para tanto como queda por hacer. Mirad de cuando en cuando hacia atrás, y valorad con humildad lo que hayamos podido avanzar. Recordad dónde estábamos cuando todo empezó, observad dónde estamos ahora.

Con todo, la verdad es que hacer el balance es inevitable en estos momentos.¿Hemos movido voluntades? Sí, algunas. Quizá no todas las que hubiéramos querido, quizá no pudimos con los más recalcitrantemente reacios. Siempre hay casos perdidos, los que no se han dejado influir ni un ápice, pero tampoco se hubieran movido con otro en tu lugar (y vas entendiendo que no es nada personal…); es más, hay quien, años después de iniciarse el proyecto de responsabilidad social en una organización… creen aún menos que al principio!!. (si cabe, que a veces no cabe…). Es el famoso “de qué se trata, que me opongo”.

¿Hemos sido capaces de cambiar cosas? Sí, bueno, quizá no las más importantes. Posiblemente algunas han dejado cicatrices que nos han hecho creer que difícilmente valió la pena.  A veces intentamos cambiar lo que no depende de nosotros cambiar, con todo lo desgastante y frustrante que resulta ese ejercicio. Pero siempre vale la pena. Siempre. Pelear por aquello que uno cree, y en contra de quien intenta que dejes de creer, siempre vale la pena. Siempre. ¿Hemos logrado que la empresa hoy, unos años después, sea algo más honesta, algo más transparente, algo más consciente de sus impactos? Posiblemente. Si no hubiéramos estado aquí, seguro que no se habría movido ni un poquito en esa dirección.

Y en estos momentos, nos apretamos el hombro por el pasillo, y nos abrazamos profesionalmente, y hasta físicamente, y escuchamos a los que dicen “habéis conseguido un montón”, “habéis avanzado muchísimo”. Y queremos seguir escuchando a quien lo aprecia. Y no queremos escuchar ni mirar a quienes, quizá, se sentirán aliviados y liberados. Pierde más quien más pone.

No puedo evitar preguntarme qué pasará después. Tengo sentimientos encontrados que ya tuve hace cuatro años. ¿Los proyectos se van detrás de las personas? ¿Siempre? ¿Te los llevas porque nunca fueron de la empresa, porque siempre fueron tan solo tuyos? ¿Lo que hemos vivido es real, o se evapora cuando uno entrega su móvil y su ordenador, y alguien pulsa la tecla “borrar” sobre tu dirección de email en el directorio corporativo?

Es entonces cuando necesitas colocarte fuera de la escena e intentar obtener una foto fija, lo más fija posible, de lo que dejas atrás. No es fácil saber cuán importante y permanente es el legado que dejamos cuando nos vamos. Supongo que habrá de pasar un tiempo para que, digerido el cambio, el que se va pueda comprender lo que allí dejó. Y la organización comprenda ese legado, si es que se construyó de forma sólida.

La organización, si uno ha pasado un tiempo razonablemente largo en ella, no será la misma que cuando llegaste. Quizá nosotros tampoco somos los mismos que hace unos años. Incluso a veces ambos evolucionan en direcciones opuestas y la distancia se agranda. De pronto un día te preguntas ¿qué hago yo aquí?. Igualmente, supongo que también algunos directivos se habrán dicho ¿qué hace éste/a en mi empresa? Por eso algunos deciden irse de sus empresas. Por eso la empresa decide que algunos salgan.

Pero hay algo que es inmediato. Es el efecto que tienen los cambios de ubicación profesional en las personas. De pronto todo lo demás pasa a un segundo plano y las emociones invaden el momento. Las separaciones físicas, como la muerte, como la distancias, borran las malas pasiones y avivan las buenas. Ya nada parece tan malo, y nadie es ni tan inútil, ni tan egoísta, ni tan intransigente, cuando tenemos la certeza de que no volveremos a vernos las caras…es más fácil comprender cómo se sienten los demás.

Y aquellas personas con quienes compartimos las legañas mañaneras, que de tan cotidianas llegan a veces a pasar desapercibidas, cobran una grandeza inusitada, y, ufff, no sabemos ni cómo vamos a sobrevivir sin ese día a día, sin esas caras, sin esas voces. A veces pasan años, y mecánicamente buscamos el móvil para compartir alguna pequeña hazaña o miseria con alguien con quien trabajamos hace años…”Cómo me he acordado de ti hoy!!! No sabes lo que me ha pasado!!”

Despedirse de las personas, abrazarlas, saber que no compartirás café cada día, es lo que hace todo más difícil. El resto se olvida pronto.

Con cariño para mis compañeros y compañeras de Palma.


Esther Trujillo

@estrujillo 

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